Jueves, 27 de octubre de 2011

Tener y vivir el sentido de la Iglesia significa ante todo creer en el Dios
revelado por Jesucristo y proclamado por la Iglesia.


Para creer y para seguir como discípulos a Jesús de Nazaret,
Hijo de Dios, Señor y Mesías, Redentor de la humanidad, es preciso
primero conocerlo a través de una reflexión continua sobre la
Sagrada Escritura, y especialmente sobre el Evangelio, en el cual Él
nos habla en primera persona para presentamos su personalidad, su mensaje, sus
intenciones, sus milagros, su Pasión y Muerte y su Resurrección,
es decir el «misterio de su identidad».


Tener y vivir el sentido de la Iglesia significa conocer y amar a la Iglesia
y «sentir como Iglesia».


Conocer y amar a la Iglesia, que es «en Cristo como un sacramento
y un signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano»
(LG 1); que es aquella oveja, conducida

y cuidada por el Buen Pastor que es Cristo (Jn 10, 1-10); es la propiedad o
el campo de Dios, en donde Cristo es la verdadera vid, que nos fecunda a nosotros,
sus sarmientos (Jn 15, 1-5); es el Cuerpo de Cristo, en el cual la vida de Cristo
se difunde a todos los creyentes mediante los sacramentos de la fe; es el nuevo
Pueblo de Dios, pueblo que tiene «por cabeza a Cristo […], por
condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyo corazón
mora el Espíritu Santo como en un templo; es la que tiene por ley el
nuevo precepto de amarla como el mismo Cristo nos ha amado; y por fin el Reino
de Dios»
(cfr. LC 9).


Ésta es la Iglesia de la cual somos miembros e hijos. En esta Iglesia
hemos sido engendrados a la vida sobrenatural en el Bautismo, que nos ha incorporado
a Cristo. Ésta es, por tanto, la Iglesia a la que debemos amar como Madre
nuestra, porque «no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia
por Madre» (S. Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate 6; CSEL 3, 1,
214).


Madre y maestra, hemos de escucharla filial y dócilmente en aquello
que nos dice, nos transmite y nos enseña mediante el magisterio del sucesor
de Pedro, que es principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la
fe y de la comunión eclesial, y de los obispos, que por institución
divina han ocupado el puesto de los apóstoles, como pastores de la Iglesia.
Quien los escucha, escucha a Cristo; quien los desprecia, desprecia a Cristo
y a Aquél que Cristo ha enviado (cfr. Lc 10, 16). El cristiano auténtico
está siempre en sintonía con el Magisterio de la Iglesia; lo acoge
y, con la gracia de Dios, lo actualiza en las múltiples circunstancias
de la vida diaria. Esto significa «sentire cum Ecclesia».

Autor: Juan Pablo II



Publicado por mario.web @ 18:54
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