Jueves, 27 de octubre de 2011

La Iglesia latina, refiriéndose al ejemplo del mismo Cristo Señor,
a la enseñanza apostólica y a toda la tradición que le
es propia, ha querido y sigue queriendo que todos aquéllos que reciben
el sacramento del Orden abracen esta renuncia por el Reino de los Cielos. Esta
tradición, sin embrago, va unida al respeto hacia otras tradiciones diferentes
de otras Iglesias. De hecho, ella constituye una característica, una
peculiaridad y una herencia de la Iglesia católica latina, a la cual
ella debe mucho y en la cual está decidida a perseverar, a pesar de todas
las dificultades a las que puede exponerse una fidelidad de este tipo, y a pesar
también de diversos síntomas de debilidad y de crisis de ciertos
sacerdotes. Todos somos conscientes de que «llevamos este tesoro en
vasos de barro»
; y a pesar de todo ello, sabemos muy bien que se

trata de un auténtico tesoro8.


El sacerdote, a través de su celibato, se hace un «hombre para
los demás», de una manera distinta a como lo sería otro
que, comprometiéndose con una mujer por el vínculo conyugal, se
convierte en esposo y en padre, «hombre para los demás»
sobre todo en el ámbito de la propia familia: para su esposa, y junto
con ella, para los hijos a los que da la vida. El sacerdote, renunciando a esta
paternidad que es propia de los esposos, busca otra paternidad, casi una maternidad,
recordando las palabras del apóstol acerca de los hijos, a los que él
engendra en el dolor. Son hijos de su espíritu, hombres confiados por
el buen Pastor a su cuidado. Estos hombres son muchos, más numerosos
de lo que puede abarcar una simple familia humana. La vocación pastoral
de los sacerdotes es muy grande, y el Concilio nos enseña que es universal
y va dirigida a toda la Iglesia, y por lo tanto es también misionera.
Normalmente está ligada con el servicio de una comunidad concreta del
Pueblo de Dios, cada uno de cuyos miembros espera atención, prontitud
y amor. El corazón del sacerdote, para estar disponible a este servicio,
a semejante solicitud y amor, debe ser libre. El celibato es el signo de una
libertad que está dedicada al servicio. En virtud de este signo el sacerdocio
jerárquico, es decir, «ministerial», esta más
estrechamente «ordenado» –según la tradición
de nuestra Iglesia– al sacerdocio común de los fieles9.


La Iglesia, que se esfuerza en mantener el celibato de los sacerdotes como
un don particular para el Reino de Dios, profesa la fe y expresa la esperanza
hacia su Maestro, Redentor y Esposo, y al mismo tiempo hacia Aquél que
es «el dueño de la mies» y el «dador de
todos los dones»
. De hecho «todo don perfecto viene de
arriba, del Padre de las luces»
(Santiago 1, 17). No podemos nosotros

debilitar esta fe y esta confianza con nuestras dudas humanas o con nuestra
pusilanimidad.


Publicado por mario.web @ 19:09
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