Martes, 13 de diciembre de 2011
En un primer momento, el artículo se centra en la dignidad del ser humano, con referencias al mundo bíblico, judío, pagano y cristiano.
 
El hombre, como varón y mujer, en los escritores cristianos de los tres primeros siglos.
El hombre, como varón y mujer, en los escritores cristianos de los tres primeros siglos.


En un primer momento, el artículo se centra en la dignidad del ser humano, con referencias al mundo bíblico, judío, pagano y cristiano. Después, se trata de la incorporación al pueblo de Dios, con tres momentos bien definidos: antes de Abraham, la circuncisión con Abraham y la circuncisión espiritual.


Esto último hará que se profundice en el bautismo, la “circuncisión espiritual”, que tendrá una gran importancia, al incorporar sin distinción alguna a varones y mujeres. Por último, se destacan algunos aspectos de la vida cristiana, centrándose en siete elementos de igualdad oartiendo de la filiación divina

Se dice que Catón, después de aseverar que el esposo puede echar de casa a su mujer “si bebe vino”, concluyó: “Si sorprendieras a tu mujer en adulterio, puedes matarla impunemente sin formarle juicio; pero si ella te sorprendiera a ti en cualquier infidelidad conyugal, ella no osará, ni tiene derecho, a mover ni un dedo contra ti” [1].

Deberíamos explicar numerosos aspectos que se contienen en estas líneas para poder comprender mejor las cosas. Sin embargo, lo que nos interesa es destacar que la desigualdad es una de las constantes en el mundo antiguo -y no solo-. No es lo mismo ser varón que mujer.

Hay hombres libres, esclavos y libertos. Ciudadanos y no ciudadanos; en Roma, multiplicidad de derechos y de obligaciones, que no se solventarán en algunos aspectos hasta el siglo III p.C. Pero las desigualdades sociales son casi mayores: patricios y plebeyos y, pronto, el orden ecuestre. O las diferencias económicas, muy acentuadas. O la limitación a la hora de acceder a los cargos públicos o religiosos.

Añádase a esto las restricciones en el uso de determinados vestidos y colores. Una diferente consideración no sólo civil, sino también penal, ya que lo que hacen unos es constitutivo de delito y lo que hacen otros, no; también el que un mismo hecho se sanciona de diverso modo según quién lo haga, etc.

Por ello, conviene no centrar demasiado el tema entre la desigualdad varón-mujer en la Antigüedad. Era importante, ciertamente. Pero era una más entre las innumerables desigualdades a las que se veían sometidos desde su nacimiento. Un romano nunca se preguntó seriamente por qué él debía hacer un servicio militar de dos décadas y no su mujer, y viceversa. Lo mismo sucedió entre semitas y griegos. Y, sin embargo, no era lo mismo lo que la vida real imponía, que lo que algunos elucubraban o legislaban.

Es en el mundo de la “inteligencia” donde la mujer salió peor parada, ya que en la vida ordinaria tuvo, por lo general, una mayor estima, libertad y posibilidades que las que le otorgaron filósofos y leguleyos.

En estas breves y apretadas líneas, vamos a dar un breve repaso a la consideración del ser humano, en cuanto varón y mujer por parte de los escritores cristianos de los tres primeros siglos, hasta el año 313 aproximadamente.

En un primer momento, nos centraremos en la dignidad del ser humano, con referencias al mundo bíblico, judío, pagano y cristiano.

Después, trataremos de la incorporación al pueblo de Dios, con tres momentos bien definidos: antes de Abraham, la circuncisión con Abraham y la circuncisión espiritual. Esto último hará que profundicemos en el bautismo, la “circuncisión espiritual”, que tendrá una gran importancia, al incorporar sin distinción alguna a varones y mujeres.

Por último, destacaremos algunos aspectos de la vida cristiana, centrándonos en siete elementos de igualdad: la filiación divina como punto de partida; Cristo debe modelar las almas de los cristianos; éstos son libres y responsables de sus actos; todos deben procurar la santidad; deben llevar una vida de piedad y buenas obras; todos han de vivir las virtudes y, finalmente, varones y mujeres, tienen un comportamiento semejante ante el martirio.

El considerar estos elementos, nos dará una visión enriquecedora de lo que supuso, en algunos ámbitos, el Cristianismo, aunque no particularicemos en los detalles concretos. No debemos olvidar que, tanto las mentalidades como los usos y costumbres, no se pueden cambiar de la noche a la mañana.

Que la legislación es algo importante sobre lo que se pudo influir, pero que, en el tiempo que consideramos, era absolutamente impensable una participación seria y decidida de los cristianos para cambiar la sociedad desde la política. Lo comenzó a ser a partir del año 313, con una serie de condicionantes muy serios.

Cabía comportarse como buen cristiano en un ambiente hostil, con numerosas ocasiones de peligro para la fe y las costumbres. Y de ordinario, sufrir desprecio o vejaciones, en el lugar de residencia o puesto de trabajo, como las que aparecen narradas por parte de numerosos militares.

La envidia de unos pocos llevó a algunos cristianos a circunstancias comprometedoras, teniendo que elegir entre la apostasía y el martirio. Además, la escuela era un lugar inadecuado para los niños; lo mismo los espectáculos para jóvenes y adultos.

La mujer casada con un pagano, debía sortear toda clase de ocasiones para no participar en los cultos idolátricos, de las supersticiones del romano medio o de la simple vida desordenada, que tanto el hombre de la calle como el filósofo circunspecto, llevaron.

Aunque incidamos en algunos aspectos sobre la igualdad del varón y la mujer, no hay que perder de vista que, en las funciones concretas, se da la desigualdad, y se admite. No es lo mismo un plano ontológico que uno existencial. Se puede defender una igualdad radical en uno y una desigualdad en el otro.

Y, de otra parte, es preciso discernir cuando se mencionen cosas semejantes en autores teóricamente muy alejados entre sí, cuáles son las razones y causas profundas. Así, en la dignidad del hombre. No es lo mismo defender la dignidad del hombre porque así lo establece la O.N.U., que por ser hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza.


Dignidad del hombre.

Dios hizo todo de la nada, “y no teniendo necesidad ninguna y existiendo antes de todas las cosas, quiso hacer al hombre, por quien fuera conocido. Para el hombre, por ende, preparó el mundo” [2].

Un poco más adelante, Teófilo de Antioquía explica no la finalidad de la creación del hombre, sino el modo: “En cuanto a la creación del hombre, no hay palabra humana que pueda expresar su grandeza, aun siendo tan breve la divina Escritura en su narración. Porque el hecho de que diga Dios: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, da ante todo a entender la dignidad del hombre.

Porque, habiendo Dios hecho el universo por su palabra, todo lo consideró como cosa accesoria, y sólo la creación del hombre la tuvo por obra eterna digna de sus manos. Además, se presenta Dios como si necesitara ayuda al decir: Hagamos al hombre a imagen y semejanza; pero a nadie dice esa palabra “hagamos”, sino a su propio Verbo y su Sabiduría” [3].

Muchas ideas se agolpan en esos textos tan apretados. La primera de ellas es la inmensidad de Dios y la limitación del hombre, y cómo el hecho de su creación es algo no necesario. En segundo lugar, creó al hombre “por quien fuera conocido”, para que participara de algún modo de su ser. Conocer a Dios, tratarle, es lo que hacían Adán y Eva en el Paraíso. Era hacer oración. En tercer lugar, el mundo ha sido creado para el hombre.

La idea de que el hombre es el centro de todo lo creado no es nueva. Tiene una amplia tradición bíblica que la recoge y exalta, ya desde el libro del génesis: “Dijo Dios: -Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra” [4]. Señala, de manera evidente, la superioridad del hombre sobre todo lo creado.

Este dominio sobre las criaturas fue objeto de reflexión por parte de los sabios de Israel. Así, como botón de muestra, valga la oración de Salomón recogida en el libro de la Sabiduría: “Dios de los padres, y Señor de la misericordia, que todo lo hiciste con tu palabra, y con tu sabiduría formaste al hombre, para que domine sobre las cosas creadas por tí, y gobierne el mundo con santidad y justicia, y haga juicio con rectitud de alma: concédeme la sabiduría...” [5].

O en el salmo 8: “¡Oh Yahwéh, Señor nuestro, cuán glorioso es tu Nombre en toda la tierra! (...) Cuando tus cielos miro, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas que fijaste, ¿qué es el hombre (me digo) para que de él te acuerdes y el hijo de Adam para que de él te cuides? Algo menor le hiciste que los ángeles y de gloria y de honor le coronaste. Le diste imperio en la obra de tus manos, debajo de sus pies todo pusiste: las ovejas y bueyes, todos ellos, y aun las fieras del campo, los pájaros del cielo y los peces del mar, cuanto surca la ruta de los mares” [6].

Esta idea es común al judaísmo, y se formula de la siguiente manera en el Apocalipsis de Baruc (sir.): “Tú hablaste para crear al hombre intendente de tus obras sobre este mundo que es tuyo, a fin que todos supiesen cómo no había sido creado para el mundo, sino que el mundo había sido hecho para él” [7].

También son numerosos los autores no cristianos que la recogen. Así, aparece en la literatura sapiencial egipcia, y en el Corpus Hermeticum [8]. Sin embargo, reviste una especial importancia Cicerón, con diversas afirmaciones en el de natura deorum, por su influencia posterior en diversos autores cristianos [9].

Tal es el caso de Tertuliano o de Clemente alejandrino. Así, el africano al hablar del origen de la impaciencia comenta que la encuentra en el propio diablo, “desde el momento en que no soporta con paciencia que el Señor Dios haya sometido a su imagen, es decir al hombre, todas las obras que había creado”, en clara alusión a génesis 1,26, y tema recurrente en sus escritos [10].

Lactancio, en las Instituciones Divinas, expone que los estoicos “declaran que el mundo ha sido hecho para los hombres y que Dios, si quiere, puede existir sin el mundo” [11]. Esta idea la reitera en otra obra suya, Sobre la ira de Dios.

Tras reconocer que los estoicos afirman que el universo ha sido creado para el hombre, comenta cómo los académicos combaten estos razonamientos preguntando que, si Dios ha creado todas las cosas para el hombre, cómo se explica que tantas cosas le sean contrarias, hostiles y funestas. Los estoicos, prosigue Lactancio, han respondido que Dios forma al hombre a su imagen, como culmen de la creación divina, el único ser al que insufla la sabiduría para que someta todo a su poder y a su autoridad [12].

Abundando en este tema, cita a Cicerón, que piensa que “no hay ningún ser viviente salvo el hombre, que tenga el menor conocimiento de Dios” [13]. El hombre lo tiene debido a su sabiduría y, gracias a ésta, es el único ser religioso.

Pero hay una premisa que debe constar por ser principal en Lactancio: la estación derecha del hombre, con el rostro dirigido al cielo, llamado a la contemplación del universo, de tal forma que “su razón conoce la Razón” [14]. Esto es algo que entiende cualquier lector del retor del siglo IV pero que, sin embargo, no es suficiente para un cristiano. El propio Lactancio nos ofrece otra clase de argumentos en el libro II de las Instituciones Divinas al hablar de la creación del hombre con una perspectiva diferente [15].

El hombre es la única criatura que puede conocer a Dios -a excepción de los ángeles-, así como la única que puede amarle. Le ama porque el amor es un acto de la voluntad, y es libre de hacerlo o no hacerlo. En esto se diferencia no sólo de todos los seres corporales, sino también de los ángeles. Clemente de Alejandría dirá que el hombre es la más bella de las criaturas, que ya es “un ser viviente que ama a Dios” [16].

Dios ha creado el mundo y todos los seres que lo pueblan, como manifestación de su amor [17], siendo ese mismo amor el que mantiene la creación en la existencia [18]. Para Clemente alejandrino, como para la mayor parte de los escritores cristianos, la manifestación más clara del amor divino a los hombres se demuestra en la encarnación de Jesucristo y su obra de redención [19]. De ser hijos de Dios en un plano natural, lo somos en un plano sobrenatural [20]. Pero vayamos por partes y analicemos en primer lugar, la incorporación al Pueblo de Dios en sus diversos momentos.


Incorporación al Pueblo de Dios

 Si Dios ama a todos los hombres, se ha servido en la historia de la Salvación de un pueblo, al que eligió, para que colaborara de forma decisiva en la misma. Establece diversas alianzas, con un fondo común semejante, pero unas formas muy diferentes.

Una de éstas es la que realiza con Abram, muy rica en significado, pero que es preciso verla dentro de una globalidad. Si la circuncisión es lo que justifica, ¿todos los que han precedido a Abraham no están justificados? Mas tenemos constancia de que muchos de ellos fueron gratos a Dios... Analicemos sumariamente un primer momento hasta Abraham, un segundo con Abraham y la institución de la circuncisión, y un tercer momento a partir de Jesucristo, en el que se incorporan al Pueblo de Dios por medio del bautismo, con lo que será frecuente hablar de la circuncisión espiritual.


a) Hasta Abraham.

 San Pablo es rotundo al exponer este tema en su carta a los fieles de Roma: “Entonces, ¿en qué se fundamenta la jactancia? Quedó excluída. ¿Y por qué ley? ¿La de las obras? No; por la ley de la fe. Afirmamos, por tanto, que el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la Ley. ¿Acaso Dios lo es sólo de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles. Porque un mismo Dios es el que justificará la circuncisión en virtud de la fe y la incircuncisión por medio de la fe. Así pues, ¿destruimos la Ley por la fe? De ninguna manera. Al contrario, ratificamos la Ley” [21].

Dios lo es de todos, también de los gentiles. De circuncisos e incircuncisos. Lo importante es la fe, con lo que pasa a explicar y ejemplificar este aserto centrándose en la figura de Abraham, padre de los creyentes incircuncisos y de los circuncisos.

“¿Qué diremos entonces que encontró Abraham, nuestro padre según la carne? Pues si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no ante Dios. En efecto, ¿qué dice la Escritura?: Creyó Abraham a Dios, y le fue contado como justicia. Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como regalo sino como deuda”.

Y un poco más adelante: “Y recibió la señal de la circuncisión como sello de justicia de aquella fe que había recibido cuando era incircunciso, a fin de que él fuera padre de todos los creyentes incircuncisos, para que también a éstos la fe se les cuente como justicia; y padre de la circuncisión, para aquellos que no sólo están circuncidados, sino que también siguen las huellas de la fe de nuestro padre Abraham, cuando aún era incircunciso” [22].

De nuevo, esta vez en carta a los Gálatas, san Pablo reafirma este argumento, con un añadido importante: “Así, Abraham creyó a Dios y le fue contado como justicia. Por tanto, daos cuenta de que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham” [23]. Esta argumentación será recogida desde el principio, singularmente por san Ireneo de Lyon: “En Abraham ha sido prefigurada nuestra fe y fue nuestro patriarca, por así decirlo nuestro profeta en la fe (...). Por eso el apóstol lo llama no solamente profeta de la fe, sino también padre de los que entre los gentiles creen en Cristo. La razón es que su fe y la nuestra no son más que una sola y misma fe” [24].

Por un lado san Pablo deja bien claro quiénes son los hijos de Abraham: los que viven de la fe, como Abraham, que creyó a Dios. San Ireneo insiste y profundiza: la fe de Abraham y la de los cristianos es la misma. Están en perfecta sintonía. De hecho, parecen empalmar directamente con Abraham, saltándose el lapso intermedio que corresponde, propiamente, al del pueblo judío.

En otro lugar, el obispo de Lyon desarrolla los contenidos de la fe de Abraham: un solo Dios creador fiel a las promesas; el seguimiento y familiaridad con el Verbo y la intelección de la economía del Cristo que había de encarnarse: “Se realizó así la promesa hecha por Dios a Abraham según la cual su descendencia sería como las estrellas del cielo. Cristo cumplió la promesa naciendo de la Virgen, de la estirpe de Abraham, y convirtiendo en luminarias del mundo a los creyentes en Él y justificando a los gentiles con Abraham por medio de la misma fe. Abraham creyó al Señor y le fue reputado por justicia [25].

Del mismo modo también nosotros somos justificados en virtud de la fe en Dios, porque el justo vivirá de la fe [26]. La promesa de Abraham no fue hecha por el cumplimiento de la ley sino por medio de la fe. De hecho Abraham fue justificado por la fe: la ley no fue establecida para el justo [27]. De igual forma también nosotros no somos justificados por la ley sino por la fe, que ha recibido el testimonio de la ley y los profetas y que nos presenta el Verbo de Dios” [28].

En esta línea escritores como san Justino, señalan que muchos hombres anteriores a Abraham y por tanto a la circuncisión, fueron agradables a Dios, y viceversa: “Por eso justamente clama Dios que le habéis abandonado a Él, fuente viva y habéis cavado para vosotros mismos pozos rotos que no podrán contener el agua. Vosotros, los que estáis circuncidados en la carne, necesitáis de vuestra circuncisión; nosotros, en cambio, que tenemos la espiritual, para nada necesitamos de la otra.

Porque de haber sido aquella necesaria, como vosotros os imagináis, no hubiera formado Dios a Adán en prepucio, ni hubiera mirado a los dones de Abel, que ofrecía sacrificios sin estar circuncidado, ni le hubiera tampoco agradado Enoc, incircunciso, y no se le halló más, porque Dios le trasladó. Lot, incircunciso, se salvó de Sodoma, bajo la escolta de los mismos ángeles y del Señor.

Noé es principio de otro linaje humano; y, sin embargo, incircunciso entró junto con sus hijos en el arca. Incircunciso era Melquisedec, sacerdote del Altísimo, a quien Abraham, el primero que llevó la circuncisión en su carne, dió las ofrendas de los diezmos y fue por Él bendecido.

Y por David [29] anunció Dios que según el orden de Melquisedec había de establecer el sacerdote eterno. Para vosotros solos era, pues, necesaria esta circuncisión, a fin de que, como dice Oseas, uno de los doce profetas, el pueblo no sea pueblo y la nación no sea nación [30]. Y sin sábado también agradaron a Dios todos los justos anteriormente nombrados y después de ellos Abraham y los hijos todos de Abraham hasta Moisés” [31].


b) La circuncisión.

 La historia de Abraham es la historia de su fe: escuchó la voz de Dios y salió de su tierra, de Mesopotamia, para dirigirse a la que Dios le mostraría, la tierra de Canaán [32]. Dios le hace una promesa que incluye la tierra y una descendencia numerosa. Mas su mujer Sara es estéril. Por eso decidió su esposa, según las costumbres del momento, dar a su esclava Agar, para que tuviese un hijo de ella: ése será Ismael. Poco tiempo después, Sara concebirá de Abraham un hijo, a pesar de su ancianidad, y le pondrá por nombre Isaac. La promesa de Dios se cumplía.

Trece años después del nacimiento de Ismael, Abram recibe una nueva revelación: “Soy Yo, he aquí mi parte contigo, y serás padre de multitud de naciones. No se llamará tu nombre más ‘Abram’ sino que tu nombre será ‘Abraham’, pues padre de multitud de naciones te he constituido. Te haré fructificar mucho; te convertiré en naciones y saldrán de ti reyes.

Confirmaré, pues, mi alianza entre Yo y tú, y con tu descendencia después de ti, en la serie de sus generaciones, a modo de alianza eterna, a fin de que sea Yo Elohim tuyo y de tu descendencia después de ti. Daré a ti y después de ti a tu descendencia el país de tus peregrinaciones, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y seré su Elohim para ellos” [33]. Le cambia el nombre para indicar que será “padre de una muchedumbre”, ab-hamôn [34].

Abraham es, desde ahora, una nueva persona. La señal de la alianza será la circuncisión: “Luego dijo Elohim a Abraham: Tú por tu parte, guardarás mi alianza, tú y tu descendencia después de ti: serán circuncidados todos vuestros varones. Os circuncidaréis, pues, la carne del prepucio, lo cual vendrá a ser señal de la alianza entre Yo y vosotros” [35].

La circuncisión no era ajena al ambiente de aquel momento, como sabemos por diversos autores, también bíblicos. Así Jeremías menciona a Egipto, Judá, Idumea, Ammón y Moab, como lugares donde se practica [36]. Entre los griegos, Herodoto nos informa sobre su práctica entre los egipcios y los etíopes, que la enseñaron a los fenicios y sirios [37].

Será frecuente en los escritores cristianos encontrarnos con este tipo de argumentaciones. Baste un pasaje de la epístola del Pseudo Bernabé: “Pero también se circuncidan todos los sirios, los árabes y todos los sacerdotes de los ídolos (...). También los egipcios se circuncidan” [38].

No era desconocida, por tanto; pero se le dio un nuevo sentido: la vinculación a la estirpe de Abraham bendecida por Dios. La bendición de la promesa recae sobre la descendencia carnal; de ahí que el incircunciso fuera considerado un extraño para la comunidad israelítica [39].

Se trataba, seguramente, de un rito de iniciación al matrimonio y a la vida del clan, además de tener una motivación de higiene. Para el autor bíblico, sin embargo, es como una señal en el miembro viril de la pertenencia al pueblo de Abraham. Será un signo de identidad que se verá robustecido con el paso del tiempo, sobre todo después del destierro en Babilonia. Viene a indicar, entre otras cosas, que la alianza de Dios con el hombre no es solo interior, sino también exterior.

En virtud de esta alianza, los varones serían circuncidados al octavo día: “Cuando cuentes ocho días, se circuncidará a todo varón en vuestras generaciones” [40]. Por lo general era el padre quien lo llevaba a cabo, aunque también nos consta que lo hiciera la madre [41].

Conservada por los judíos, los cristianos la rechazarán. Será uno de los elementos fundamentales de distinción desde los orígenes, junto con la observancia del sábado y de los sacrificios. Dos serán las líneas fundamentales de ataque: las referencias continuas a la “circuncisión espiritual” de un lado, y la importancia de la fe de Abraham, previa a la circuncisión, que hemos tratado precedentemente.


c) La circuncisión espiritual.

Con una amplia aparición en los escritos veterotestamentarios, será recordada y puesta de actualidad con un enfoque nuevo por los cristianos. Su rechazo de la circuncisión carnal se debe, fundamentalmente, a la aceptación del nuevo signo -en este caso un Sacramento- de incorporación al Pueblo de Dios, el bautismo. Pero veamos primero, algunos ejemplos del desarrollo de esta “circuncisión espiritual”, en oposición a la circuncisión carnal.

Así el Pseudo Bernabé recuerda un pasaje del deuteronomio y otro de Jeremías: “Circuncidad la dureza de vuestro corazón y no endurezcáis vuestra cerviz [42]. Date cuenta otra vez. He aquí, dice el Señor, que todas las naciones son incircuncisas de prepucio, pero este pueblo es incircunciso de corazón” [43].

Lactancio, en un largo pasaje, enumera cuáles son los ritos fundamentales de la religión judaica.

“En lo que se refiere también a la abolición de la circuncisión, lo profetizó Isaías así: “Esto dice el señor a los hombres de Judá y a los que habitan en Jerusalén: ‘renovaos y no sembréis en cardizales. Circuncidaos para vuestro Dios y circuncidad el prepucio de vuestros corazones, no sea que se derrame como fuego mi ira y no haya quien la apague’” [44].

Y el propio Moisés: “En los últimos días circuncidará Dios tu corazón para que ames al señor tu Dios” [45].

Y también Jesús Navé, sucesor de Moisés: “Y dijo el señor a Jesús: ‘haz cuchillos de piedra muy afilados, siéntate y circuncida a continuación a los hijos de Israel’” [46]. Dijo, pues, que iba a haber una segunda circuncisión, no de la carne, como la primera, todavía practicada por los judíos, sino del corazón y del espíritu, curcuncisión que nos enseñó Cristo, que fue el verdadero Jesús” [47].

Los cristianos son el nuevo Pueblo de Dios, empalmando con los justos del principio. La ley y la circuncisión quedan para un tiempo intermedio.

Así lo razona san Ireneo de Lyón: “Porque no recibe la alianza de la circuncisión sino después de la justificación obtenida por la fe sin la circuncisión, a fin de que fueran prefigurados en él una y otra alianzas y que deviniera padre de todos aquellos que siguieran al Verbo de Dios y soportaran vivir como extraños en este mundo, es decir de todos los creyentes venidos de la circuncisión y de la incircuncisión -como Cristo es la piedra angular que sostiene todas las cosas y que une en la única fe de Abraham a todos aquellos que, viniendo de una u otra alianzas, son aptos para constituir el edificio de Dios-.

Pero la fe sin la circuncisión, porque ella enlaza el final al comienzo, fueron al inicio y a lo último.

Antes de la circuncisión, en efecto, estaba en Abraham y en todos los demás justos que agradaban a Dios, como lo hemos demostrado; en los últimos tiempos, reaparece en la humanidad gracias a la venida del Señor. En cuanto a la circuncisión y a la Ley de las obras, ellas ocupan el tiempo intermedio” [48].

Para Orígenes, “la circuncisión carnal era una figura de la circuncisión espiritual que era justo y conveniente que el ‘Dios de majestad’ diera en precepto a los hombres” [49]. A partir de Cristo, sin embargo, es un precepto caduco, por superado.

Además, ahora, los cristianos son el Pueblo de Dios. Ellos son el Pueblo que Dios prometió a Abraham, extendido por todas las naciones. Lo afirma san Pablo: “Así, Abraham creyó a Dios, y le fue contado como justicia. Por tanto, daos cuenta de que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abraham. La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció de antemano a Abraham: En ti serán bendecidas todas las naciones. Así, pues, los que viven de la fe son bendecidos con el fiel Abraham” [50].

San Justino no deja lugar a dudas: “A nosotros, pues, se nos ha concedido escuchar y entender y ser salvados por medio de Cristo y conocer todo lo del Padre. Por eso les decía: ‘Gran cosa es para ti ser tú llamado hijo mío, levantar las tribus de Jacob y reunir las dispersiones de Israel. Te he puesto por luz de las naciones, para que seas su salvación hasta los confines de la tierra’” [51]. Y prosigue: “Es cierto que vosotros pensáis que esto se refiere a la geora y a los prosélitos; pero en realidad fue dicho para nosotros, los que hemos sido iluminados por Jesús” [52].

Los cristianos como Pueblo de Dios aparecen en Lactancio en diversas ocasiones. Algunas expresiones hunden sus raíces en escritores anteriores, como parece evidente. La diferencia estriba, naturalmente, en el momento en que escribe su obra, durante la persecución iniciada por Diocleciano y Galerio en 303.

Afirma catgórico en el libro V de las Instituciones: “Efectivamente, cuando podía haber concedido a su pueblo riquezas y reinos, como antes lo hizo con los judíos, de los cuales somos sucesores...” [53]. Sucesores de los judíos de un lado. Y más adelante: “Hay otra causa por la cual consiente las persecuciones contra nosotros: que crezca el pueblo de Dios” [54]. Son el populus Dei, el Pueblo de Dios, sucesor de los judíos.

Eusebio de Cesarea desarrolla también este tema extensamente, haciendo a los cristianos sucesores directos de los hebreos [55].

Las promesas que Dios hizo a Abraham se cumplen en los cristianos: “Ahora bien, se puede establecer que esto se ha cumplido en nosotros, porque, efectivamente, Abraham fue justificado por su fe en el Verbo de Dios, el Cristo, que se le había aparecido, y después que hubo dicho adiós a las supersticiones de sus padres y al error de su vida anterior, y luego de confesar un solo Dios, que está sobre todas las cosas, y de honrarlo con obras de virtud, no con las obras de la ley de Moisés, que vino después.

Y siendo tal, a él le fue dicho que todas las tribus de la tierra y todos los pueblos serían bendecidos en él. Pues bien, en los tiempos presentes, esta misma forma de religión de Abraham solamente aparece practicada, con obras más visibles que las palabras, entre los cristianos repartidos por todo el mundo habitado. Por lo tanto, ¿qué podría ya impedirnos reconocer una única e idéntica vida y forma de religión para nosotros, los que procedemos de Cristo, y para aquellos antiguos amigos de Dios?” [56].

Los cristianos empalman directamente con los hebreos. El lapso de la circuncisión, como indicara san Ireneo, es algo intermedio. En la nueva Economía de la Salvación la circuncisión carnal ha sido superada. Existe, desde Jesucristo e instituido por Él, un nuevo medio de incorporación al Pueblo de Dios. Ya no la circuncisión carnal, del prepucio, para solos varones. El bautismo será para todos indistintamente, varones y mujeres.

El Bautismo.
Ya lo había señalado agudamente san Justino: “Además, el hecho de que el sexo femenino no pueda recibir la circuncisión de la carne, prueba que fue dada esa circuncisión por señal y no como obra de justificación. Porque en cuanto a la justicia y virtud de toda especie, Dios quiso que las mujeres tuvieran la misma capacidad que los hombres” [57].

En la Economía de la gracia, que comienza con Jesucristo, se borran una serie de barreras que, en el Mundo Antiguo, parecían inamovibles. Por el bautismo nos hacemos hijos de Dios, no contando más otras cosas. Mayor título no puede existir en ninguno de los ámbitos que un varón o una mujer se desenvuelvan. Es un motivo de igualdad radical que, como con la igualdad creatural, es algo que nivela por la base. Y marca la razón de nuestro ser y existir, con independencia del estado, la profesión, el sexo, la posición social o económica.

De nuevo es san Pablo quien mejor lo expresa: “Pues todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, ya que todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús. Si, pues, vosotros sois de Cristo, sois también descendientes de Abraham, herederos según la promesa” [58].

El linaje de Abraham es la Iglesia y ésta la componen todos los bautizados. “Mas su linaje es la Iglesia, que mediante (el Señor) Dios recibe la adopción de él (=Abraham)” [59]. Dios incorpora como hijos a la familia de Abraham a todos los que por la fe se hacen sus hijos, con independencia de su procedencia, judíos o gentiles, sin distinción de razas [60].

Uno se hace cristiano a través del bautismo. Y todo bautizado, ya no tiene necesidad de circuncidarse. Eso es algo que ha pasado. Es más, si un fiel cristiano se circuncida, está obligado a cumplir todos los preceptos de la Ley, quedando separado de Cristo y de la gracia [61].

Antes de recibir el bautismo, se pasa un período de enseñanza particular, el catecumenado. En él se aprenden un conjunto de prácticas ascéticas y litúrgicas, los fundamentos de la fe cristiana y de la vida moral. No se trata tanto de conocer, sino de “vivir”.

El catecúmeno que no abandona las cosas que resultan incompatibles con la fe cristiana no podrá ser bautizado. Durante los tres primeros siglos, el catecumenado podía durar tranquilamente dos o tres años [62]. Las enseñanzas que recibían eran comunes a varones y mujeres.

Autor: Martín Ibarra Benlloch | Fuente: www.arbil.org


Publicado por mario.web @ 11:44
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