Jueves, 27 de octubre de 2011

El sacerdote debe presentarse, ante todo, como un «hombre de fe»,
porque él, en virtud de su misión, debe comunicarla a través
del anuncio de la Palabra. No podrá predicar el Evangelio de forma convincente
si él mismo no ha asimilado profundamente su mensaje. Él da testimonio
de la fe con su forma de actuar y con toda su vida. A través de sus contactos
pastorales, se esfuerza en sostener a sus hermanos en la fe, en responder a
sus dudas y reforzarlos en sus convicciones.


Cada sacerdote debe estar preparado para su papel de educador en la fe dentro
de la comunidad cristiana. Por eso es preciso que en los seminarios la doctrina
revelada se enseñe de tal forma que los jóvenes comprendan cuál
es el objeto de su fe y respondan a la llamada del Señor con una adhesión
libre e interiorizada del mensaje evangélico, asimilándola en
la oración.


Hombre de fe, el sacerdote es también «hombre de lo sagrado»,
testigo del Invisible, portavoz de Dios revelado en Jesucristo. El sacerdote
debe ser reconocido como un hombre de Dios, un hombre de oración, al
que se ve rezar, al que se oye rezar. Cuando celebra la Eucaristía, la
penitencia, la unción de los enfermos, o cuando celebra los funerales
o las diversas bendiciones o reuniones de oración, hágalo con
dignidad, tomándose el tiempo necesario y llevando las vestiduras apropiadas.


El sacerdote, por tanto, debe alimentar en sí mismo una vida espiritual
de calidad, inspirada en el don del propio sacerdocio ministerial. De hecho
se puede hablar de una «espiritualidad sacerdotal diocesana».
Su oración, su forma de compartir, sus esfuerzos en la vida, están
inspirados por su actividad apostólica que se alimenta de toda una vida
vivida con Dios. Se ha comprobado que a un período de actividad pastoral
intensa corresponde generalmente un tiempo fuerte de vida espiritual. Por otra
parte, el Concilio Vaticano II nos recuerda «aquel amor hacia Dios
y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado»
(LG 33).


Hombre de fe, hombre de lo sagrado, el sacerdote es también un «hombre
de comunión»
. Es él quien reúne al Pueblo de

Dios y refuerza la unión que hay entre sus miembros por medio de la Eucaristía;
él es el animador de la caridad fraterna entre todos.


El sacerdote no puede aventurarse solo en el trabajo que le espera en la viña
del Señor. Actúa con sus hermanos en el sacerdocio. Colabora con
su propio obispo. Se esfuerza en acrecentar los lazos de unión entre
los miembros del presbiterio; en el grupo presbiterial particularmente, la amistad
espiritual sirve de estímulo para el ministerio. El sacerdote reúne
a los miembros del Pueblo de Dios confiados a su cuidado pastoral.


Sobre esta base de relaciones tan ricas y tan profundas, el celibato adquiere
un significado nuevo: no es ya una condición del sacerdocio, sino el
camino de una verdadera fecundidad, de una auténtica paternidad espiritual,
porque el sacerdote entrega su vida para que los frutos del Espíritu
maduren en el Pueblo de Dios. «Ven y sígueme»,
mi testigo, da todo tu amor a Dios y a tus hermanos, y estarás al servicio
del Pueblo de Dios. Renunciarás al matrimonio, a ser padre o madre, pero
tendrás la alegría de abrir a tus hermanos y hermanas a la Buena
Nueva, la alegría de reunirlos en mi nombre, de transmitirles mi gracia
a través de los sacramentos que yo he confiado a mi Iglesia. Dejando
a tu familia para dedicarte completamente al ministerio sacerdotal o a la vida
religiosa, serás un signo de mi presencia.


Publicado por mario.web @ 19:07
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