Martes, 20 de diciembre de 2011
Corrientes, 15 Dic. 11 (AICA)
Anunciación, de Felipo Leppi

Anunciación, de Felipo Leppi

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, en una “sugerencia” para la homilía correspondiente al cuarto domingo de Adviento (18 de diciembre) se refiere a la Virgen María, a quien pone como modelo “excelente de humildad” y destaca “su clara conciencia de servidora del Señor”.

     “María une a la humildad el silencio, su quieta actitud de contemplativa y su amor materno. Desde el momento de la Anunciación María no abandona el seguimiento de su Hijo; es quien lo adora expresando, en su fidelidad sin fisuras, la humildad extrema de Él”, subraya.

Texto completo de su sugerencia homelética
     Humildad, velo que cubre lo más santo. El domingo pasado hemos reflexionado sobre la humildad del Bautista. Estamos a pocos días de la Navidad. El IVº domingo de Adviento nos sitúa en el centro del Misterio de la Encarnación y en la relación estrecha que existe entre la virtud de la humildad y la “sombra” del Altísimo. Siempre, en el comportamiento constante de Dios, la humildad es el suave velo que “cubre con su sombra” lo más sagrado. La soberbia, en cambio, deja de manifiesto el vacío de muerte causado por el pecado. Aprende el humilde y agota su capacidad de aprender quien no lo es. La debilidad intelectual consiste en creer saberlo todo, o no aceptar como verdad lo que el limitado entendimiento humano no puede clasificar. Lo mismo ocurre en la obra artesanal de la santificación que lleva a cabo el Espíritu Santo.

     María, la más humilde. Si Juan es un modelo excelente de humildad - no obstante: “más que un profeta” y “el hombre más grande nacido de mujer” - María lo es más, con su clara conciencia de “servidora del Señor”, más cercana que nadie a su Hijo divino, descrito así por el Profeta Isaías: “Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento…” “…traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades” (Isaías 53, 3. 5) Ciertamente, por ser el Siervo paciente y humillado está habilitado para salvarnos. Juan se acerca a Él, pero no se le asemeja. La humildad de Juan transparenta la que redime del pecado: la pobreza, hasta el anonadamiento de Jesús, el Cordero de Dios. María une a la humildad el silencio, su quieta actitud de contemplativa y su amor materno. Desde el momento de la Anunciación María no abandona el seguimiento de su Hijo; es quien lo adora expresando, en su fidelidad sin fisuras, la humildad extrema de Él.

           Mirar a María como la ve el Ángel. El poder de Dios, que hace madre a una virgen, sin el concurso natural del varón, tiende un velo, que la Escritura llama “sombra”, indicando la infinita sacralidad del acontecimiento: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el Niño será Santo y será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1, 35-36). La más asociada a lo divino es, por esa razón, la más humilde. Ella misma lo reconoce: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lucas 1, 46-48). Por ser la más humilde puede reconocer las “grandes cosas” que está haciendo en ella el Todopoderoso. Si no miramos a María como la ve el Ángel no entenderemos la divina pobreza del Pesebre y el sentido de la Navidad. Ella, desde otra dimensión también José, reconoce la libertad de Dios y se conmueve ante lo que Él hace en quienes lo aman. María ama a Dios, con toda la pobreza de su espíritu; por eso su respuesta es serena, directa y breve.

          El verdadero gozo de la Navidad. El comportamiento ejemplar de Jesús, también de María y los santos, se constituye en una sucesión de gestos proféticos, dirigidos a orientar el recto compromiso de las personas que intentan hacer las cosas bien. Los cristianos identifican en ellos los valores que deben respetar celosamente. De su cuidado y cultivo depende la verdadera paz y el orden social que la hace posible. El gozo de la Navidad surge de la armonía interior de quienes la celebran. Durante el Adviento que concluye, la Iglesia nos ha ofrecido un espacio litúrgico y ascético adecuado. El sacramento de la Reconciliación restaura eficazmente esa armonía, hecha añicos por el odio y la violencia. Feliz Navidad es el deseo nostálgico de los corazones hambrientos de paz.+
 
 
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Publicado por mario.web @ 17:20
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