Jueves, 27 de octubre de 2011

Hay quienes piensan erróneamente que Cristo puede estar separado de la Iglesia; que se puede dedicar toda la vida a Cristo sin hace referencia alguna a la Iglesia.
Actuando así; olvidan la verdad proclamada por San Pablo con estas palabras: «nadie odia a su propio cuerpo, antes bien lo alimenta y lo cuida como hace Cristo con su Iglesia» (Ef 5, 29-30).
Como he afirmado en mi reciente Carta Apostólica sobre San Agustín:
«Porque el único mediador y redentor de los hombres, Cristo, es
la cabeza de la Iglesia. Cristo y la Iglesia son una sola persona mística,
el Cristo total» (Augustinum Hipponensem 11, 3).


Amar a Cristo, pues, significa amar a la Iglesia. La Iglesia existe por Cristo,
a fin de continuar su presencia y su misión en el mundo. Cristo es el
Esposo y el Salvador de la Iglesia, su Fundador y su Cabeza. Cuanto más
logremos conocer y amar a la Iglesia, más cercanos estaremos a Cristo.


La Iglesia es verdaderamente un misterio, una realidad humana y divina que
merece nuestro estudio y nuestra contemplación, y que sin embargo, va
mucho más allá de la comprensión de la mente humana. Algunos
símbolos nos ayudan a penetrar y a comprender este misterio de la naturaleza
intrínseca de la Iglesia. Por ejemplo, San Pablo habla de la Iglesia
como «un campo» cultivado y fertilizado por Dios (cfr.
1 Cor 3, 9). Llama a los fieles «templo de Dios» en el
que habita el Espíritu Santo (cfr. Ef 5, 21-23).


En realidad, muchas veces San Pablo identifica la Iglesia con el mismo Cristo,
llamándola Cuerpo de Cristo (cfr. Rm 12, 12 ss). Le llama también
«nuestra madre» (cfr. Gal 4, 26), porque gracias al amor
de Cristo y al agua del Bautismo, ella da vida a muchos hijos a lo largo de
la historia. A través de éstos y de otros muchos símbolos,
alcanzamos a ver, de forma limitada pero real, la gran riqueza del misterio
de la Iglesia.


La Iglesia es fundamentalmente un misterio de comunión. Aquella comunión
en la cual participamos en la Iglesia es tanto vertical como horizontal. Es
una comunión con las tres personas de la Santísima Trinidad y
nos une con los demás miembros del Cuerpo de Cristo. Estar en comunión
implica una profunda relación personal de conocimiento y de amor.


autor: Juan Pablo II


Publicado por mario.web @ 18:51
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