Martes, 13 de diciembre de 2011
¿Qué modelo de televisión queremos?

El programa Tombola, que el nuevo director general de Telemadrid acaba de suprimir de la programación de la cadena autonómica, merece un examen que no se quede sólo en la aprobación demagógica de grandes sectores de consumidores televisivos, ni en un juicio ético basado únicamente en la descripción, por otra parte elemental, de su zafiedad, cutrez y falta de buen gusto. Su altas cuotas de audiencia, lejos de mitigar un juicio serio del programa, nos permite cerciorarnos de que se trata de una de tantas expresiones de un fenómeno en el mundo de la comunicación social que revela algunos de los aspectos más débiles y alienantes de nuestra cultura contemporánea. A mi modo de ver, este y otros programas televisivos nos descubren al menos tres aspectos críticos del actual desarrollo de la sociedad de la información que denuncia el Magisterio de la Iglesia: el florecimiento de modelos efímeros de referencia social, la desprotección de la más elemental ecología humana, y la crisis de la comunicación como servicio público:

En cuanto a los modelos, es perfectamente constatable como en lugar de líderes de la opinión plural de las sociedades, las empresas mediáticas, tanto de iniciativa estatal como social, sobre todo las audiovisuales con penetración social masiva, prefieren generar modelos de usar y tirar según el tiempo y la intensidad convenientes. De este modo, en un contexto de fragmentación cultural, tratan de proporcionar status social de referencia a personajes cuya aportación a la sociedad sea nula, máxima garantía de ausencia de proposiciones, ideas u opciones que fragmenten las audiencias. Juan Pablo II habla de métodos estereotipados de proposición de modelos de conducta social, junto a otros cuya fama sea reflejo de ideas y comportamientos dignos de crédito social, con personajes de lo más variopinto, que secundan las tendencias de frivolidad, despersonalización y consumo de sus promotores. Un comunicólogo como Casseti inscribe este fenómeno en la gramaticalización de la cotidianidad propia de la neotelevisión, por la cual "un comportamiento, aunque extraído de la realidad en sus líneas esenciales, se transforma en etiqueta". Con gran sencillez el Papa advierte esta realidad cuando comenta que "las personas frecuentemente son incitadas a imitar o, al menos, a aceptar la conducta de los famosos; y la fama conseguida por los medios de comunicación puede ser empleada para inspirar bondad y generosidad o para conseguir la aprobación de lo que es egoísta".

En cuanto a que "la raíz misma de toda actividad periodística es el respeto a la dignidad humana", el Papa propone reconocer de ello todas y cada una de sus consecuencias, retando a los comunicadores sociales "a respetar lo que es humano" y que "los seres humanos jamás deben ser despreciados". Si este desprecio además es organizado y comprado, si se convierte en moneda de cambio por la cual las personas pueden vender su dignidad, no sólo ellos sino también los miembros de la administración o de la empresa propietaria del medio, los guionistas y realizadores, los conductores del programa, y todos y cada uno de los receptores envelesados en semejante espectáculo, están poniendo en entredicho su propia dignidad. Todos deberán siempre "resistir al señuelo siempre presente de la ganancia fácil, y rechazar firmemente la participación en producciones que exploten las debilidades humanas, ofendan las conciencias, o hieran la dignidad humana". Especialmente los comunicadores tendrán que vencer las tentaciones que tienen a diario para rebajar este compromiso, que son, además de "la ganancia fácil", la "tentación de ceder a la preocupación exclusiva de aumentar la audiencia y el éxito".

Desde esta concepción del periodismo al servicio de la dignidad humana, y sólo desde ella, tiene sentido para Juan Pablo II la reivindicación del derecho a la intimidad y el deber de los periodistas a respetar este derecho. El criterio para él no es tanto la separación entre vida pública y vida privada, ni tampoco la solución equilibrada en cada situación a un conflicto de valores, el del interés público y el del derecho a la intimidad, sino que el criterio, radical y definitivo, consiste en si se respeta o no se respeta la dignidad humana que comporta el respeto inviolable a su intimidad: "todas las personas son creadas iguales en su dignidad humana y están dotadas por su Creador de inalienables derechos a la vida, a la libertad y a la dignidad humana, comprendido el derecho de conservar la propia intimidad y de no ser explotado en la intimidad de la propia familia". Y una fundamentación de este tipo hace que no se trate sólo de un derecho, sino también de un deber irrenunciable. De este modo, junto a la reivindicación social de la protección de la naturaleza, el Papa reclama una "descontaminación de los medios de comunicación" que no siempre están atentos a "salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana", ese conjunto de condiciones morales -familiares, ambientales, educativas y sociales- determinadas que permiten y favorecen la estructura natural y moral de la que el hombre ha sido dotado, tal y como la describe la encíclica Centesimus Annus.

En cuanto a la crisis de la comunicación como servicio público, ya decía el decreto conciliar Inter Mirifica que "la autoridad pública, que legítimamente se ocupa de la salud de los ciudadanos, está obligada a procurar justa y celosamente, mediante la promulgación de la leyes, que no se sigan graves daños a la moralidad pública y la progreso de la sociedad por el uso depravado de estos medios de comunicación". Juan Pablo II desarrollará esta idea diciendo que "un sector tan decisivo de la sociedad no debe ser, en efecto, abandonado a los juegos de mercado, sino que debe ser oportunamente tutelado". Después del paso que Communio et progressio da sobre Inter Mirifica respecto a la función más bien promocional que de censura de la autoridad civil respecto a la comunicación social, explica concretamente lo que supone este tutelaje la instrucción pastoral Aetatis Novae al constatar que la excesiva censura termina por dañar antes lo inocente que lo dañoso, cuando en muchos casos esta claro que un "mal uso del servicio público puede llevar a la manipulación ideológica y política". La experiencia avala la clásica razón de que dat veniam corvis, vexat censura columbas.

Pero esto no desdice, tal y como se expone en el Catecismo de la Iglesia Católica, que "La autoridad civil tiene en esta materia deberes peculiares en razón del bien común, al que se ordenan estos medios" para "defender y asegurar la verdadera y justa libertad", y para "sancionar la violación de los derechos de cada uno a la reputación y al secreto de la vida privada". Y es que la comunicación social es siempre, independientemente de su titularidad privada o estatal, servicio público. En este sentido, el Papa no sólo reconoce que "incluso los programas orientados principalmente al ocio y al entretenimiento, tienen siempre un impacto sobre los valores morales y espirituales", sino que además asigna a este tipo de programas una función social de gran valor humano: "Los así llamados medios de entretenimiento ofrecen especiales posibilidades de transmitir la esperanza con la narración de vicisitudes que estimulan, a través de modelos que inspiran y de experiencias compartidas que consuelan y confortan".

A título meramente personal, y consciente del riesgo que supone siempre juzgar una actuación concreta y además polémica, creo que, a la luz de este magisterio, la decisión tomada por el señor Giménez-Alemán es muy oportuna, en razón de la dimensión antieducativa del programa Tombola, en razón de la defensa de la "ecología humana", y en razón del carácter público de la televisión, de toda televisión. Y es oportuna no sólo por el bien que redunda en beneficio de los madrileños, sino también en cuanto suscita en la opinión pública un debate tan importante como urgente, el del modelo de comunicación social que tenemos derecho de configurar entre todos.

Manuel María Bru Alonso
Delegado diocesano de Medios de Comunicación Social del Arzobispado de Madrid.


Publicado por mario.web @ 11:47
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