Viernes, 04 de noviembre de 2011
Se educa porque se ama. Detrás de cada acto de educación está un acto de amor, es decir, el buscar el bien de la persona amada, que en este caso es el niño, el joven o el adolescente.
 
El reto de educar en un mundo relativo
El reto de educar en un mundo relativo
La pasión por educar
El mundo religioso siempre ha tenido una pasión por educar. Desde los vestigios de la vida consagrada representada por anacoretas, monjes de clausura o las primeras congregaciones femeninas de vida activa, la nota característica ha sido la de transmitir una cierta visión de la vida a las generaciones futuras. “En la historia de la Iglesia, desde la antigüedad hasta nuestros días, abundan ejemplos admirables de personas consagradas que han vivido y viven la aspiración a la santidad mediante la labor pedagógica y que, a su vez, proponen la santidad como meta educativa. De hecho, muchas de ellas han alcanzado la perfección de la caridad educando. Este es uno de los dones más preciados que las personas consagradas pueden ofrecer hoy también a la juventud, brindándole un servicio pedagógico rico de amor, según la sabia advertencia de san Juan Bosco: «Los jóvenes no han de ser únicamente amados, sino que han de saber que son amados».”1 Una pasión que ha sido siempre nota característica y que ha empujado a muchos fundadores y fundadoras a dar su vida por la educación. ¿De dónde nace esta pasión desbordante por educar?

Sin querer dar una definición exhaustiva de lo que es la educación, asunto que tocaremos en otro de nuestros artículos, bien podemos decir que la persona que educa transmite algo. Y no sólo un bagaje de conocimientos, que bien podría hacerlo la inteligencia artificial como las computadoras o los medios que se ponen a disposición de las nuevas tecnologías, sino que es la transmisión de una experiencia de vida, que en nuestro caso es la experiencia del Espíritu. Quien vive del Espíritu y para el Espíritu, no puede menos que verse perneado en su persona de una visión de la vida muy especial. No se trata simplemente de convicciones teóricas o de vivencias emocionales pasajeras. Se trata más bien de un encuentro con una Persona2. Encuentro que se convierte en una experiencia de vida que penetra cada uno de los componentes de la persona y que, por la fuerza del encuentro, genera en la persona que realiza la experiencia, una respuesta y un dinamismo capaz de transformar la persona.

Esta experiencia no puede reducirse a la esfera de la interioridad o de la intimidad de la persona. Como experiencia espiritual, sobrepasa a la persona. Si el espíritu es quien genera la acción, recordando el viejo adagio latino “el actuar sigue al ser”, los actos de la persona que hace la experiencia espiritual son actos que nacen propiamente de esta experiencia y llevan connotaciones muy específicas. No es sólo una visión de la vida que nace de dicha experiencia. Es una forma de vida que se genera a partir de la experiencia. Esta forma de vida, además de servir de testimonio, es capaz de ser transmitida a otras personas por la fuerza del amor.

Las personas consagradas que a lo largo de los siglos se han dedicado a la educación, más que conocimientos han transmitidos un ethos, un camino, una forma de vida, porque han transmitido una experiencia del Espíritu. Y es esta experiencia espiritual la que los ha impulsado a la educación en una forma muy peculiar. Los consagrados y las consagradas descubren en la experiencia del Espíritu la verdadera sustancia sobre la cual debe construirse la vida3. Saben diferenciar lo esencial de lo accesorio. Conocer y vivir lo esencial en la vida, esto es, vivir para Cristo, da un impulso único a las personas consagradas. La vida se identifica con lo único necesario, hasta lograr decir con san Pablo <>. (Flp.3, 7 – 8). La búsqueda de lo único necesario, de aquello que no perece, da a la persona consagrada la capacidad de vivir una vida gozosa, plena, realizada, no exenta sin embargo de penas, trabajos y tribulaciones propias de cualquier persona en camino hacia la obtención de lo único necesario, lo que no perece. No es la posesión beatífica de una victoria cómoda, sino la lucha constante por hacer de la experiencia espiritual, una experiencia de vida.

Se posee por tanto un bien, una sustancia, la capacidad de distinguir lo accesorio de lo esencial. La capacidad de encontrar la verdadera felicidad. Y si la persona consagrada es coherente con este tipo de vida, con esta búsqueda, se da cuenta que la felicidad a la que está llamada no puede permanecer para sí sola. Como la mujer samaritana que ha encontrado a Cristo, el verdadero profeta: <> (Jn. 4, 28 – 30). O María Magdalena que ha visto a Cristo resucitado y corre para darlo a conocer a los demás: << Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras>> (Jn. 20, 15 – 18). O los discípulos de Emaús que con el corazón ardiente van a anunciarlo a los otros discípulos: <> (Lc. 24, 31 – 35). En fin, quien quiere seguir el mandato de Cristo de ir a predicar no una teoría, sino un verdadero estilo de vida, la persona consagrada se siente impulsada por naturaleza a transmitir este estilo de vida que ella vive y que la hace feliz.

No se trata de una imposición, de una tarea, sino de una urgencia que nace del corazón. Los misioneros que trajeron la fe a América y a otros muchos lugares lo hicieron porque estaban impulsados del encuentro apasionado con Cristo y sentían la urgencia de transmitir esa misma felicidad. Son dos movimientos únicos que nacen de la experiencia espiritual y que dan origen a la educación. En primer lugar la conciencia de la felicidad que se experimenta al poseer la verdadera felicidad, la sustancia, lo único necesario.Y en segundo lugar, la contemplación del mundo que se muere, que está apagado porque no posee esta felicidad. Amor es lo que quiere el Amado. De esta contemplación del mundo, nace el celo por transmitir la felicidad que se posee. De ahí nace el impulso a la educación que ha guiado a la vida consagrada durante la historia del cristianismo a dar su vida por transmitir una experiencia espiritual personal.


¡Abramos los ojos!
La vida consagrada siempre ha estado atenta a los retos que ofrece el mundo. Basta escuchar lo que dice el documento de Aparecida: “Los pueblos latinoamericanos y del Caribe esperan mucho de la vida consagrada, especialmente del testimonio y aporte de las religiosas contemplativas y de vida apostólica que, junto a los demás hermanos religiosos, miembros de Institutos Seculares y Sociedades de Vida Apostólica, muestran el rostro materno de la Iglesia. Su anhelo de escucha, acogida y servicio, y su testimonio de los valores alternativos del Reino, muestran que una nueva sociedad latinoamericana y caribeña, fundada en Cristo, es posible.”4

Desde el punto de vista teológico, la misión siempre ha empujado a las personas consagradas a no ser del mundo, pero a estar pendiente del mundo. Si la persona consagrada es la presencia viva de Jesús en medio del mundo, no puede ser indiferente a lo que sucede en el mundo. No se trata de identificarse con los valores del mundo, sino de conocer dicho mundo para hacer que Cristo, su Palabra y su estilo de vida se encarnen en el mundo. “El cumplimiento de esta misión requiere de la Iglesia que escrute los signos de los tiempos y los interprete a la luz del Evangelio, respondiendo así a los perennes interrogantes que se plantea el hombre.”5 Ahora nos encontramos con un reto por demás significativo. Un cambio de época que requiere de parte de todas las personas consagradas estar atentas a estos cambios. Muchas veces cuando se habla de cambios inmediatamente se tiende a pensar en los lamentos, pensar que otros tiempos fueron mejores. Desgraciadamente ha sido una postura que después del Concilio Vaticano II ha traído una parálisis a la vida consagrada. El pensar que otros tiempos fueron mejores ha negado la posibilidad a la vida consagrada de abrir los ojos y darse cuenta que la realidad ha cambiado. Añorando el pasado se ha perdido de vista lo bueno que tiene el presente y lo prometedor que es el futuro. No se trata de tener una visión ingenua, sino de saber que aún ahora la experiencia de la fe, la experiencia de Cristo puede ser transmitida a estas nuevas generaciones.

Se trata de poner en práctica lo que el documento Perfectae caritatis había sugerido a los religiosos desde hace casi ya medio siglo. “Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz.”6 Es ahora cuando el mundo religioso tiene que abrir los ojos y darse cuenta del mundo relativista que está pisando. En forma sintética bien podemos decir con Joseph Ratzinger lo que es el relativismo: “Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.”7 Y esto no es para espantarse, sino para darse cuenta que el lenguaje, los valores y la forma de pensar han cambiado y que quizás distan años luz del lenguaje, los valores y la forma de pensar del mundo religiosos.

Lejos de amedrentarse las personas consagradas deberán recordar el ejemplo tan significativo y válido de los primeros misioneros en la América de 1492. Purificando en la memoria lo que tiene que ser purificado, hay que recordar los significativo de aquellos momentos. Hombres misioneros que con una fuerte experiencia del espíritu, se lanzaban a evangelizar una nueva tierra del todo desconocida para ellos8. No conocían el lenguaje, los valores y las formas de pensar del pueblo amerindio eran distintos a los del español peninsular del siglo XVI, inmerso en la Contrarreforma y cargado de los valores y formas de pensar propios de su tiempo. El detonante de la evangelización fue el amor de estos misioneros. Amor a Cristo y amor a las almas que debían de llevar a Cristo. Bien podemos reducir esta expresión de amor en una palabra: pasión. Pasión por Cristo y pasión por la humanidad, como bien rezaba el slogan de un congreso de la vida consagrada tenido en Roma no hace muchos años. La audacia, la sana ambición de conquistar almas a Cristo hicieron que estos hombres misioneros aprendieran lenguajes nuevos, se inculturizaran e inculturizaran la fe y sus costumbres, llegando a crear no sólo una gran corriente de fe, sino una nueva cultura y nuevas formas de vida, como la cultura latinoamericana.

Este puede ser quizás el panorama que hoy deben enfrentar las personas consagradas. Abrir los ojos al mundo nuevo. Los primeros misioneros no tomaron sus barcas y regresaron cuando abrieron los ojos al mundo nuevo9. No se escandalizaron porque las costumbres de los hombres y mujeres que encontraron eran diferentes a las suyas No se quedaron añorando la España en dónde habían nacido y crecido sino que con un celo apostólico se dedicaron a aprender el idioma, a conocer los valores y a habitar la nueva cultura. Un gran esfuerzo que necesitó primero la apertura de los ojos, de la mente y del corazón.

Estas tres posturas son las requeridas también en nuestros tiempos, Abrir los ojos a un mundo relativista no es huir de él ni anatematizarlo. Es conocerlo y ¿por qué no?, también quererlo, no por lo que de malo pueda tener, sino por la oportunidad que nos da para hacer fructificar en él las semillas del evangelio, como los primeros misioneros que hicieron germinar en el nuevo continente la fe de Cristo. Es también abrir la mente para cambiar esquemas predefinidos y estar abiertos a nuevas formas de evangelización. Pretender evangelizar el mundo relativista como se hacía hacia doscientos o más años es una ilusión y una quimera. Y por último es abrir el corazón para dejar que el clamor de las personas que, inmersas en el relativismo no saben o no pueden ir a Cristo. Si la persona consagrada no es tocada de esta necesidad, vano serán todos sus esfuerzos. Es un amor que nace no de un sentimiento, sino de una convicción, la de saber que esas almas están necesitando de Cristo, aunque ellas no lo sepan y busquen apagar esas ansias que tienen de felicidad en los sucedáneos que les brinda la cultura relativista. Es un amor que nace al ver las necesidades de los otros y sufrir con ellos.


¿Qué es el relativismo y cuáles son sus orígenes?
Para las personas consagradas, abrir los ojos a este mundo relativista significa conocerlo. Un tratado amplio del relativismo nos llevaría muchísimas páginas. Bástenos mencionar una breve definición, su explicación y las causas que lo han originado, con el fin de tener una visión completa de esta realidad que engloba todos los sectores del mundo, incluso amplios sectores de la vida consagrada. Un acercamiento a una definición nos la da Benedicto XVI, cuando compara el racionalismo con el relativismo, en el marco de las celebraciones del santo cura de Ars: “Queridos hermanos y hermanas, a los 150 años de la muerte del santo cura de Ars, los desafíos de la sociedad actual no son menos arduos; al contrario, tal vez resultan todavía más complejos. Si entonces existía la "dictadura del racionalismo", en la época actual reina en muchos ambientes una especie de "dictadura del relativismo". Ambas parecen respuestas inadecuadas a la justa exigencia del hombre de usar plenamente su propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad. El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta las limitaciones humanas y pretendió poner la sola razón como medida de todas las cosas, transformándola en una diosa; el relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy, como entonces, el hombre "que mendiga significado y realización" busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no deja de plantearse.”10 Una definición general nos la da Joseph Ratzinger en la misa para elegir al Romano Pontífice cuando afirma que: “No deberíamos seguir siendo niños en la fe, menores de edad. ¿En qué consiste ser niños en la fe? San Pablo responde: significa ser «llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina...» (Ef 4, 14). ¡Una descripción muy actual! ¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.”11

Bien podemos entonces afirmar que el relativismo es la negación de la verdad del hombre y de la verdad del mundo. Por una incapacidad para conocer objetivamente la verdad, según esta ideología, el hombre pierde la capacidad de conocerse a sí mismo en su verdad y de conocer al mundo también en la verdad. Las consecuencias de esta ideología se dan en el campo práctico. Si no existe una verdad objetiva esto significa que cada hombre posee un pedazo de la verdad y cada hombre debe ser respetado en su verdad. De esta postura práctica nacen el individualismo y una concepción subjetiva de la libertad, en donde cada hombre es centro del universo y en dónde también la libertad se traduce en la posibilidad de hacer, en la capacidad de decidir, independientemente de analizar hacia dónde me lleve la elección. Como en el relativismo desaparece el bien y el alma, cada acción se juzga por sí misma en relación a los criterios de la persona y no en relación a la verdad o al bien objetivos12.

Para la educación esta concepción de la vida tendrá consecuencias dramáticas. Si no existe la verdad objetiva y el hombre no puede conocerla ni alcanzarla, no existen por tanto finalidades en la vida. Se cae en un nihilismo devastador de la persona, pues le prohíbe pensar en metas que todo ser humano debe alcanzar. Le prohíbe concebir un ser humano tipo ya que cada ser humano busca su propia verdad. Le prohíbe en fin tender hacia un bien común, ya que no se puede hablar ni de bienes ni de comunes. Todo está dejado a merced de cada hombre. Nadie puede imponer nada a nadie. Y digámoslo francamente. Como una de las muchas conclusiones del relativismo la escuela viene reducida a una mera transmisión de informaciones. Nadie puede formar a nadie, porque no se conoce o no se puede conocer quién es el hombre, ya que cada uno posee una parte de la verdad del hombre y proponer una visión del hombre viene a ser considerado como imposible o como fundamentalista.

Una vez que hemos establecido lo que es el relativismo, bien vale la pena conocer las posibles raíces que han originado esta ideología. No pretendemos abarcarlo todo, ni hacer un profundo estudio sociológico, como hemos mencionado ya renglones arriba. Simplemente mencionaremos aquellos factores que más han incidido en el nacimiento de la dictadura del relativismo a la que hoy estamos asistiendo.

Quizás un factor histórico ha sido el nacimiento de varias corrientes de pensamiento que surgieron poco después de finales de la II Guerra Mundial. Cuando acaba dicho conflicto, Europa se da a la tarea de la reconstrucción de su pueblo, no sólo material sino moral. Figuras de grande espesor como de Gasperi en Italia, Adenauer en Alemania se lanzan a la epopeya de crear la unidad europea como esperanza de un mundo mejor, la posibilidad de instaurar la civilización del amor. Al mismo tiempo Pío XII desde el Vaticano, junto con sus colaboradores más cercanos trabaja infatigablemente por la reconstrucción espiritual de Europa y del mundo. Se establece por tanto una generación que emana energía y esperanza. Ya a finales de la década de los cincuenta y apenas entrada la década de los sesentas esta generación entrega la estafeta de la historia a otra caracterizada por su cinismo y su crítica acercada a todo y a todos sin, con o poco fundamento. Su crítica se basa en la idea de que dos mil años de cristianismo han producido poco o casi nada. Sólo guerras y la posible destrucción del mundo, con la amenaza de una posible Tercera Guerra Mundial, que sería una guerra nuclear, recordando los incidentes de bahía de Cochinos en Cuba en abril de 1961 o la crisis de los misiles entre agosto y octubre de 1962, sostenida entre Estados Unidos y Rusia con el apoyo de Cuba.

La década de los sesenta se observa como un periodo de revolución de los esquemas de pensamiento en el Mundo. Principalmente por lo que se refiere a la población joven, protagonista en todos los conflictos que se generaron en esos años13.

Los antecedentes inmediatos a esta revolución de valores se encuentran en los movimientos por la paz que desde finales de los años cincuenta recorrieron Europa, particularmente Gran Bretaña y la República Federal Alemana, centrados en la denuncia y la movilización ciudadana contra el peligro de una guerra nuclear; a la vez que en la aparición del tercermundismo.

Al calor de los procesos de descolonización y del descrédito entre amplios sectores de la izquierda occidental del comunismo soviético se generó un malestar que encontró en la revolución cubana, la guerra de Argelia y, sobre todo, en la guerra de Vietnam los elementos movilizadores de una incipiente nueva izquierda.

Los movimientos de liberación nacional y las guerrillas en Latinoamérica desarrollaron una crítica radical de las sociedades opulentas del bloque liderado por los Estados Unidos. Pero fueron igualmente puestos en cuestión los burocratizados y dictatoriales regímenes de socialismo. Comenzó así la búsqueda de una tercera vía que parecía apuntar con el nacimiento del movimiento de los países no alineados. En el contexto europeo los cambios políticos en Checoslovaquia hicieron cifrar en este país la esperanza de una nueva opción social que se concretó en el momento conocido como La primavera de Praga.

Por otra parte, la elevación de los niveles de vida y el creciente consumismo asociado al desarrollo de los medios masivos de comunicación, a la par que la generalización de los sistemas educativos con la consiguiente masificación de las universidades, y la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo, transformaron los valores de la sociedad; particularmente de las jóvenes generaciones nacidas después de la Segunda Guerra Mundial.

Estados Unidos, por ejemplo, se embarcó en una campaña con la intención de crear la Gran Sociedad que permitiera a todos los ciudadanos disfrutar de la prosperidad y de las libertades. Así, las leyes de 1965 extendieron el sistema de salud pública y reforzaron el sistema educativo; otras más se expidieron en ese mismo periodo tendientes a garantizar la libertad de expresión y de asociación.

No obstante, a mediados del decenio de los felices sesenta el malestar comenzaba a corroer a determinados sectores de estas sociedades desarrolladas; los jóvenes empezaban a mostrar síntomas de rebeldía. Una excelente vía de identificación colectiva fue encontrada en los nuevos ritmos musicales del pop y el rock and roll propuesta por músicos y cantantes como los Beatles, los Rolling Stones, Janis Joplin o Jimmy Hendrix. En el campo literario los autores favoritos fueron los poetas de la llamada "Generación Beat": Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs.

Uno de los principales cauces para las nuevas inquietudes juveniles fue el movimiento hippie, el cual encontró un espacio de expresión y convivencia en los conciertos; entre ellos, quizás el más célebre fue el festival de Woodstock de agosto de 1969, en el que se propuso el inmortal lema "Peace and love". En México la contraparte fue el "Festival de Avándaro" realizado en 1971.

En el ámbito universitario proliferaba un radicalismo político. Los procesos de descolonización avivaron el interés por el estudio de otras formas civilizadoras distintas de la occidental, impulsando el desarrollo de la etnología y la antropología. Fueron fundamentales para ello los estudios de Claude Lévi-Strauss que le llevaron a plantear la irreductibilidad de la naturaleza humana. El punto climático de este proceso se presentó en los movimientos estudiantiles europeos; entre los que destaca el de Mayo del 68 en Francia donde se plantearon preceptos claves para entender los sucesos de México en meses posteriores.

La liberalización de las costumbres fue el trasfondo del cambio de valores que se generó en esta época. Especialmente en las relaciones entre sexos. La liberación sexual caminó de la mano con el nuevo papel que las mujeres reivindicaban en la sociedad. Su incorporación masiva al mundo del trabajo, puso en cuestión los tradicionales roles asignados a la mujer como madre de familia y esposa, al tiempo que comenzó a cultivar su autonomía e independencia; a reivindicar la capacidad de decidir sobre su propio cuerpo y sexualidad. El control de la maternidad fue determinante en este sentido (en 1960 se iniciaba en los Estados Unidos la comercialización de la píldora anticonceptiva).

Hablamos propiamente del momento en que nace el movimiento feminista como tal; marcando un cambio cualitativo respecto del discurso, el eco y apoyo social de los movimientos sufragistas de principios de siglo. Se inician las campañas en favor del divorcio, del derecho de aborto, de la igualdad de salarios; la no discriminación por razones de sexo.

En términos generales el nuevo horizonte cuestionaba los planteamientos lineales de la ideología del progreso; dando lugar a un contexto problemático, cargado de ambigüedades, donde se fundía el malestar de las nuevas generaciones respecto de los valores dominantes.

Los sucesos de 1968, tanto del mayo francés como de Checoslovaquia, dejaron importantes secuelas en la izquierda occidental a corto y medio plazo. Los partidos comunistas occidentales acentuaron el distanciamiento respecto de Moscú, particularmente el Partido Comunista Italiano y el Partido Comunista Español.

Los movimientos sociales del 68 fueron frenados; "fracasaron" en el sentido de que no lograron la sustitución radical del viejo orden. Esto respondió, a juicio de los grupos izquierdistas, a la ausencia de una organización capaz de dirigir el proceso revolucionario, en vista de la falta de acción de la izquierda tradicional. La tarea del momento residía en construir el partido de la revolución. La frustración de las esperanzas llevó a algunos, influidos por la mitificación de las luchas guerrilleras de Latinoamérica, a postular estrategias de guerrilla urbana que coadyuvaron, en varios países, a la formación de grupos terroristas, como las Brigadas Rojas en Italia o el RAF -fracción del ejército rojo- en la República Federal Alemana, durante la siguiente década.

Junto con este análisis social no debemos olvidar también la revolución de la pedagogía. Las pedagogías permisivas como Summer-hill en Inglaterra, rompían de pronto el sentido de la educación de la voluntad, el sentido de la ética misma.

Por otra parte y después de muchos años, la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 supuso otra fuerte ruptura en el orden establecido que tendría también grandes consecuencias en la secularización de la sociedad. Muchos esperaban el retorno casi en masa de los pueblos detrás de la cortina de hierro. Sin embargo no tomaron en cuenta que los años de dominación comunista habían casi borrado del alma de esos hombres y mujeres sus ansias de eternidad, de una vida espiritual. Antes que lanzarse a la religión, se lanzaron al consumismo occidental, dejándose encandilar por las luminarias que les ofrecía la economía de mercado, prometiéndoles el paraíso que el caído régimen comunista nunca pudo otorgarles. Con cinismo los pueblos de Europa Oriental hicieron ver a Occidente que su esperanza había sido adormecida por el materialismo. En pocos años muchas de esas naciones pasaron rápidamente a la secularización de sus costumbres, olvidando sus raíces cristianas. Este paso en la historia lo explica Benedicto XVI de la siguiente forma. “La segunda ruptura tuvo lugar en 1989. Tras la caída de los regímenes comunistas no se produjo, como podía esperarse, el regreso a la fe; no se redescubrió que precisamente la Iglesia con el Concilio auténtico ya había dado la respuesta. El resultado fue, en cambio, un escepticismo total, la llamada "posmodernidad". Según esta, nada es verdad, cada uno debe buscarse la forma de vivir; se afirma un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que desemboca en la droga, en todos los problemas que conocemos, y de nuevo cierra los caminos a la fe, porque es muy sencilla, muy evidente. No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante; no podemos seguir ese camino.”14


Juntando todas estas tendencias, tenemos como resultado el relativismo exasperado que vivimos hoy y al que los consagrados tienen que abrir los ojos para evangelizarlo.

Publicado por mario.web @ 20:49
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