Martes, 13 de diciembre de 2011
Cuando no se puede hacer empresa sin coimear
Cuando no se puede hacer empresa sin coimear
Conocí a un empresario que se desenvolvía en uno de esos ambientes en los que “no se puede hacer empresa sin coimear”. Pero esta situación no le aquietaba la conciencia. Era una persona preocupada por el tema y se autoimpuso una regla. Quiso hacer un distingo. Discernía con gruesas pinceladas entre propinas, regalos y coimas, pero recuerdo en particular una de sus disquisiciones. Decía: es distinto coimear para obtener algo que no me corresponde, a coimear para que me den lo que me corresponde. Sin ser yo un moralista me parece que es válida su reflexión. O al menos es válida su noble preocupación por no dejarse arrastrar por aquel racionamiento tan nuestro: “si todos lo hacen, por qué yo no”.

¿Qué se hace cuando los códigos ocultos e ilícitos de una sociedad, o de una empresa, se transforman en norma aceptada?

Para esta persona no se trataba de una discusión teórica o de la fría aplicación de la casuística. Hacía un esfuerzo verdadero por hacer las cosas bien. A mi juicio, él era un hombre virtuoso.

El hombre y la mujer de empresa son gente de acción. Aman los haceres. Tienen un maravilloso don, que es el don de acometer; de embestir las adversidades y transformarlas en un “buen negocio”.

¿Y la ética? La ética puede parecer un freno a su deseo de acometer. Parecido es lo que ocurre con la religión, en donde sus aspectos normativos conllevan el peligro de desvirtuar completamente el amor del Padre. Una ética precedida por el “no” provoca dos reacciones fatales para la acción humana. O bien se la desdeña por ser “imposible para el mundo moderno”, o bien se sostiene que para permanecer ético más vale no hacer nada. Acometer, como vivir, como relacionarse con otro, lleva implícito el riesgo de caer, de la falta.

Los principios no vuelan por el aire para ser discutidos en el pizarrón o en el bar. Ellos adquieren su espesor y su grandeza cuando se encarnan y se ejercitan en el día a día del hombre común. Siempre he preferido la virtud al valor. Más que hablar de justicia me conmueve el hombre justo. El que logra ser justo en el mundo. Más que hablar de libertad, admiro al hombre libre. Se puede hablar de la libertad hasta el hartazgo, pero cuántos hombres libres conocemos?
La ética es para el hombre de acción. La ética es aquella elección que me permite ser libre, o al menos aspirar a mayores porciones de libertad. Nada da tanta libertad como hacer el bien. (De allí que los santos nos sorprendan por su audacia!).

La ética que descansa en una visión cristiana no debe olvidar que nuestra religión nació “al calor de una joven mujer” -una quinceañera, en realidad - y no de un texto legal. La ética es una guía para personas de carne y hueso. Personas que viven circunstancias mucho más ricas y complejas que las elucubraciones frías del moralista. El papa Juan Pablo II decía que antes que hablar del deber ser debíamos revisar la antropología. El pasado mes de Agosto, mes del padre Hurtado, fue bueno recordar la premisa que él tenía ante los hechos concretos que le tocaba vivir: no se preguntaba acerca de cuál era su deber, si no, “que haría Cristo en mi lugar”. Lo mismo puede preguntarse aquel que vive o trabaja en un ambiente en donde nada se puede hacer sin coimear.

Juan Francisco Lecaros
Presidente del Directorio de la Corporación Simón de Cirene
Colaborador de USEC

Publicado por mario.web @ 13:21
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