Viernes, 04 de noviembre de 2011

La emergencia educativa en el mundo relativo o una historia de amor.

Introducción: la difícil pero apasionante tarea de educar.
¿Es verdad que nunca como hasta del día de hoy ha sido difícil la educación?
Escuchemos algunas de las críticas que se hacen a la juventud.

“La juventud de hoy en día está podrida hasta lo más profundo, es irreligiosa y perezosa, no será jamás como la juventud del pasado y será incapaz de preservar nuestra civilización.”

“Los jóvenes de hoy aman el lujo, están mal educados, desprecian la autoridad, no tienen ningún respeto por los mayores, charlan en lugar de trabajar…”

“Los jóvenes tienen fuertes pasiones y suelen satisfacerlas de manera indiscriminada. De los deseos corporales, el sexual es el que más los arrebata y en el que evidencia falta de autocontrol. Son mudables y volubles en sus deseos, que mientras duran son violentos, pero pasan rápidamente (&hellipGui?o Creen que lo saben todo y se sienten muy seguros de ello; este es, en verdad, el motivo de que todo lo hagan en exceso. Si dañan a otros es porque quieren rebajarlos, no provocarles un daño real… adoran la diversión (&hellipGui?o

“Ojalá que no hubiera edad entre los diez y los veintitrés, o que la juventud pasara ese tiempo durmiendo, ya que no sirve para otra cosa que para embarazar a las muchachas, agraviar a los ancianos, robar y pelear.”

Todas estas citas en alguna manera pueden reflejar la situación de nuestros adolescentes y jóvenes.

Sin embargo lo más sorprendente son los autores de estas citas. Los mencionamos en el mismo orden en que aparecen las citas. El primer autor, es una cita de una tablilla babilónica escrita 3,000 años antes de Cristo, por lo que podemos pensar fácilmente que tiene una antigüedad de 5,000 años. La siguiente cita es de Sócrates, seguida por una de Aristóteles. La última se refiere a una parte del “Cuento de invierno”, acto segundo de William Shakespeare. Si Sócrates se lamentaba del comportamiento suave y poco exigente de los jóvenes, como Aristóteles lo hacía de su falta de capacidad de autocontrol era porque ambos tenían una idea clara del tipo de hombre, hoy diríamos de la identidad de hombre, que se quería formar. Y si Shakespeare desea que no hubiera adolescentes y jóvenes entre los diez y veintitrés años, se debe al hecho de que su conducta va en contra de un código aceptado como bueno y adecuado por la sociedad. Los conceptos de identidad, ética, civilización son los que se barajan en esas citas. Conceptos que muy difícilmente hoy podemos encontrar en la lista de prioridades de nuestras escuelas públicas o privadas y por privadas entiendo también las católicas. Nos damos cuenta por tanto que la educación siempre ha sido un problema para la sociedad y para la humanidad, tanto así que los antiguos romanos preferían asignarla a los expertos griegos, los pedagogos. Sin embargo, lo que las citas anteriores tienen en común y al mismo tiempo las hacen diferentes de nuestra situación actual es la visión clara y definida del objetivo que están buscando para los jóvenes.

Si la educación ha sido siempre un arte difícil, hoy día lo es más por el hecho de quien debe educar vive en un mundo relativizado y de alguna manera se ha empapado de esta cultura que vive alejada de dios y sin puntos de referencia claros, como señalábamos al inicio de este capítulo. No tiene clara ni su propia identidad, ni la identidad del educando, ni el tipo de sociedad o de civilización que se quiere formar por una futura generación. Para seguir citando a los latinos, decía Platón que para quien no tiene definido un puerto a dónde llegar, cualquier viento que sopla le es indiferente. Alicia en el país de las maravillas, le pregunta al conejo, cuál es el mejor camino que debe seguir para salir de una encrucijada. El conejo le dice que todo depende del lugar al que ella quiere llegar. Como ella no sabe a dónde quiere ir, y así se lo da a conocer al conejo, el conejo le contesta entonces que cualquier camino que elija es bueno, pues cualquier camino le llevará a cualquier lugar. Y cualquier lugar es bueno para quien no sabe a dónde ir.

En nuestros días la educación se presenta como una emergencia educativa, caracterizada por una falta de metas claras de lugares a los que se quiere llegar. Sobrepasados por la técnica y la tecnología, se pensaba que ésta traería al mundo la felicidad o por lo menos haría encontrar al hombre la vida un poco menos pesada. Pero nos damos cuenta que no es ni la mucha o poca tecnología lo que hace al hombre feliz o infeliz. No es tampoco los pocos o los muchos medios económicos los que llevan al hombre a la felicidad. Es más bien la postura que se pone frente a la vida y la respuesta que da a esa gran incógnita. Se ha pensado en llenar el estómago de los hombres, en cubrir sus cuerpos, en darles un lugar habitable, pero se ha olvidado de alimentar su espíritu.

Benedicto XVI recientemente ha indicado las raíces del problema de la educación. Éstos se dan en un falso concepto de autonomía, en la autodeterminación del hombre, en el escepticismo y en el relativismo.

La generación de padres del ’68, la que actualmente está terminando de educar a una generación que comienza a asomarse a la primera juventud, se encontraba en torno a los 20 años cuando oía slogans y frases como “La fantasía al poder” o “Prohibido prohibir”, Jesucristo sí, Iglesia no”. Una generación que se fue educando en dos principios basilares: el derecho primordial, y desgraciadamente unilateral de la libertad humana y en otro principio que se desprende de esta casi culto a la libertad. Me refiero al principio del escepticismo. Como cada ser humano tiene derecho a pensar de la manera que quiera, y tiene derecho a ser respetado, entonces es difícil establecer una serie de valores que puedan ser compartidos por la comunidad de todos los hombres. A lo mucho, se puede establecer una sana tolerancia, pero se debe siempre respetar el modo de pensar del otro, porque puede ser que el otro tenga algo de la verdad. Y con esta forma de pensar se llega al principio del relativismo, excluyendo a priori la posibilidad de que exista la verdad y que pueda ser compartida por todos.

Expliquemos brevemente el origen de estos dos principios considerados esenciales para la generación del ’68. Después de la Segunda Guerra Mundial surgió en Europa principalmente una corriente fuerte de pensamiento liderada por una generación que salía desencantada de la Segunda Guerra Mundial15. Frente a esos desencantos busca la creación de un nuevo mundo, de un mundo que debe comenzar desde cero. No es nuevo este esfuerzo del hombre, podemos decir, de cada generación, por buscar un mundo nuevo, un mundo mejor. Pero a diferencia de los movimientos anteriores que de alguna manera recibían de la generación pasada un mundo aún por construir y buscaban mejorarlo, la generación de los jóvenes del ’68 se dedicó a de-construir16. Su plan era desmontar las bases anteriores para construir un mundo nuevo. Sin embargo en la agenda de trabajo no había un mundo nuevo. El mundo nuevo estaría siempre por hacerse, identificándose muchas veces tan sólo con una quimera. Lo que importaba era el cambio. El cambio por el cambio. Tal parecería que era el orden radical de aquel movimiento del ’68. Cambio en la educación, cambio en la visión de la sexualidad, cambio en la Iglesia. Abajo los antiguos ídolos, abajo la sociedad. Y es verdad, cada generación tiene que superar a la que la precede, porque ve en el horizonte una sociedad mejor. El problema de la generación del ’68 es que no veía ningún tipo de sociedad. Y entonces deja como herencia un desencanto total y el derecho indiscutible a la libertad del hombre. Derecho que desgraciadamente no trae como consecuencia los deberes. Si todo derecho implica un deber, la generación del ’68 proclamaba la libertad sin deberes. Un derecho total a la autonomía, perdiendo de vista que la libertad del hombre no es como la de los animales, movida por los instintos. “La libertà umana non è della stesa natura della spontaneità animale. La libertà umana è un auto-determinarsi, e quindi un scegliere in base alla conoscenza di ciò che scelgo. È la verità circa il bene e il male la radice della libertà. Il pensare che la libertà della persona possa nascere come per generazione spontanea da un terreno incolto, e che pertanto vada evitata ogni coltivazione della persona, è ignorare completamente i grandi dinamismi dello spirito.”17

La autonomía predicada por la generación del ’68 hacía perder de vista los ideales que se querían construir. Lo único que contaba era la espontaneidad, la genuinidad, la propia determinación. De esta manera se pierden los horizontes del tipo de hombre que se quiere construir y del tipo de sociedad en la que ser quiere vivir.

Algo se perfilaba quizás con el marxismo y el socialismo. Pero en 1989, con la caída de los regímenes comunistas que para algunos prometían ese otro tipo de sociedad ideal, surge entonces el desencanto, el escepticismo, la época así llamada de la postmodernidad. Y entonces frente al desencanto de la caída del muro de Berlín, con las promesas que supuestamente escondía este tipo de sociedad, surge el nihilismo, el vacío existencial. El hombre pierde una dimensión esencial para su vida, son sólo sobrenatural, sino para su vida humana. No sabe ya esperar, no sabe confiar, no sabe poner su futuro en las manos de nadie o de nada. Surge entonces el relativismo o el escepticismo. No hay futuro, no vale la pena esforzarse por nada. Vivamos el momento actual, que mañana será tarde. Carpe diem! Sí, aprovechemos el momento, pero pensando en el futuro. Pero al negar el futuro niega también su presente. Y como el hombre no puede vivir sin futuro, sin esperanza, entonces pone su esperanza en cualquier cosa. La sustancia de sus días termina por ser cualquier banalidad. Y como el hombre es lo que es su corazón, termina por ser una banalidad, por negarse a sí mismo. “Pero, como han subrayado los Padres sinodales, « el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable ». Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age.”18

Esta es, a grandes rasgos la generación del ’68 que a su vez ha educado una generación. Una generación, como dice el P. Amedeo Cencini, que es la última generación que obedeció a sus padres y la primera generación que obedece a sus hijos. Un grupo de hombres y mujeres que ahora están en torno a los 65 años, en 1968 estarían hacia los 25 años y que deja como herencia a la humanidad, entre otras cosas, una emergencia educativa. ¿Por qué?


La relación educativa es difícil, cuando no hay respuestas que dar.
Desde el punto de vista fenomenológico estamos asistiendo a una relación atípica en lo que se refiere a la educación. En toda relación sana, las dos personas aportan algo a la relación, de forma que al final ambas partes resultan aventajadas. Los psicólogos sistémicos19 lo saben muy bien en el momento de describir la patología de la relación, en dónde un partner es débil, o en dónde busca dominar, o en dónde los dos aportan sus deficiencias en la relación, pensando encontrar un alivio a la misma, cuando en verdad lo único que hacen es agravar la misma situación.

En la relación del adulto con el niño, se deben establecer ciertos fundamentos de forma que la relación se establezca saludablemente.

Como primera condición observamos que todo acto educativo, es un acto de amor. Se educa porque se ama. Detrás de cada acto de educación está un acto de amor, es decir, el buscar el bien de la persona amada, que en este caso es el niño, el joven o el adolescente. Y más correctamente deberíamos decir que es primero el amor que el acto educativo, si se quiere hablar verdaderamente de una relación sana. Porque se ama, se genera a un hijo. Porque se ama, se educa al niño, al adolescente o al joven en una escuela, en un equipo deportivo o en una parroquia. Parte de la crisis actual de la educación radica en que las personas que son los educadores o no aman, o no lo saben hacer o aman otras cosas además del sujeto que hay que educar. Pensemos por ejemplo en los padres de familia que a toda costa quieren un hijo y lo engendran por cualquier medio que la ciencia pone a su alcance. ¿Qué es lo que ahí se ama? ¿Al hijo o a lo que se piensa que es un derecho de tener un hijo? Y esta es parte de la herencia que nos ha dejado la generación del ’68. Una generación que veía sólo el derecho a tener un hijo. Lo resultados de esta forma de pensar saltan ante nuestros ojos. La cantidad de abortos o de abandonos de hijos, porque no cumple con los deseos de los padres o no estaba en la agenda de ellos el tener el hijo a tan temprana edad o el hecho de que a pesar de la edad avanzada de la madre se desea el hijo a toda costa, como un derecho inalienable.

Como segunda condición, el acto educativo no es la relación de dos personas que transmiten información, sino de una persona que ha hecho una experiencia de vida y la quiere transmitir a otra persona, porque quiere el bien de esa persona. El educador, al haber hecho la experiencia de vida en su propia piel, sabe que esto es lo que le conviene al educando, porque comparten ambas una misma naturaleza, la naturaleza humana.

Este principio que acabamos de expresar en forma clara y sintética, es incapaz de ser comprendido por la generación del ’68 y por lo tanto, no ha sido capaz de transmitir principios de vida a la siguiente cultura. Hemos dicho que esta generación niega la posibilidad de la educación desde el momento en que piensa que el hombre puede alcanzar por sí solo su felicidad. Torna a nuestra mente y a la mente de la generación que ha educado a los jóvenes que actualmente están entrando a la primera juventud, que el hombre podía encontrar por sí sólo la felicidad, algo así como la teoría del buen salvaje de Rousseau20 en dónde el hombre libre es bueno por naturaleza. No debemos tampoco olvidar la influencia de los psicólogos humanistas como Maslow y principalmente Carl Rogers que también de alguna manera influyen en la generación del ’68 para hacer ver que el hombre posee en sí mismo todas las fuerzas para ser feliz, sin ayuda de los otros.

Olvidan por tanto que el acto educativo es esencialmente un compartir el destino del otro. No se trata de imponer un destino al otro, sino la de transmitir una experiencia de vida. Una experiencia de vida no es aprender un concepto de memoria. No es decirle al niño o al joven lo que es la vida, lo que el mundo espera de él, cuál puede ser su lugar en el cosmos o en la sociedad. No. La experiencia de vida, como dice y expresa la palabra experiencia en griego, umbral, pasar a través de… o en latín, experimento, prueba, intento, significa “una lúcida autoconciencia, o si se quiere, una percepción sensibilísima, aplicada en nuestro caso, a la vida.”21 Es saber lo que es la vida, porque se ha vivido experimentalmente la vida.

Pero cuando la generación del ’68 no ha vivido experimentalmente la vida, sino que ha sobrepasado la vida, poniendo su esperanza en realidades efímeras, no puede dar una respuesta clara y contundente. Como dijo Oriana Fallacci en su libro Niente e così sia, a su hermanita Elisabetta que le preguntaba Ma.. che cosa é la vita? Y la respuesta de Oriana que podría ser la respuesta de toda esta generación, dice así: Niente e così sia! Con esta respuesta podemos imaginarnos que toda una generación ha quedado narcotizada para dar una respuesta contundente a lo que es la vida. Y por lo tanto se ha visto imposibilitada para hacer la experiencia de lo que es la vida. Se ha roto la respuesta que una generación daba a la otra sobre el misterio de la vida. No tanto porque no supiera dar respuestas a esta pregunta, sino porque no había vivido la vida.

Una tercera condición del acto educativo es el principio de autoridad. La propuesta de vida que hace el educador al educando no es una imposición. Porque se ama al educando, como hemos dicho, el educador busca dar lo mejor de sí mismo al educando. Lo mejor de sí mismo es aquello que el educador ha encontrado para ser feliz. Por lo tanto el acto educativo se establece no entre dos iguales. El educador tiene una autoridad que consiste en dos aspectos que determinan el mismo acto educativo: la experiencia de la vida y la posibilidad de documentar dicha experiencia con la propia vida, es decir con el propio testimonio de vida. Se establece una autoridad, no autoritarismo, en base no a una superioridad aleatoria, sino a la diferencia natural entre quien posee una verdad o busca por poseerla y dejarse poseer por ella, y quien está en busca de esa verdad. Autoridad no es imposición, sino es el servicio de quien quiere proponer una verdad. Se deja siempre en libertad al educando de que él escoja por sí mismo y viva por sí mismo la verdad que se le propone. Cuántos son los casos en los que se demuestra que la posesión de la verdad es sólo un acto individual y que el educador se limita a proponer con su vida, esta verdad. Se dan casos de hijos de personas que creen y viven una propuesta de vida fundadaza en valores trascendentes y que han tratado de educar a sus hijos en esa propuesta de vida y sin embargo los hijos, por el uso de su libertad no adhieren a esa propuesta de vida. O ase da también el caso contrario en el que padres que no proponen ningún estilo de vida, se encuentran con hijos que es su libertad adhieren a una propuesta de vida cargada de valores trascendentes. Es por tanto el acto educativo una propuesta de vida en la libertad que se establece entre dos personas, la cual una de ellas está investida de autoridad por la propuesta de vida que hace y por el testimonio que de ella hace en su propia vida.

La generación del ’68 es incapaz de comprender el concepto de la autoridad. Ha buscado por todos los medios a su alcance el derrumbar lo que según ellos han llamado los mitos de la autoridad. Para ellos todos son iguales y todos deben ser tratados de la misma forma. Como la verdad para ellos no puede ser conocida, y de ahí el nacimiento del escepticismo que estamos viviendo en nuestra época, toda autoridad se ve con desdén y a lo mucho es un mal que debe ser tolerado en vista a una mejor convivencia social. Por ello los educadores pertenecientes a esa generación han hecho todo menos que educar, porque para ellos, educar era imponer. Ha sido una generación que ha crecido sola, al amparo de la televisión, el Internet y los videojuegos. Ellos han sido los que han cubierto el vacío de la autoridad creado por la ideología del ’68. Y aunque parezca inverosímil, esta misma ideología se ha infiltrado no sólo en la escuela, sino en la Iglesia. Cuántas veces me he encontrado con congregaciones religiosas que el principio de autoridad, que debería estar basado en una visión sobrenatural fundamentado en la fe, ha venido a diluirse en un mero concepto sociológico del manager o del líder que busca a toda costa el consenso del grupo para poder hacer una propuesta o sugerir una iniciativa o aplicar una norma.

Como cuarta condición del acto educativo podemos decir que es la libertad. El acto educativo verdadero se genera sólo en la libertad de las personas. Libertad del educador para hacer la propuesta de vida que él cree conveniente para el educando. Y libertad por parte de educando para adherir o no a la propuesta de vida que le hace el educador.

La generación del ’68 ha creado la ideología de la pluralidad. Es cierto que nuestro mundo globalizado da cabida a una sana convivencia entre diversidad de culturas, de ideologías, de doctrinas y de religiones. Comenzando desde la igualdad de sexos, el mundo de hoy ha ido ganando terreno para lograr la equiparación en los derechos de todas las personas, independientemente de sus diferencias culturales. Sin embargo la ideología pluralística va más allá de este simple reconocimiento de las diferencias. Trata de borrar las diferencias entre todas las personas y con ello va en contra de la misma naturaleza humana. Cada persona nace al interno de una cultura y de una tradición. Se realiza por tanto en su humanidad a través de cada cultura. La convivencia entre las persona no se obtiene eliminando las diferencias, sino reconociéndolas y respetándolas. Quien quisiera eliminar las diferencias culturales para querer crear un hombre aséptico de cultura, como lo pretende la Constitución europea, sería semejante a la locura de querer eliminar los idiomas considerándolos como ajenos a la cultura del hombre, buscando imponer un solo lenguaje.

De esta ideología de la pluralidad ha nacido una imposición de ciertas verdades secularizantes que buscan crear un nuevo tipo de hombre, ajeno a todo valor trascendente, considerándolos simplemente como valores del pasado o a lo más costumbres que pueden desarrollarse sólo en el ámbito privado, sin ninguna influencia en el devenir del hombre y de la sociedad. El acto educativo que debería ser libre, viene impuesto por la ley o por programas que deben cumplirse, a condición de no sufrir penalizaciones de carácter económico o de otra índole.


Una cierta normalidad…
El reto que hoy en nuestros días comporta la educación, nos hace trasladarnos al mundo de la relación entre el niño, el adolescente y el adulto. Al tratar el problema de la educación estamos tocando dos situaciones de por sí difíciles en nuestros días. Por un lado nos encontramos propiamente con una emergencia, la así llamada emergencia educativa. Y por otro lado estamos hablando de una relación entre un adulto y un niño, una relación que no es solamente periférica, sino que de alguna manera toca un proceso importante de la persona como es su educación.

La emergencia educativa comporta la difícil relación entre el mundo del adulto y el mundo del niño. Una relación en la que se establece el contacto de dos generaciones: una generación que ya está hecha, o que por lo menos tiene unas bases sólidas y consolidadas que le permiten afrontar con garbo los avatares de la cotidianidad, además del hecho de poder llevar a la sociedad y a la cultura hacia fronteras más solidares, más fraternas, más de acuerdo con su calidad de cultura humana. Y una generación que está por hacerse, que como un papel blanco posee la capacidad de poder imprimir en sí misma cualquier mensaje, y de esta manera llevarlo a cumplimiento a la lo largo de la vida.

Al tratar el tema de la emergencia educativa, debemos tratar por fuerza el tema de la relación, ya que la educación no se establece entre dos máquinas, sino entre dos seres humanos, ambos dotados de las mismas capacidades de intelecto, libertad y afectividad. Por ello debemos describir esta relación antes de proseguir nuestro discurso.

Toda relación comporta un cierto estatuto de normalidad. Bien sabemos que cuando en una relación una de las personas está enferma, o padece una patología, la relación no puede ser sana. El afán por buscar la salud en las relaciones humanas puede llevarnos al hecho de olvidar que el ser humano no es impecable y que cierta “anormalidad” es aceptable, dentro de los límites que lo permite la condición humana. Se pide hoy en día que los padres o los formadores sean personas modelo, impecables y nos podemos olvidar que por la condición humana, dichos formadores no existen. Se establece por tanto la necesidad, antes de seguir adelante con nuestro discurso, de establecer cuál es la normalidad en el ser humano que le permitirá tener una adecuada relación con el niño. Juan Pablo II, al hablar de la normalidad mencionaba: “Quindi, mentre per lo psicologo o psichiatra ogni forma di psicopatologia può sembrare contraria alla normalità, per il canonista, che si ispira alla suddetta visione integrale della persona il concetto di normalità e cioè della normale condizione umana in questo mondo, comprende anche moderate forme di difficoltà psicologica, con la conseguente chiamata a camminare secondo lo Spirito anche fra le tribolazioni e a costo di rinunce e sacrifici. In assenza di una simile visione integrale dell’essere umano, sul piano teorico la normalità diviene facilmente un mito e, sul piano pratico, si finisce per negare alla maggioranza delle persone la possibilità di prestare un valido consenso.”22

Gracias a Dios que existe un cierto grado de anormalidad, o un cierto grado de normalidad en la persona humana, de lo contrario todos estaríamos padeciendo alguna patología y haríamos más famosos y más ricos a los psicólogos y psiquiatras. Este “grado de normalidad” tira abajo el tabú de nuestros días de pensar que no podemos educar o formar porque no somos perfectos o porque no tenemos todas las respuestas y certezas a disposición.

Contra la primera afirmación podemos aclarar que la antropología cristiana, enriquecida por las ciencias de la psicología y de la psiquiatría, considera la persona humana en todas sus dimensiones, la terrena y la eterna, la natural y la trascendente. Según esta visión integral el hombre históricamente existente aparece herido por el pecado y redimido por el sacrificio de Jesús.

El hombre por lo tanto lleva en sí mismo el germen de la vida eterna y por ello puede conocer, apropiarse y transmitir los valores trascendentales. No necesita inventarlos, no necesita crearlos. Están ahí, a su disposición. Lo que tiene que hacer es reconocerlos y hacer la experiencia de ellos. Experiencia viene de la palabra griega ex péirao, salir fuera de sí mismo para cruzar un umbral, para hacer un recorrido. El hombre cuenta por tanto con la capacidad de poder salir de sí mismo, de su mundo cerrado y así, al salir de sí mismo, poder apropiarse de esos valores, poder hacerlos suyos y vivirlos. Los puede no sólo conocer, sino apropiarse de ellos y vivirlos, gracias a la experiencia que puede hacer de ellos.

El problema de la emergencia educativa se juega precisamente en esta capacidad de conocer, apropiarse y trasmitir los valores trascendentales. Si por educación entendemos no sólo la transmisión de conocimientos, que sería meramente información, sino sobretodo, como dice Benedicto XVI: “la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral”23, los valores trascendentales juegan el papel principal. Sin ellos, la educación corre el riesgo de no transformar verdaderamente las personas.

Nos encontramos por tanto con el primer punto firme de la relación en la educación. El adulto que educa debe ser una persona que ha hecho la experiencia de los valores trascendentales. Una experiencia que le haya permitido permear su vida con dichos valores trascendentales en forma tal que su persona sea de por sí una vivencia de los valores trascendentes. Y con ello respondemos a la segunda objeción de nuestros tiempos al pensar que no se tienen las certezas necesarias para poder formar las futuras generaciones.

El mundo de la última mitad del siglo XX ha vivido en una de las más grandes incertidumbres que se han dado a lo largo de toda la humanidad. Le ha sido negada la capacidad de creer en valores absolutos y trascendentales. Ha hecho del cambio el valor supremo y por ello ha venido echando por tierra ideas y estructuras que habían sido sostén y columna de la sociedad. La revisión necesaria para adaptarse a los tiempos modernos, ha sido en muchos casos privada de todo discernimiento. Y en el afán de adecuarse a los tiempos actuales ha perdido de vista los valores trascendentales que debía haber mantenido, adecuando su vivencia a los tiempos actuales.

No resulta entonces extraño que se hable de emergencia educativa cuando por todas partes se ve la incapacidad de formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida. La relación que se establece en la educación es una relación personal que de alguna manera quiere transmitir valores trascendentales a la persona que quiere formar. Como no es una mera información, la verdadera educación no se contenta con la mera transmisión de conocimientos, ni siquiera de las técnicas necesarias para llevar a cabo dicha transmisión de conocimientos. Quiere transmitir una actitud de frente a la vida, unos valores, una postura de frente a la vida. En pocas palabras, quiere dar respuesta a la pregunta fundamental que ha revolucionado o asfixiado la historia de la humanidad: ¿qué es la vida y que hago con ella?

La relación educativa se establece por tanto en un nivel diferenciado entre alguien, el adulto casi siempre, que cree o piensa tener la respuesta a esta pregunta, porque lo vive, porque hace y está haciendo la experiencia de dar respuesta a las preguntas fundamentales y alguien que no tiene esas certezas, pero que está en capacidad de adquirirlas. Y aquí se da el primer síntoma de la enfermedad. El adulto de hoy está enfermo porque no ha hecho la experiencia de los valores trascendentales. Hablamos entonces no ya de un cierto grado de normalidad, sino de una verdadera patología moral. El hombre de hoy no puede educar, porque no ha hecho la experiencia de la vida.


Curarse para educar.
Es necesario por tanto que el hombre recupere su capacidad educativa, su capacidad de transmitir certezas ciertas en la vida. Para ello debe curarse, debe recuperarse. La generación del ’68 ha dejado en herencia esta enfermedad que bien podríamos llamar la incapacidad de educar. Sin embargo no está bien generalizar. Existen aún núcleos sanos de personas que no han perdido la capacidad de educar, que han transmitido a las siguiente generación, a pesar de los problemas que han tenido que afrontar, los valores trascendentales que les permiten dar una respuesta a la vida, distinguiendo el bien del mal, buscando siempre el bien y levantándose para reemprender la marcha si es que se ha cometido el mal.

a) Recuperar la capacidad educativa depende de la forma en que pueda enseñarse de nuevo el acto educativo. Se requiere en primer lugar recuperar la capacidad de amar al educando. No se trata simplemente de un amor sentimental, sino de un amor que implique la voluntad. Decía Salustio que el amor es querer lo mismo que quiere el amado24. Recuperar el verdadero amor por el educando implica buscar antes que otra cosa su bien. Pero su bien integral, no su bien económico o material, como lo ha buscado hasta este momento la generación del ’68. Es necesario entonces comprender bien lo que es la persona humana, para ver en el niño un futuro hombre desde el punto de vista integral y no sólo un consumidor en potencia, una pieza del mecanismo social, un nativo digital.
b) En segundo lugar es necesario por tanto que el educador recupere en sí mismo la visión del hombre. Que vuelva los ojos a una sana antropología en dónde descubra todas las componentes del hombre, sin descuidar principalísimamente su espíritu y las ansias de infinito que tiene ese espíritu. Sólo de esta manera, una vez que ha recuperado la visión equilibrada del hombre, podrá lanzarse a amar a este hombre y querer lo que quiere este hombre que es su bien integral, su trascendencia y también su bienestar material. Sólo así se desarrollara el verdadero amor que es querer lo que quiere el amado. El amor es capaz de hacer milagros, pero sólo cuando se conoce bien al amado. Aquí tenemos por tanto la primera condición para recuperar la posibilidad de educar.

c) Como tercera condición el educador debe hacer el esfuerzo por conocer los valores trascendentales, partiendo del presupuesto que existen, que son posible conocerlos y que más aún, es posible vivirlos. Este es quizás el reto más importante que tienen los educadores. Hemos sido educados al escepticismo y al relativismo. Es difícil hablar hoy en día, de valores trascendentes universales, más allá de aquellos valores que quieren imponer los gobiernos democráticos, que en realidad son todo menos democráticos, pues olvidan que son representantes del pueblo y quieren imponer al pueblo una ideología, una agenda previamente establecida. Bástenos pensar en la ideología del género, la ideología del crecimiento de la población, de los conceptos de familia. Hemos crecido creyendo que los valores trascendentes universales, los valores del espíritu no existen o a lo más deben reducirse a la esfera privada, cayendo lógicamente en un relativismo: si para ti sirven esos valores, entonces puedes usarlos, pero sólo dentro de tu esfera privada y mientras no ataquen o toquen otros valores.

Hemos sido educados a una falsa tolerancia, haciéndonos creer que tolerancia es apertura a todo, a lo bueno o a lo malo. La tolerancia tiene siempre de mira la verdad y no puede transigir con lo que va en contra de esta verdad.

Con el pulular de ideologías la mente del hombre, más bien dicho, su espíritu, ha quedado narcotizado, anestesiado para encontrar los valores trascendentes, los del espíritu. No ha recibido la posibilidad de ver en otros estos valores y cuando se perfilan en el horizonte, siempre alguien o algo, el mismo sistema o la misma sociedad, acaba por negarle la visión que tiene, haciéndolo aparecer como iluso, politically incorrect, o fundamentalista.

Por ello, el educador del siglo XXI tiene que hacer un esfuerzo enorme para romper los moldes que le impone la sociedad y su misma comodidad y lanzarse a buscar esos valores. Hoy más que nunca se pide al educador la capacidad de soñar, pero soñar un sueño verdadero. La capacidad de romper esta realidad que no es la verdadera y buscar en su espíritu los valores más genuinos que loasen ser hombre, no bestia, ni homo faber, homo videns u homo digitale. Es una tarea que requiere empeño personal. No por nada el entonces cardenal Ratzinger decía que el cristiano del futuro tendría que ser un místico o no sería nada. Podemos nosotros parafrasear al cardenal Ratzinger diciendo que el educador del siglo XXI será un verdadero visionario o no será un educador.

d) Como cuarta condición podemos pasar a la parte práctica. El educador, si quiere ser un verdadero transmisor de experiencias de vida y no un mero transmisor de conocimientos, debe hacer la experiencia de los valores trascendentes, debe vivir los valores del espíritu. Debe vivir la vida y no dejarse vivir por ella. Debe aplicar sus sentidos espirituales a la vida y no sólo sus sentidos materiales. Debe quizás, aprender a ser más sencillo y más humilde y tomar la vida como la que es, y no como le han dibujado que podría ser. Debe quizás miar un poco más allá de Europa y aprender que en Asia, en Sudamérica o en África la vida es vivida por los hombres a través de la aplicación de su espíritu a las realidades terrenas.

e) Quinta y última condición: transmitir. Pero quizás esta condición nace por sí sola. Quien descubre lo que es la vida, quien vive la vida desde la perspectiva totalizante del espíritu, experimenta un nuevo tipo de felicidad. La felicidad no del que logra tener 250 amigos en facebook. Ni la de quien puede poseer cuanto mercancía le ofrece el mercado, ipad incluído. Ni de quien se elude en el mundo de las drogas ligeras, el sexo barato o las vacaciones de agosto. No. Es la felicidad de quien se sabe que está viviendo para lo que fue creado, de quien conoce por experiencia propia cuál es su puesto en la vida, en la sociedad. De quien encuentra la satisfacción en todo porque todo lo vive, no es vivido por el todo. De quien ama la vida porque la encuentra amable, sencilla y verdadera, porque él primero ha buscado vivir esos valores de sencillez, humildad y amabilidad. Y habiendo hecho esa experiencia de vida, su respuesta no sólo es la felicidad, sino compartir la felicidad.

Sólo de esa manera, en la medida en que el educador vive la vida y la encuentra amable porque la vive con amor, sólo en esa medida podrá transmitir una historia de amor que él ha vivido. Una generación narra a otra las maravillas del Señor.



Publicado por mario.web @ 20:50
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