Lunes, 14 de noviembre de 2011
La oración da sentido a toda la vida, en cada momento de ella, en cada circunstancia.
 
Necesidad de la oración
Necesidad de la oración

La oración es la primera expresión de la verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del espíritu […] La Iglesia ora, la Iglesia quiere orar, desea estar al servicio del más sencillo y al mismo tiempo el más espléndido don del espíritu humano, que se realiza en la oración. La Iglesia ora y quiere orar para responder a los deseos de lo más profundo del hombre, que quizás está tan agobiado y limitado por las condiciones de las circunstancias de la vida diaria, de todo aquello que es temporal, de la debilidad, el pecado, el abatimiento, y de una vida que apenas tiene sentido […] La oración da sentido a toda la vida, en cada momento de ella, en cada circunstancia1.
Si nos miramos solamente a nosotros mismos, con nuestros límites y nuestros pecados, pronto seremos presa de la tristeza y del desánimo. Pero si mantenemos nuestros ojos vueltos al Señor, entonces nuestros corazones se llenarán de esperanza, nuestras mentes serán iluminadas por la luz de la verdad, y llegaremos a conocer la plenitud del Evangelio con todas sus promesas y su plenitud de vida.
Si verdaderamente deseáis seguir a Cristo, si queréis que vuestro amor a Él crezca y dure, debéis ser asiduos en la oración. Ella es la llave de la vitalidad de vuestro vivir en Cristo. Sin la oración, vuestra fe y vuestro amor morirán. Si sois constantes en la oración cotidiana y en la participación dominical en la Misa, vuestro amor a Jesús crecerá. Y vuestro corazón conocerá la alegría y la paz profundas, una alegría y una paz que el mundo no logrará daros jamás.

Debéis mirar el ejemplo de Cristo. ¿Cómo oraba Jesús?

Ante todo, sabemos que su oración se caracterizaba por un espíritu de alegría y de alabanza. «El Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús que dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Lc 10, 21). Además, Él confió a la Iglesia en la Última Cena la celebración de la Eucaristía, que siguió siendo en todos los tiempos el medio más perfecto para rendir al Padre gloria, agradecimiento y alabanza. Sin embargo, ha habido también momentos de sufrimiento en los que, en medio de un gran dolor y de una gran lucha, Jesús abrió su corazón a Dios, tratando de buscar en su Padre consuelo y apoyo. Por ejemplo, en el Huerto de Getsemaní, cuando la lucha interior se hacía cada vez más difícil, «preso de angustia, oraba más intensamente, y le entró un sudor que chorreaba hasta el suelo, como si fuesen gotas de sangre» (Lc 22, 44). «Oraba más intensamente»; ¡qué ejemplo para nosotros, cuando se nos hace difícil la vida, cuando nos encontramos ante una decisión penosa o cuando luchamos contra la tentación! En momentos como éstos, Jesús oraba más intensamente. ¡Lo mismo debemos hacer nosotros!
Por eso, cuando es difícil orar, lo más importante es no dejar de orar, no rendirse ante el esfuerzo que supone. En estos momentos, volved los ojos a la Biblia y a la liturgia de la Iglesia. Meditad sobre la Biblia y las enseñanzas de Jesús referidas en el Evangelio. Considerad la sabiduría y el consejo de los apóstoles y los mensajes provocadores de los profetas. Tratad de hacer vuestras las hermosas plegarias de los salmos. Hallaréis en la palabra inspirada por Dios el alimento espiritual del que estáis necesitados. Sobre todo, vuestra alma hallará el reposo cuando participéis con todo el corazón junto a la comunidad en la celebración de la Eucaristía, la más grande de las oraciones de la Iglesia2.
Sólo la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es capaz de elevar un himno de alabanza y agradecimiento al Creador. La tierra, con todas sus criaturas, el universo entero, invitan al hombre a ser su voz. Sólo la persona humana es capaz de elevar desde lo profundo de su propio ser aquel himno de alabanza que todas las cosas proclaman sin palabras: «Bendice al Señor, alma mía, y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 103, 1)3.
Alimentad vuestro día con la oración, buscando momentos de particular intimidad con el Señor, sea personalmente o en grupo. Únicamente un contacto prolongado con Él podrá transformar interiormente a cada uno de nosotros en discípulos suyos. Solamente esta clase de oración, de reflexión, de concentración, prolongada largamente en la silenciosa escucha de Dios, hace capaz al creyente de hablar a los demás del misterio divino, de transmitir y testimoniar el misterio divino ante los otros4.
El Evangelio nos recuerda «la necesidad de orar siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1). Dedicad, pues, todos los días algún tiempo de vuestra jornada a conversar con Dios, como prueba sincera de que lo amáis, porque el amor busca siempre la cercanía de aquél que se ama. Por lo tanto, la oración debe estar por delante de todo lo demás. El que no piense de este modo, quien no la practica, no puede justificarse por la falta de tiempo; lo que le falta es el amor5.

Motivos para la oración
Debemos orar, ante todo, porque somos creyentes. La oración es el reconocimiento de nuestro límite, de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y a Dios volvemos. Por lo tanto no podemos hacer otra cosa que abandonarnos a Él, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza. Algunos aseguran y tratan de demostrar que el universo es eterno y que todo el orden que vemos en él, incluido el hombre con su inteligencia y su libertad, son solamente efecto del azar. Los científicos y las experiencias vividas por muchas personas honestas nos dicen que estas ideas, mantenidas y enseñadas, no son demostrables y dejan siempre desilusionados e inquietos a quienes las sostienen, porque en el fondo saben muy bien que un objeto en movimiento ha de sufrir un impulso exterior. Saben muy bien que la casualidad no puede producir el perfecto orden que vemos en el universo y en el hombre. Todo está prodigiosamente organizado, desde las partículas infinitesimales que componen las cosas hasta las galaxias que giran en el espacio. Todo está indicando un plan que incluye todas las manifestaciones de la naturaleza, desde la materia inerte hasta el pensamiento del hombre. Donde hay orden hay inteligencia, y donde hay un orden superior hay una inteligencia superior, a la que llamamos «Dios», y de la que Jesús nos ha revelado que es amor ¡y nos ha enseñado a llamarle Padre!
De este modo, reflexionando sobre la naturaleza del universo y sobre nuestra misma vida, comprendemos y reconocemos que somos criaturas, limitadas y sin embargo sublimes, que deben su existencia a la infinita majestad del Creador.
Por eso la oración es ante todo un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y de reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono a Aquél que ha dado su vida por amor.
La oración es un diálogo misterioso pero real con Dios, un diálogo de confianza y de amor.
Pero nosotros somos cristianos, y por lo tanto hemos de orar como cristianos.
Para el cristiano la oración adquiere una característica particular, que cambia totalmente su íntima naturaleza y su íntimo valor.
El cristiano, discípulo de Cristo es aquél que cree verdaderamente que Jesús es el Verbo encarnado, el Hijo de Dios que ha venido entre nosotros sobre la tierra.
Como hombre, la vida de Jesús fue una continua plegaria, un acto continuo de adoración y de amor al Padre, y puesto que la máxima expresión de la oración y del sacrificio, el culmen de la oración de Jesús es el sacrificio de la Cruz, anticipado con la Eucaristía en la Última Cena y transmitido a lo largo de los siglos en la Santa Misa.
Por eso el cristiano sabe que su oración es Jesús; cada plegaria suya parte de Jesús; es Él quien ora en nosotros, con nosotros, por nosotros.
Todo aquél que cree en Dios, ora; pero el cristiano ora en Jesucristo: ¡Cristo es nuestra oración!
La máxima oración es la Santa Misa, porque en ella está realmente presente el mismo Jesús, que renueva el Sacrificio de la cruz; pero toda oración es válida, especialmente el «Padrenuestro», que Él mismo quiso enseñar a los apóstoles y a todos los hombres de la tierra.
Pronunciando las palabras del «Padrenuestro», Jesús creó un modelo concreto y a la vez universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre celestial está encerrado en esas siete peticiones, que todos sabemos de memoria. Esta oración es de una simplicidad tal que hasta un niño puede aprenderla, y al mismo tiempo tiene tal profundidad que se puede pasar toda la vida meditando su sentido.
Finalmente, debemos rezar también porque somos frágiles y culpables. Hemos de reconocer con humildad y realismo que somos pobres creaturas, de ideas confusas, inclinadas al mal, frágiles y débiles, continuamente necesitadas de fuerza interior y de consuelo.
La oración da la fuerza para los grandes ideales, para mantener la fe, la caridad, la pureza, la generosidad.
La oración da el valor para levantarse de la indiferencia del pecado, si desgraciadamente se ha sucumbido a la tentación y a la debilidad.
La oración da luz para ver y considerar los acontecimientos de la propia vida y de la misma historia en la perspectiva salvífica de Dios y de la eternidad. ¡No dejéis de orar! ¡Que no pase un solo día sin que hayáis rezado un poco! La oración es un deber, pero también una gran alegría, porque es un diálogo con Dios por medio de Jesucristo. Cada domingo la Santa Misa, y si es posible, también durante la semana. Cada día la oración de la mañana y de la tarde, y en los momentos oportunos.

San Pablo escribía a los primeros cristianos: «Perseverad en la oración» (Col 4, 2); «Vivid en constante oración y súplica guiados por el Espíritu Santo» (Ef 6, 18)6.

El poder de la oración
Las personas tienen siempre un gran interés por la oración. Como los apóstoles, quieren saber cómo deben orar. La respuesta que Jesús da es conocida de todos: es el «Padrenuestro», en el cual revela, en unas pocas y sencillas palabras, toda la esencia de la oración. La oración no se centra principalmente en nosotros, sino en el Padre celestial a quien confiamos nuestra vida con fe y confianza. Nuestra primera preocupación debe ser su santo nombre, su reino, su voluntad. Sólo después pedimos nuestro pan de cada día, el perdón y la remisión de nuestras deudas.
El «Padrenuestro» nos enseña que nuestra relación con Dios es una relación de dependencia. Nosotros somos sus hijos y sus hijos adoptivos a través de Cristo. Todo lo que somos y todo lo que tenemos procede de Él y a Él está destinado a volver. El «Padrenuestro» además nos presenta la oración como una expresión de nuestros deseos. Afligidos como estamos por la debilidad humana, naturalmente pedimos a Dios muchas cosas. Muchas veces podemos sentirnos tentados a pensar que Él no nos escucha o no nos responde. Pero como sabiamente nos recuerda san Agustín, Dios sabe ya de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos. Él afirma que la oración va a nuestro favor, en el sentido de que en la oración «ejercitamos» nuestros deseos, y así nos aferramos a lo que Dios está preparando para darnos. Para nosotros es una oportunidad de «ensanchar nuestro corazón» (cfr. Carta a Proba. Epístola 20).
En otras palabras, Dios nos escucha siempre y nos responde siempre –pero desde la perspectiva de un amor mucho más grande y de un conocimiento mucho más profundo que el nuestro. Cuando parece que Él no escucha nuestros deseos dándonos aquello que le pedimos, por muy desinteresado y noble que sea, en realidad lo que hace es que está purificando nuestros deseos porque hay otro bien más grande, que quizá sobrepasa nuestra comprensión en esta vida: el reto de «ensanchar nuestros corazones» para santificar su nombre, buscar su Reino y aceptar su voluntad. Como Cristo en el Huerto de Getsemaní podemos quizás orar por nosotros mismos o por los demás. «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiero, sino lo que quieres tú» (cfr. Mt 26, 39; Mc 14, 36; Lc 22, 42).
No debemos infravalorar el poder de la oración para sostener la misión redentora de la Iglesia y para poder llevar el bien allí donde reina el mal. Debemos estar unidos en la oración. No oremos sólo por nosotros mismos y por nuestros seres queridos, sino también por las necesidades de la Iglesia universal y por toda la humanidad; por las misiones y por las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, por la conversión de los pecadores y la salvación de todos los hombres, por los enfermos y los moribundos. Como miembros de la comunión de los santos, nuestra oración incluye también a las almas que están en el purgatorio, las cuales, por amorosa misericordia de Dios, pueden todavía alcanzar después de la muerte la purificación que necesitan para entrar en la felicidad del Reino de los cielos. La oración además nos hace entender que quizás nuestras preocupaciones y nuestros deseos son pequeños comparados con las necesidades y los sufrimientos de tantos hermanos nuestros en todo el mundo. Existe el sufrimiento espiritual de aquéllos que han perdido el camino en la vida por causa del pecado, o por la falta de fe en Dios. Existe el sufrimiento material de millones de personas que están sin alimento, sin vestido, sin casa, sin medicinas y sin instrucción; de los que no disfrutan de los derechos humanos fundamentales; de quienes están en el exilio o refugiados por causa de la guerra o de la opresión7.

Devoción y piedad popular
Estoy pensando en aquellas devociones que se practican en ciertas regiones del pueblo fiel con un fervor y una pureza de intención conmovedoras, aunque la fe que las sostiene deba ser purificada e incluso rectificada en no pocos aspectos. Estoy pensando en ciertas oraciones fáciles de entender, que tantas personas sencillas gustan de repetir. Y pienso en determinados actos de piedad practicados con el sincero deseo de hacer penitencia o de complacer al Señor. Bajo la mayor parte de estas oraciones o de estas prácticas, junto a los elementos que deben eliminarse, existen otros que bien empleados podrían servir estupendamente para ayudar a progresar en el conocimiento del misterio de Cristo y de su mensaje: el amor y la misericordia de Dios, la encarnación de Cristo, su cruz redentora y su resurrección, la acción del Espíritu Santo en cada cristiano y en la Iglesia, el misterio del más allá, las virtudes evangélicas que debemos practicar, la presencia del cristiano en el mundo, etc., etc. … ¿Y por qué hemos de aludir ciertos elementos no cristianos –a veces incluso anticristianos– rechazando el apoyo sobre los elementos, los cuales, aún teniendo necesidad de revisión y corrección, tienen algo de cristiano en su raíz?8
La piedad popular es un auténtico tesoro del Pueblo de Dios. Es una continua demostración de la activa presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Es Él quien enciende en los corazones la fe, la esperanza y el amor, virtudes excelsas que dan valor a la piedad cristiana. Y es el mismo Espíritu Santo quien ennoblece las diferentes formas de expresión del mensaje cristiano, en armonía con la cultura y con las costumbres propias de todos los tiempos y todos los lugares.
Todas las devociones populares genuinamente cristianas deben ser fieles al mensaje de Cristo y a las enseñanzas de la Iglesia.
La piedad popular debe conducimos siempre hacia la piedad litúrgica, que lleva consigo una participación consciente y activa en la oración común de la Iglesia.
Estas celebraciones de la Iglesia hacia las cuales debe canalizarse dócilmente la religiosidad popular son, sin duda alguna, momentos de gracia.
La fe en los patronos de cada lugar, los tiempos de misión, las peregrinaciones a los santuarios, son todas ellas invitaciones que el Señor hace a toda la comunidad –y a cada uno– para seguir adelante en el camino de la salvación.
No esperéis sin embargo a que lleguen estas grandes festividades. Id a Misa los domingos, santificando así el día del Señor, dedicándolo al culto divino, al legítimo descanso y a una vida familiar más intensa. Haced de forma que en ninguna de vuestras jornadas de trabajo falten momentos de oración personal o familiar, en el seno de la iglesia doméstica que es la familia, de modo que toda vuestra actividad esté llena de la luz y de la gracia de Dios.

La Eucaristía, centro y luz de la vida cristiana
En la Eucaristía todos nosotros recibimos la gracia y la fuerza para la vida de cada día, para vivir una existencia verdaderamente cristiana, en la alegría de saber que Dios nos ama, que Cristo ha muerto por nosotros y que el Espíritu Santo vive en nuestro interior.
Nuestra plena participación en la Eucaristía es la verdadera fuente del espíritu cristiano que deseamos ver en nuestra vida personal y en todos los aspectos de la sociedad. En cualquier lugar en el que desarrollemos nuestra actividad, en la política, la economía, la cultura, el campo social o científico –cualquiera que sea nuestra ocupación–, la Eucaristía es un impulso para nuestra vida cotidiana.
Debe haber siempre una coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos. No podemos vivir basándonos en las glorias pasadas de nuestra vida cristiana. Nuestra unión con Cristo en la Eucaristía ha de manifestarse en la verdad de nuestra vida de hoy; en nuestras actuaciones, en nuestras orientaciones, en nuestra forma de vida, en nuestras relaciones con los demás. Para cada uno de nosotros la Eucaristía es una llamada al esfuerzo cada vez mayor para vivir como verdaderos seguidores de Cristo, veraces en nuestro hablar, generosos en nuestros actos, atentos y respetuosos con la dignidad y los derechos de todos, cualquiera que sea su rango o sus credenciales, prestos al sacrificio personal, leales y justos, generosos, prudentes, compasivos y moderados, teniendo en cuenta el bien de nuestras familias, de nuestros jóvenes, de nuestra patria, de Europa entera y del mundo. La verdad de nuestra unión con Cristo en la Eucaristía se comprueba si realmente amamos a nuestro prójimo, hombres y mujeres, en la forma en que tratemos a los demás, especialmente a nuestras familias: marido y mujer, padres e hijos, hermanos y hermanas. Se comprueba en el esfuerzo que hagamos o dejemos de hacer por reconciliamos con nuestros enemigos, para perdonar a cuantos nos han hecho mal o nos han ofendido9.
En el contexto de la sociedad agnóstica en que vivimos, dolorosamente hedonista y permisiva, es fundamental profundizar la doctrina referente al augusto misterio de la Eucaristía, de tal forma que podamos adquirir y mantener la certeza de la naturaleza y la finalidad de este sacramento, al que se puede llamar con justicia centro del mensaje cristiano y de la vida de la Iglesia. La Eucaristía es el misterio de los misterios; por eso su aceptación significa acoger totalmente el paso de Cristo y de la Iglesia de los preámbulos de la fe hasta la doctrina de la Redención, al concepto de sacrificio y de sacerdocio consagrado, al dogma de la «transubstanciación», al valor de la legislación en materia litúrgica.
Hoy es necesaria, ante todo, la certeza, para situar la Eucaristía en su exacto puesto central, para valorar en su justo sentido la santa Misa y la Comunión, para retornar a la pedagogía eucarística, fuente de vocaciones sacerdotales y religiosas, fuerza interior para practicar las virtudes cristianas...
Hoy es tiempo de reflexión, de meditación y de plegaria para volver a dar a los cristianos el sentido de la adoración y el fervor; solamente de la Eucaristía profundamente conocida, amada y vivida se puede esperar aquella unidad en la verdad y en la caridad querida por Cristo y propagada por el Concilio Vaticano II10.
La Eucaristía es el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, que Él mismo ofreció una vez por todas (Ef 9, 26-28) para liberarnos del pecado y de la muerte, y que confió a su Iglesia para que haga la misma ofrenda, bajo las especies de pan y vino y con ellas alimente siempre a sus fieles, a nosotros, los que estamos en torno al altar. La Eucaristía es, pues, el sacrificio por excelencia, el mismo de Cristo sobre la cruz, mediante el cual recibimos a Cristo mismo, todo entero, Dios y hombre11.
El sacrificio del Hijo es único e insustituible. Se cumplió una sola vez en la historia de la humanidad. Y este sacrificio único e insustituible permanece para siempre. El acontecimiento del Gólgota pertenece al pasado. La realidad de la Trinidad constituye eternamente un «hoy» divino. Y por eso toda la humanidad participa en este «hoy» del sacrificio del Hijo. La Eucaristía es el sacramento de este «hoy» insondable. La Eucaristía es el sacramento –el más grande que tiene la Iglesia– por el cual el «hoy» divino de la Redención del mundo se encuentra con nuestro «hoy» humano en una forma siempre humana12.
«Hemos de considerar la importancia de la participación en la celebración dominical de la Eucaristía, prescrita por la Iglesia. Es para todos el más elevado acto de culto en el ejercicio del sacerdocio universal, de la misma manera que la oferta sacramental de la Misa lo es en el ejercicio del sacerdocio ministerial para los sacerdotes. La participación en el banquete eucarístico es para todos una condición de unión vital con Cristo, como Él mismo ha dicho: "Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (]n 6, 53). El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda a todos los fieles el significado de la participación dominical en la Eucaristía (cfr. CC n. 2181-2182). Quiero terminar aquí con las conocidas palabras de la primera carta de Pedro, que esculpen la figura de los laicos como partícipes del misterio eucarístico eclesial: "También vosotros, como piedras vivas, vais construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios" (1 Pe 2, 5)13.
Para todo fiel católico la participación en la santa Misa dominical es, al mismo tiempo, un deber y un privilegio; una dulce obligación de corresponder al amor de Dios hacia nosotros, para después dar testimonio de este amor en nuestra vida cotidiana [...] Para cada familia cristiana el cumplimiento del precepto dominical debe ser motivo fundamental de alegría y de unidad. Cada domingo todos, y cada uno en particular [...] tenéis una cita con el amor de Dios. ¡No podéis faltar a ella!14.

Sacramentos y oración cristiana>/b>
El Bautismo: Instituido por el Salvador, es el primero de los sacramentos, que elimina el pecado original, vuelve a dar al alma la gracia santificante, introduce a quienes lo reciben en la vida trinitaria de Dios, haciéndolo hijo adoptivo del Padre, hermano de Jesús, miembro de pleno derecho del pueblo cristiano, cuerpo místico de Cristo, heredero de la eterna felicidad del paraíso.
Nacer significa entrar en un proyecto divino concreto: nadie viene al mundo por casualidad; por el contrario, cada uno tiene una misión particular que cumplir que, por supuesto, no podemos conocer plenamente desde el primer momento, pero que un día nos será totalmente revelada. Que nos guíe, pues, la certeza de que somos instrumentos de Dios, que por amor nos ha creado, y que espera se lo paguemos con nuestro amor15.
La Confirmación: El sacramento de la Confirmación es como un complemento del Bautismo, la etapa de maduración en el camino hacia la inserción plena en el misterio de Cristo y hacia la aceptación responsable de la vocación en la Iglesia. Para comprender el significado de este sacramento es necesario que reflexionemos sobre todo en el valor de todos los sacramentos. Ellos hacen revivir en nosotros el Evangelio, es decir, traen a nuestra vida y comunican a nuestra existencia personal la figura, la vida, los misterios, la palabra y los acontecimientos de la misma vida de Jesús. Jesús se nos acerca, entra en nuestra historia precisamente a través de estos signos sacramentales, concretos y visibles. Con estos signos Jesús nos llama, nos asocia a su misión, nos hace partícipes de todos los misterios de su vida. En la misión de Jesús el momento de Pentecostés es fundamental, porque con la entrega del don del Espíritu Santo los discípulos pueden comprender toda la verdad del Señor, y su espíritu queda regenerado en la plenitud de la participación de la vida sobrenatural16.
Un don del que tienen necesidad los hombres de hoy, que se encuentran particularmente expuestos a los ataques, las insidias y las seducciones del mundo. Es la fortaleza, el don del valor y de la constancia en la lucha contra el espíritu del mal que cerca con sus ataques a quien vive sobre la tierra para alejarlo de la vida del cielo. Especialmente en el tiempo de tentación y de sufrimiento, muchos cristianos corren el peligro de vacilar y de ceder. Para los cristianos existe siempre el peligro de caer de la altura de su vocación, de desviarse de la lógica de la gracia bautismal que se les ha concedido como germen de vida eterna. Precisamente para eso nos reveló y nos prometió Jesús el Espíritu Santo como confortador y defensor. Él nos concede el don de la fortaleza sobrenatural, que es una participación del poder y la firmeza del Ser divino17.
La Unción de los enfermos: Por medio de este sacramento y de todo su servicio pastoral, la Iglesia sigue teniendo cuidado de los enfermos y de los moribundos como hizo Jesús durante su ministerio terrenal. Con la imposición de las manos por parte del sacerdote, la unión con óleo y la oración, nuestros hermanos y hermanas son reconfortados con la gracia del Espíritu Santo. Así son capaces de soportar sus sufrimientos con valor y de esta forma abrazar la cruz y seguir a Cristo con mayor fe y esperanza.
La sagrada unción no evita la muerte física, ni tampoco promete una curación milagrosa en el cuerpo. Pero realmente aporta una gracia y un consuelo especial a los moribundos, preparándolos para un encuentro con nuestro amante Salvador en fe y amor, y con la firme esperanza de la vida eterna. Además aporta consuelo y fuerza a quienes están a punto de morir y sufren de graves enfermedades o por su avanzada edad. Para ellos pide la Iglesia la curación tanto del cuerpo como del alma, orando para que toda la persona sea renovada por el poder del Espíritu Santo.
Cuantas veces celebra la Iglesia este sacramento, proclama su credo en la victoria de la cruz. Es como si estuviésemos repitiendo las palabras de san Pablo: «Estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separamos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8, 38, 39)18.

La infancia espiritual, secreto de la salvación,/b>
Narra el evangelista san Mateo que Jesús «llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el reino de los cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos» (Mt 18, 2-4).
Ésta es la desconcertante respuesta de Jesús: para entrar en el Reino de los cielos la condición indispensable es hacerse pequeños y humildes como los niños.
Está claro que Jesús no quiere obligar al cristiano a permanecer en una situación de infantilismo permanente, de tranquila ignorancia, de insensibilidad ante los problemas de nuestro tiempo. ¡Todo lo contrario! Pero pone al niño como modelo para entrar en el Reino de los cielos por el valor simbólico que el niño encierra:
En primer lugar, el niño es inocente, y para entrar en el Reino de los cielos el primer requisito es la vida de «gracia», la inocencia, mantenida o recuperada, la exclusión del pecado, que siempre es un acto de orgullo y de egoísmo;
En segundo lugar, el niño vive de la fe, se fía de sus padres y se abandona con total disponibilidad a quienes lo quieren y lo guían. Así también el cristiano debe ser humilde y abandonarse con toda confianza a Cristo y a la Iglesia. El gran peligro, el gran enemigo siempre es el orgullo, y Jesús insiste en la virtud de la humildad, porque ante lo infinito no cabe otra actitud que la humildad. Además, la humildad y la verdad son señal de inteligencia y fuente de serenidad;
Por fin, el niño se contenta con las pequeñas cosas, que bastan para hacerla feliz. Un pequeño éxito, un pequeño regalo merecido, una alabanza, lo llenan de alegría.

Para entrar en el Reino de los cielos es necesario tener sentimientos grandes, inmensos, universales; pero es preciso saber contentarse con las cosas pequeñas, con los cometidos encomendados por la obediencia, con la voluntad de Dios expresada en el instante fugaz, con aquellas alegrías cotidianas que nos ofrece la providencia; es preciso hacer de cada tarea, por pequeña que sea, una obra de arte de amor y de perfección.
¡Hemos de convertimos a la pequeñez, para entrar en el Reino de los cielos! Recordemos la intuición genial de santa Teresa de Lisieux, cuando meditó aquel versículo de la Escritura: «El que sea inexperto, venga a mí» (Pr 9, 4). Descubrió que el sentido de la «pequeñez» era como un ascensor que más rápida y más fácilmente la llevaría a la santidad: «Tus brazos, oh Jesús, son el elevador que me hará subir hasta el cielo. Por eso yo no tengo necesidad de hacerme grande; al contrario, es preciso que siga siendo pequeña y que lo sea cada vez más».

Encuentro con María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia
Confortada con la presencia de Cristo (cfr. Mt 28, 20), la Iglesia camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos y promueve el encuentro con el Señor que viene; pero en este camino avanza sobre los pasos del itinerario cubierto por la Virgen María, la cual «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz» (LG, 58).
En el designio salvífico de la Santísima Trinidad, el misterio de la encarnación constituye el cumplimiento sobreabundante de la promesa hecha por Dios a los hombres después del pecado original, después de aquel primer pecado cuyos efectos pesan sobre toda la historia del hombre en la tierra (cfr. Gn 3, 15). Viene al mundo un Hijo, el «linaje de la mujer» que derrotará el mal del pecado en su misma raíz: «aplastará la cabeza de la serpiente». Como resulta de las palabras del protoevangelio, la victoria del Hijo de la mujer no sucederá sin una dura lucha, que penetrará toda la historia humana. La «enemistad», anunciada al comienzo, es confirmada en el Apocalipsis, libro de las realidades últimas de la Iglesia y del mundo, donde vuelve de nuevo la señal de la «mujer», esta vez «vestida de sol» (Ap 12, 1).
María, madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella «enemistad», de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. En ese lugar, ella, que pertenece a los «humildes y pobres del Señor», lleva en sí, como ningún otro entre los seres humanos, aquella «gloria de la gracia» que el Padre «nos agració en el amado», y esa gracia determina la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la carta paulina: «Nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo..., eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos» (Ef 1, 4.5). Esta elección es más fuerte que toda la experiencia del mal y del pecado, que toda aquella enemistad con la que ha sido marcada la historia para siempre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura. (Redemptoris Mater, n. 11).
María está perfectamente unida a Cristo en su despojamiento. En efecto, «Cristo..., siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres»; concretamente en el Gólgota «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz» (cfr. Flp 2, 5-8) A los pies de la cruz, María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Es ésta tal vez la más profunda «kénosis» de la fe en la historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero, a diferencia de la de los discípulos que huían, era una fe mucho más iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la cruz, ha confirmado definitivamente ser el «signo de contradicción» predicho por Simeón. Al mismo tiempo, se han cumplido las palabras dirigidas por Él a María: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Redemptoris Mater, n. 18)
En la economía de la gracia, realizada bajo la acción del Espíritu Santo, hay una particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta pero esencial, indica el camino del «nacimiento por el Espíritu». Así, aquélla que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace presente –por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo– en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue ejerciendo una presencia maternal, como indican las palabras pronunciadas desde la cruz: «Mujer, he ahí a tu hijo. He ahí a tu madre»
La dimensión mariana de la vida de un discípulo de Cristo se expresa de una forma especial precisamente mediante esa entrega filial a la mirada de la Madre de Dios, que tuvo su comienzo en el testamento del Redentor en el Gólgota. Confiándose filialmente a María, el cristiano, igual que el apóstol Juan, acoge «entre lo que le es propio» a la Madre de Cristo y la introduce en el espacio de su propia vida interior, es decir, en su «yo» humano y cristiano; «La tomó consigo». Así intenta entrar en el radio de acción de aquel «materno amor» con el cual la Madre del Redentor «se hizo cargo de los hermanos de su Hijo» (131) «en cuya regeneración y formación coopera» (132), en la medida del don concedido a cada uno por la fuerza del Espíritu de Cristo. Así se explica también aquella maternidad en el espíritu que ha venido a ser la función de María bajo la cruz y en el cenáculo.
«Socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse». Estas palabras se refieren a todo hombre, a las comunidades, a las naciones y a los pueblos, a las generaciones y a las épocas de la historia humana, a nuestros días, a estos años del milenio que está por concluir: «Socorre, sí, socorre al pueblo que sucumbe».
Ésta es la invocación dirigida a María: Santa Madre del Redentor. Es la invocación dirigida a Cristo, que por medio de María ha entrado en la historia de la humanidad. Año tras año, la antífona se eleva a María, evocando el momento en el que se ha realizado este esencial cambio histórico, que perdura irreversiblemente: el cambio entre el «caer» y el «levantarse».
La humanidad ha hecho admirables descubrimientos y ha alcanzado resultados prodigiosos en el campo de la ciencia y de la técnica, ha llevado a cabo grandes obras en la vía del progreso y de la civilización, y en épocas recientes se diría que ha conseguido acelerar el curso de la historia. Pero el cambio fundamental, cambio que se puede definir «original», acompaña siempre el camino del hombre y, a través de los diversos acontecimientos históricos, acompaña a todos y a cada uno. Es el cambio entre el «caer» y el «levantarse», entre la muerte y la vida. Es también un constante desafío a las conciencias humanas, un reto a toda la conciencia histórica del hombre: el reto a seguir la vía del «no caer» en los modos de siempre antiguos y siempre nuevos, y del «levantarse», si ha caído (Redemptoris Mater, n. 52).
En María se revela plenamente el valor atribuido en el plan divino a la persona y a la misión de la mujer. Para convencerse, basta reflexionar en el valor antropológico de los aspectos fundamentales de la Mariología: María es la «llena de gracia» desde el primer momento de su existencia, hasta el punto de ser preservada del pecado. Evidentemente el favor divino fue concedido con abundancia a la que es «bendita entre todas las mujeres», y desde María se refleja sobre la misma condición de la mujer, excluyendo cualquier inferioridad (cfr. Redemptoris Mater, 7-11).
María está además incluida en la alianza definitiva de Dios con la humanidad. Le corresponde el papel de dar su consentimiento, en nombre de la humanidad entera, a la venida del Salvador. Este papel supera todas las reivindicaciones, incluso las más recientes, de los derechos de la mujer: María tuvo una intervención preeminente, y de una forma humanamente impensable, en la historia de la humanidad, pues con su consentimiento contribuyó a la transformación de todo el destino humano.
Más aún: María cooperó al desarrollo de la misión de Jesús, alumbrando su nacimiento, cuidándolo, estando junto a Él en sus años de vida oculta, así como después, durante los años de su ministerio público, sosteniendo de forma discreta su acción, en los comienzos en Caná, donde obtuvo la primera manifestación del poder milagroso del Salvador. Como dice el Concilio, María fue quien «indujo, con su intercesión, a Jesús, el Mesías, a dar comienzo a sus milagros» (Lumen gentium, 58).
Sobre todo, María cooperó con Cristo en la obra redentora, no sólo preparando a Jesús para su misión, sino uniéndose a su sacrificio por la salvación de todos (cfr. Mulieris dígnitatem, 3-5).
La luz de María puede extenderse, también hoy, sobre todo el mundo femenino, y alcanzar los viejos y nuevos problemas de la mujer, ayudando a todos a comprender su dignidad y a reconocer sus derechos.
El Rosario es mi oración predilecta. ¡Maravillosa oración! Maravillosa por su simplicidad y por su profundidad. En esta plegaria repetimos muchas veces las palabras que la Virgen María escuchó del arcángel y de su prima Isabel.
A estas palabras se une toda la Iglesia. Podemos decir que el Rosario es, en cierto modo, una oración-comentario del último capítulo de la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la admirable presencia de María Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. De hecho, teniendo como fondo las palabras «Ave María», desfilan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Cristo. Se concretan en el conjunto de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y podríamos decir que nos hacen entrar en comunión con Jesús a través del corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede encerrar en estas decenas del Rosario todos los acontecimientos que componen la vida de una persona, de una familia, de toda una nación, de la Iglesia y de la humanidad entera. Acontecimientos personales y ajenos, y de manera especial, de aquéllos más próximos, de los que más llevamos en el corazón. Así con el rezo del Rosario seguimos el ritmo de la vida humana.

Notas
1 Visita al santuario de la Mentorella, 29 de octubre de 1978.

2 Nueva Orleans. EE.UU. Discurso a los jóvenes, 12 de septiembre de 1987.

3 San Antonio. EE.UU. Homilía, 13 de septiembre de 1987.

4 Benevento. Discurso a los jóvenes, 2 de julio de 1990.

5 Viedma. Argentina, 6 de abril de 1987.

6 Audiencia a los jóvenes, 14 de marzo de 1979.

7 Discurso en la Catedral de St. Mary. Miami, 10 de septiembre de 1987.

8 Exhortación Apostólica Catechesi tradendae.

9 Dublín. Homilía, 29 de septiembre de 1979.

10 A los peregrinos de Milán y Alejandría, 14 de noviembre de 1981.

11 Homilía en el Congreso Eucarístico de Haití, 9 de enero de 1983.

12 Homilía en Estrasburgo, 8 de octubre de 1988.

13 Audiencia general, 15 de diciembre de 1993.

14 En Uruguay, 7 de mayo de 1988.

15 Homilía, 2 de enero de 1993.

16 Turín. Homilía en la administración de la Confirmación, 2 de septiembre de 1988.

17 Audiencia general, 25 de junio de 1991.

18 Fénix. EE.UU. Homilía, 14 de septiembre de 1987.


Publicado por mario.web @ 20:54
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