Jueves, 27 de octubre de 2011

La Iglesia es católica también en el sentido de que todos los
seguidores de Cristo deben cooperar a su misión salvífica universal
mediante el apostolado propio de cada uno. Pero la acción pastoral de
todos, especialmente aquella acción colegial de todo el episcopado, obtiene
su unidad a través del «ministerio de Pedro», el
obispo de Roma. «Los obispos –dice el Concilio–, respetando
fielmente el primado y preeminencia de su Cabeza, gozan de potestad propia para
bien de sus propios fieles, incluso para bien de toda la Iglesia»

(LG 22). Y hemos de añadir –siempre con el Concilio– que,
si bien la potestad colegial sobre toda la Iglesia obtiene su particular expresión
en el Concilio ecuménico, es prerrogativa del Romano Pontífice
convocar estos concilios, presidirlos y confirmarlos» (ibid.). Todo convierte
al Papa, obispo de Roma, en principio de unidad y de comunión.


Para el sucesor de Pedro, no se trata de reivindicar poderes semejantes a los
de los «tiranos» de este mundo, de los cuales habla Jesús
(cfr. Mt 20, 25-28), sino de ser fiel a la voluntad del Fundador de la Iglesia
que ha instituido este tipo de sociedad y este modo de gobernar al servicio
de la comunión en la fe y en la caridad.


Para responder a la voluntad de Cristo, el sucesor de Pedro deberá asumir
y ejercitar la autoridad que le es conferida con espíritu de humilde
servicio y con el fin de asegurar la unidad. Incluso en las diversas formas
de ejercerla a lo largo de la historia, deberá imitar a Cristo en servir
y reunir a los que han sido llamados a formar parte del único redil.
No subordinará nunca a sus fines personales lo que ha recibido a través
de Cristo y de su Iglesia. No podrá olvidar nunca que la misión
pastoral universal no puede dejar de implicar una asociación más
profunda con el sacrificio del Redentor, con el misterio de la cruz.


Publicado por mario.web @ 19:00
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