Jueves, 27 de octubre de 2011

Según los textos evangélicos, la misión pastoral universal
del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, implica una misión doctrinal.


Como pastor universal, el Papa tiene la misión de anunciar la doctrina
revelada y de promover en toda la Iglesia la verdadera fe en Cristo. Ése
es el sentido integral del ministerio de Pedro.


El valor de la misión doctrinal confiada a Pedro procede del hecho de
que –siempre según las fuentes evangélicas– se trata
de una misión pastoral de Cristo. Pedro es el primero de aquellos apóstoles
a los que Jesús dijo: «Como el Padre me ha enviado a mí,
así os envío yo a vosotros»
(Jn 20, 21; cfr. 17, 18).

Como pastor universal, Pedro debe actuar en el nombre de Cristo y en sintonía
con Él en toda la amplitud de los sectores humanos en los que Jesús
quiere que sea predicado su Evangelio y que sea llevada la verdad salvadora:
en el mundo entero. El sucesor de Pedro, en su misión de pastor universal,
es pues el heredero de un munus doctrinal, en el cual está íntimamente
asociado, junto con Pedro, a la misión de Jesús.


Esto no quita nada a la misión pastoral de los obispos, los cuales,
según el Concilio Vaticano II, tienen entre sus principales deberes,
el de la predicación del Evangelio. Ellos «son los pregoneros
de la fe […] que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe
que ha de ser creída y aplicada a la vida»
(LG 25).


Además, el obispo de Roma, como cabeza del colegio episcopal por voluntad
de Cristo, es el primer pregonero de la fe, al cual corresponde la tarea de
enseñar la verdad revelada y de mostrar sus aplicaciones en el comportamiento
humano. Él es el primer responsable de la difusión de la fe en
el mundo.


A esta misión doctrinal el sucesor de Pedro atiende con una serie continuada
de intervenciones, orales y escritas, que constituyen el ejercicio ordinario
del magisterio, como enseñanza de las verdades que se han de creer y
traducir a la vida (fidem et mores). Los actos expresos de tal magisterio pueden
ser más o menos frecuentes y tomar formas diversas según las necesidades
de los tiempos, las exigencias de situaciones concretas, de las posibilidades
y medios disponibles, los métodos y las técnicas de comunicación.
Pero, puesto que derivan de una intención explícita o implícita
de pronunciarse en materia de fe y costumbres, están ligados con el mandato
recibido de Pedro y revisten la autoridad que le ha sido conferida por Cristo.


En el cumplimiento de esta tarea el sucesor de Pedro expresa de forma personal,
pero con la autoridad institucional, la «regla de la fe»,
a la cual deben atenerse los miembros de la Iglesia universal –simples
fieles, catequistas, profesores de religión, teólogos–,
en la búsqueda del sentido de los contenidos permanentes de la fe cristiana,
incluso en relación con las discusiones que surgen dentro y fuera de
la comunidad eclesial sobre diversos puntos o sobre todo el conjunto de la doctrina.
Es cierto que todos dentro de la Iglesia, y de manera especial los teólogos,
están llamados a realizar este trabajo de continua clarificación
y explicitación. Pero la misión de Pedro y de sus sucesores es
establecer y reafirmar con autoridad aquello que la Iglesia ha recibido y creído
desde el principio, aquello que los apóstoles han enseñado, aquello
que la Sagrada Escritura y la tradición cristiana han fijado como objeto
de la fe y como norma cristiana de vida, así como los demás pastores
de la Iglesia, los obispos sucesores de Pedro, en su comunión de fe con
Cristo y en el buen cumplimiento de su misión. De este modo, el magisterio
del obispo de Roma marca para todos, una línea de claridad y de unidad,
que se revela como imprescindible de modo particular en tiempos de máxima
comunicación y discusión, como son los nuestros.


El Romano Pontífice tiene la misión de proteger al pueblo cristiano
contra los errores en el campo de la fe y de la moral, y el deber de custodiar
el depósito de la fe (cfr. 2 Tim 4, 7). Y ¡ay de quien se escandalice
de las críticas y de las incomprensiones! Su consigna es dar testimonio
de Cristo, de su palabra, de su ley, de su amor. Pero a la conciencia de la
propia responsabilidad en el campo doctrinal y moral, el Romano Pontífice
debe añadir el interés de ser, como Jesús, «manso
y humilde de corazón»
.


Autor: Juan Pablo II


Publicado por mario.web @ 19:05
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