Mi?rcoles, 30 de noviembre de 2011

La austeridad es la virtud que “nos independiza de las cosas, que nos lleva a conformarnos con poco, que nos mortifica nuestras ansias de poseer cosas y darnos gustos desordenadamente y nos limita a lo esencial”. La austeridad nace y muere en el espíritu de la persona.
El hombre austero se arregla con poco, tiene pocas necesidades y por lo tanto pocas cosas lo desestabilizan. El austero no se altera por la abundancia o ante la carencia.

La civilización greco romana dejará en herencia a la civilización cristiana al hombre de Roma, cuya virtud característica era la fortaleza, acostumbrado a las inclemencias del tiempo y con el ánimo siempre parejo.

La cristiandad tomará este modelo y le sacará brillo dándole sentido al señorío del espíritu sobre la materia. Desarrollará esta virtud interior que nace desde adentro y está relacionada con el estado de ánimo de la persona que no se altera y permanece en paz aunque las cosas le sobren o le falten. Es parte de una lucha ascética, y el tomar distancia y desapego sobre las cosas y tiene una raíz espiritual. De ahí que la austeridad sea una virtud a practicar en todas las personas, no sólo en las que tienen bienes.

La austeridad nos recuerda que no hemos nacido para poseer bienes únicamente ni para fabricarnos un mundo de bienestar, sino que la persona humana tiene un fin más alto en su existencia que es salvar su alma y por lo tanto tiene necesidades superiores a las materiales. Hay que aprender y saber vivir en la abundancia como en la carencia, con el mismo señorío sobre las cosas. Nos invita a una vida sobria, serena, medida, sencilla, con una cuota de mortificación en todos los órdenes que, aunque aparente ser desagradable, nos dará una gran libertad de espíritu. San Agustín nos dice: “Buscad lo que basta, y no queráis más. Lo demás es agobio, no alivio. Apesadumbra, no levanta”.

Como el romano, el hombre de campo, en contacto con la naturaleza y acostumbrado a soportar las inclemencias del tiempo, así como quienes tienen sus mentes en preocupaciones superiores, (como la ciencia, la investigación seria o la enseñanza), estarán mejor dotados para desarrollar la virtud de la austeridad. Los argentinos, al tener más fácil acceso a vivir rodeados de la naturaleza y la vida rural, podemos constatar que, aún siendo las mismas personas, ni bien nos encontramos en el campo, en pocos kilómetros de distancia que recorremos, nuestras necesidades bajan al mínimo.

Es real que se necesitan medios materiales mínimos para vivir dignamente y bien, pero lujos y caprichos no se necesitan. El peligro aparece cuando las lícitas necesidades se desordenan y comienza el materialismo a engendrar a su hijo desordenado: el consumismo, porque la persona busca y tiende a satisfacer su ansiedad (que no es más que su sed de Dios) adquiriendo sin parar cosas materiales y placeres. Entonces aparecen necesidades como zapatillas de deporte para un adolescente que cuestan lo mismo que gasta una familia entera para vivir un mes, lo cual es un despropósito.

No es cristiano vivir rodeados de los tesoros de Alí Babá, y los grandes almacenes a los que somos tan adictos debieran servir para facilitarnos la selección de productos, no para llevárnoslos puestos todos encima. Es por eso que, para recordarnos este principio de mortificación, la Iglesia propone dos épocas de mayor austeridad en el año: el Adviento (para prepararnos para la venida del Niño Jesús) y la Cuaresma (para prepararnos para la Semana Santa y recordar la Pasión de Cristo, su Muerte y Resurrección).

La austeridad además nos dará mayor capacidad de gozar de los bienes cuando los tengamos y de no sufrir cuando los carezcamos. Santo Tomás nos dice que un mínimo de bienestar material es necesario aún para ejercitar la virtud. El bienestar mínimo de la persona humana es una vivienda digna y buena, alimento, abrigo y educación garantizado por medio del trabajo. Más adelante se hará necesario el poder ejercitar otras virtudes que requieren intimidad. Por ejemplo, el pudor exige que varones y mujeres (aún hermanos) duerman a partir de una determinada edad en cuartos separados, y la prudencia nos indica que aún los hermanos del mismo sexo deben dormir en camas separadas. De ahí que un acceso y un consumo razonable de bienes sean necesarios y buenos para lograr cierto bienestar no solo material sino espiritual para la persona humana.

La austeridad en el modo de vivir y la necesidad y cuidado que demostramos tener sobre las cosas se manifestará además en muchos detalles de la vida diaria y cotidiana como: usar un frasco de champú a la vez y no tener varios abiertos, (aunque podamos comprarlos), utilizar la cantidad necesaria de detergente, jabón de lavar, papel para escribir y no hacer un derroche caprichoso en todo aunque podamos pagarlo. El cuidar de las cosas, el no estropearlas y el no derrochar por haraganería o descuido como: apagar las luces, cerrar las canillas, no darnos baños interminables derrochando una cantidad innecesaria de agua, aprovechar y organizar los viajes en auto, (cuando varias personas van al mismo lugar y a la misma hora), sacrificando un poco de independencia y autonomía, serán detalles que demostrarán que valoramos el tener tantas cosas que otros no tienen.

Recordemos que la austeridad es una virtud que nos ordena a utilizar lo esencial, a liberarnos de lo superfluo y frívolo, de la ostentación en todos los órdenes, de ahí que el tener acceso a comprar muchas cosas o lo que queramos no la contradiga ni la suprime, si no que debiera ordenarnos más. La cantidad de elementos a tener en una casa, de ropa en el guardarropa, aún de comida en la heladera, debe guardar siempre una cierta proporción entre las necesidades y lo que compramos o tenemos.

Es un deber de los padres el inculcar esta virtud en los hijos de tener lo justo, lo que necesitan y, sobre todo, de disfrutar de lo cotidiano y ordinario como una ducha de agua caliente en un día frío y destemplado, una cama con sábanas limpias, una frutera con distintas frutas para elegir, un buen fuego encendido en invierno, una buena charla en familia. Porque o se enseña a valorar estas pequeñas cosas o no se aprenderá a valorar nada y nos sentiremos con derecho a tenerlo todo y mucho más.

Cada persona puede tener distintas necesidades según el cargo o dignidad que represente en la vida. No es lo mismo ser la Primera Dama de un país o la señora del Embajador que la maestra de una escuela rural. Ambos puestos o trabajos son igualmente dignos, importantes y necesarios, pero una posición requerirá más elementos materiales (como vestidos, alhajas, autos, empleados) que otra. Cada cual en su puesto y en su vida puede aún guardar un orden, una proporción, una medida y una cuota de equilibrio que no ofenda a Dios y al prójimo que poco o nada tiene.

No obstante, aún dentro de lo lícito, el austero da un paso más que toca la virtud. Si en público disfrutan de los bienes porque le es debido por su estado (como el Papa, Felipe II de España o San Luis rey de Francia) en privado se privarán seguramente para mantener su equilibrio y su dominio sobre la materia. Si bien estos personajes sabemos que tuvieron y tienen disponibilidad sobre todas las cosas, se privaron y se privarán en privado (con ayunos y mortificaciones materiales y espirituales) para tomar distancia sobre ellas.

En el comer y en el beber la austeridad es un deber de justicia hacia Dios en primer lugar, y de gratitud, por tener lo que tantos carecen aún para subsistir. En segundo lugar por respeto y recuerdo de tantos millones de personas que nada tienen y mueren de hambre. Esto nos llevará a servirnos tan sólo lo que habremos de comer, a no prepararnos manjares muy elaborados y costosísimos, a cuidar que la comida no se tire y lo que sobre se aproveche. Lo cristiano es optimizar la utilización de las cosas en todos los órdenes. El no desperdiciar lo que otros necesitan abarca todos los órdenes para la conciencia cristiana, pero es en la comida donde toma mayor relevancia porque sabemos que hay millones que mueren por carecer de lo necesario.

Todo lo que digamos sobre la austeridad y el respeto que debiéramos tener sobre la comida resultará poco. En épocas más cristianas se inculcaba a los hijos en las familias no sólo a elaborar en casa la comida sino que había lemas que pasaban de generación en generación como: “la comida no se tira” y “el pan es sagrado” por respeto a quienes no lo tenían delante de sí. Ese es por último el sentido de la bendición de la mesa. El agradecer a Dios providente que tenemos los alimentos necesarios para alimentarnos que otros carecen. Tanto era así, y tan impregnado estaba este concepto cristiano en los usos y costumbres de la sociedad, que aún en ambientes pudientes nadie osaba tirar un trozo de pan al tacho de basura, mas bien se lo guardaba para que, una vez seco, se pudiera rayar y se utilizara.

Hoy en día, con el sistema impuesto a rajatabla de comprar la comida hecha, (que siempre es mucho más cara y menos sana que la casera), a veces en cantidades desproporcionadas y además tirar a la basura lo que sobra porque “se enfrió” en el trayecto hasta casa, o porque no estaba “todo lo rico” que quisiéramos, clama al cielo. Hay circunstancias especiales a veces, que es lícito hacerlo, (porque no hubo tiempo, porque nos sorprendieron con un festejo, porque se agregaron muchos familiares de improviso, porque hay días en que uno está sobrepasada de trabajo, porque queremos darle un respiro a nuestra mujer o a nuestra madre ese día y la invitamos a comer afuera etc.)

Pero este nuevo hábito del use y tire que se impone aún en el comprar como sistema la comida hecha, de criar a los niños desde la infancia comiendo en los shoppings con luces artificiales en pleno día y un ruido ensordecedor, se convierte en un estilo de vida equivocado por comodidad. Hace que finalmente uno ruede por la pendiente que hemos descripto anteriormente. Lo bueno para la persona, como regla general, será el ámbito de la casa, de lo casero, de lo elaborado, de los elementos frescos y sanos para cocinar, de la buena administración del presupuesto familiar para que, si nos sobra, lo utilicemos mejor y no lo derrochemos. Todo este desorden actual es anticristiano.

La austeridad en la administración pública, donde se manejan bienes de todos los ciudadanos es primordial. Es un delito grave en un gobernante el manejar desordenadamente los fondos públicos, sin transparencia o administración. El despilfarro y el derroche en todos los órdenes es un pecado grave, pero cuando además lo hacemos con dinero ajeno que a muchos les habrán costado enormes privaciones (con el pago de impuestos o tasas excesivas). Este es otro pecado que clama al cielo. Aún en la abundancia de bienes de una Nación es responsabilidad de los gobernantes mantener una administración austera y cuidadosa, reservando para los momentos de carencia que siempre pudieren sobrevenir.

La austeridad en la función pública y en la administración de los bienes públicos debiera ser básica entre los gobernantes, quienes en épocas más cristianas lo entendieron así. La función pública empobrecía, y servir a la Patria no era la oportunidad para enriquecerse y hacer negocios. Por eso se le llamaba “cargo” público, porque era una “carga”, un peso a llevar para el Bien Común. Gracias a Dios nuestra Argentina cuenta con una lista de hombres que pasaron por los organismos del Estado y aún por la Presidencia de la Nación y se retiraron a vivir en completa austeridad.

La cultura cristiana siempre predicó el ahorro no sólo como disciplina y auto dominio sino como un gesto de responsabilidad hacia el bienestar y estabilidad de quienes están a cargo nuestro. La Historia nos enseña que la austeridad fue la virtud propia de nuestros patriotas, y hombres como Belgrano y San Martín vivieron y murieron austeramente. Nos relata que el Gral. Belgrano tuvo que pagar con su reloj de oro al médico que lo asistió en la hora de su muerte, y que la lápida de su tumba fue extraída de su cómoda.

Uno de los vicios contrarios a la austeridad es el consumismo tan condenado por la Iglesia, ya que lanza al hombre en una carrera interminable de posesión de bienes y en un espejismo irreal que lo hace creer que las cosas y los placeres saciarán su sed de eternidad y de felicidad infinita. La persona vacía de Dios y de vida espiritual siente que al comprar y comprar, su vida “cambiará”. Se distrae al menos por unos instantes, con el placer real que genera el adquirir. Si está deprimida/o, si fracasó en el ingreso, si se rompió un noviazgo, si discutió con sus padres etc., el hombre moderno siente que la primera reacción para gratificarse es comprar... Así confesaba una paciente a su psiquiatra: “A mí me gusta comprar porque me libero, es como si mi vida cambiara en esos momentos”.

Quien haya pasado en los Estados Unidos las fiestas de fin de año, principalmente la Navidad, habrá experimentado lo que significa una sociedad consumista en acción. Comienzan a celebrarse con varias semanas de anticipación. Ya desde Noviembre todo el mundo no hace más que hablar de ellas. Es corriente oír: ¿Cómo te preparas para las Fiestas? ¿Qué planes tienes? ¿Cómo vas a decorar tu casa? ¿Has comprado los regalos? ¿Lo pasarás con tu familia o vas a tomarte unos días vacaciones y te irás a alguna parte? etc. Los negocios compiten con adornos y la decoración, entre los que sobresalen enormes árboles de varios años que han sido cortados para colocarlos y decorarlos de distintas formas. Tanto el interior como el exterior de las casas y de los negocios se transforman. Los Papá Noel compiten con las plantas y las flores, especialmente con la estrella federal y los crisantemos. Canciones navideñas se escuchan por doquier y contribuyen al “espíritu navideño”. Las personas, a su vez, decoran los frentes de sus casas según su arquitectura y colocan cientos de luces cuidadosamente distribuidas. En el interior de las casas se destaca el arbolito de Navidad que se compra en los supermercados o los viveros. Arboles naturales cultivados por millones para ser vendidos en las Fiestas. Los diarios ya en Noviembre se inundan de avisos de toda índole que incitan al consumo. Páginas y páginas están dedicadas a ofrecer con una publicidad bien organizada toda clase de artículos para comprar y vender. Como se ve, los sentimientos religiosos de la Navidad pasan a un segundo o tercer plano... siendo desvirtuados por esa actividad y ámbito festivo que en el trasfondo tiene un solo fin: vender, vender y vender... Y por ende comprar, comprar y comprar... En Enero, las estadísticas que aparecen en los diarios, revistas y la televisión demostrarán los récords alcanzados por la venta de los distintos artículos y demostrarán cuales fueron los más vendidos. Este es un reflejo más y uno de los tantos aspectos de la sociedad de consumo.

Esto, que durante años lo hemos visto como extraño a nuestra cultura, si bien nos hemos resistido, hoy también lo hemos “comprado” en nuestra Patria, y sin darnos cuenta este espíritu de consumo que “ahoga” el espíritu de Navidad y lo desplaza se ha hecho poco a poco costumbre también entre nosotros. El replanteo de vida, (que debiera ser el tema del Adviento), las confesiones anuales y el espíritu de perdón de las relaciones familiares rotas o lastimadas son dejados de lado por la febril actitud de comprar. Lo cual no está mal si viniesen después de haber hecho nuestros deberes para con Dios, Quien, en primer lugar es Quien cumple los años que festejamos. El aniversario del nacimiento de Dios es lo que en principio festejamos. Festejarlo, recordarlo y homenajearlo a Él. Esa es la Navidad.

La revolución anticristiana ha impuesto además del consumismo y junto a el, una filosofía de vida hedonista que prioriza el placer, el adquirir y el disfrutar como los mayores objetivos a lograr en esta vida, que se convierten en un cáncer para el alma del hombre. Las cosas son para el alma humana insatisfecha y alejada de Dios como el agua salada, más se toma y más sed produce. El “use y tire” de la sociedad moderna no es un concepto cristiano sino importado de la sociedad materialista y consumista del mundo desarrollado, ajeno a nuestra idiosincrasia.

En la actualidad, entre una sociedad occidental opulenta y el resto del mundo que muere de hambre, el consumismo exacerbado de los países ricos clama al cielo. El consumismo del primer mundo, (que deja enormes edificios enteros encendidos de noche porque les sobra energía eléctrica), frente a la total carencia de bienes primordiales para una vida digna del tercer mundo es un pecado de escándalo. Pero son las condiciones que el primer mundo ha decidido imponer al resto de los países, para impedir que se desarrollen y aspiren a consumir las riquezas naturales que ellos quieren conservar sólo para sí. Así de simple y así de sencillo.

El primer mundo opulento y rico no está dispuesto a compartir las riquezas que Dios ha puesto en la Tierra para todos los hombres y está decidido a mantener en la pobreza a millones de personas con tal de no tener que compartir los bienes y modificar su “estilo de vida” de pleno derroche y consumo. Pretende seguir con su nivel de vida y que el resto del mundo Subdesarrollado “ahorre” los bienes naturales para ellos después consumirlos. Lo primero que hay que hacer entonces es impedir que los hombres en esos países subdesarrollados (como nosotros) nazcan... De ahí las políticas anti natalistas impuestas por ellos.

Por el contrario, la Iglesia enseña que los bienes han sido puestos por Dios en la tierra para el bienestar de todos los hombres y aquellos que más tienen deben compartir libremente y solidariamente con los que tienen menos, para usarlos con prudencia y generar, dentro de la medida que cada uno pueda, el mayor bienestar posible a sus semejantes, generando fuentes de trabajo, que es, además, un acto de justicia.

Si bien el ahorro siempre fue enseñado en la cultura cristiana como un bien que hace a la estabilidad de la persona, de las familias y aún de los Estados, para subsistir a través de los malos momentos, ello no implica el peligro de caer en vicios o pecados opuestos. Uno es la tacañería, el usar triquiñuelas y manejos con los cuales uno se aprovecha del otro económicamente. Si vivo en el cuarto piso de un edificio horizontal cuyo sistema de calefacción esta previsto para que todos los pisos al encenderla se templen unos con otros y pudiendo hacerlo, yo no la prendo nunca porque me basta con al calor del tercero y del quinto, no seré austero sino tacaño, porque con esta “astucia” estaré perjudicando a los que viven arriba y abajo. Me estaré aprovechando de ellos para que me paguen la calefacción sin contribuir yo con nada. La austeridad por lo tanto no es tacañería (que es tener el alma mezquina del usurero). Con la austeridad me privo y me libero yo de lo material, con la tacañería perjudico al prójimo con el cual no comparto ni ayudo a aliviar sus necesidades o simplemente le quito lo debido y me aprovecho de sus bienes.

La tacañería si se agrava puede degenerar en el pecado de avaricia. Y la avaricia es querer acumular y acumular, sin compartir ni tan siquiera poder y saber disfrutar de las riquezas.


Publicado por mario.web @ 0:11
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