Jueves, 27 de octubre de 2011

La Iglesia, que transmite el mensaje de la revelación de la cual es
depositaria, es el lugar de la presencia viva de Dios entre los hombres y el
lugar donde se manifiesta la redención. La Iglesia, como afirma el Concilio
Vaticano II, es «en Cristo como un sacramento, es decir, signo e instrumento
de la íntima unión con Dios, y de la unidad del género
humano».
Es preciso volver a esta afirmación esencial de la

constitución «Lumen gentium» (n. 1) para dar todo su valor
a nuestra misión. El rostro y la función de la Iglesia no pueden
entenderse si no se llega al fondo de su naturaleza: dándonos el Bautismo,
ella es la Madre, que nos da la vida de Cristo, nos santifica y nos transmite
el don del Espíritu Santo. En la Eucaristía, ofrenda del acto
de gracias al Padre y vínculo de comunión entre nosotros, nos
es dado participar en el sacrificio redentor de Cristo. Fuera de esta dimensión
sacramental, no podemos tener más que una visión superficial de
la Iglesia, por supuesto equivocada.


En mi opinión, hoy es necesario reanimar en los católicos el
amor por la Iglesia que ellos constituyen y a la que no deben mirar desde fuera.
La Iglesia no es una simple asociación, sino una auténtica comunión.
Para ilustrar este concepto quiero citar a San Ireneo, que fue obispo de Lion:
«Por encima de todas las cosas, está el Padre, que es cabeza
de Cristo; a través de todas las cosas, está el Verbo, y Él
es la cabeza de la Iglesia; en todas las cosas está el Espíritu,
que es el agua viva dada por el Señor a aquéllos que creen en
Él con rectitud, que lo aman y que saben que existe un solo Dios»
(Adv. haer. V 18,2). Conscientes de su dignidad de hijos responsables en

el seno de la familia cristiana, los bautizados podrán acoger mejor los
mensajes proféticos transmitidos por la Iglesia, el don de la fe, y las
normas morales que se derivan de ella.

Autor: Juan Pablo II


Publicado por mario.web @ 18:52
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