Martes, 20 de diciembre de 2011


  En su Primera Carta, San Pedro aconseja a los cristianos "a dar
cuenta de su esperanza a todos los que les pidan razón de la
misma" (3, 15). Las siguientes líneas pueden ayudar al cristiano de
cultura media a dar razón de por qué creen en la Iglesia católica, y a
explicar su organización.

  Fundada por Jesucristo

  Todas las iglesias cristianas, a excepción de la católica, fueron
fundadas por hombres. La historia conoce sus nombres: luteranismo, por
Martín Lutero; calvinismo, Juan Calvino; anglicanismo, Enrique VIII;
adventismo, Guillermo Miller; presbiterianismo, Juan Knox;
anabaptismo, Tomas Muntzer; testigos de Jehová, C. Y. Russell, y mil
otras más. Cuando a los seguidores de esas iglesias se les pregunta
por sus fundadores, dan esos nombres, nunca el de Jesús de Nazaret.

  En cambio, todo católico preguntado por el fundador de la Iglesia
católica, responderá siempre que fue Jesucristo. De hecho, ningún
hombre hasta ahora se ha arrogado el haber fundado el catolicismo que,
por los evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento -e, incluso
por la historia pagana-, sabemos que su único autor fue Él hacia el
año 33 de nuestra era. Antes de derramar voluntariamente su sangre en
la cruz, Jesús escogió 12 hombres (Marcos 3, 13-19), a los cuales les
dio poderes extraordinarios (Lucas 10, 16; Juan 20, 23), y les
encomendó predicar su evangelio por todo el mundo (Mateo 28, 19). Y
pues la misión era ingente, les prometió toda la ayuda necesaria (v.
20).

  Como sabio organizador, nombró a Simón Pedro jefe del grupo con
plenos poderes espirituales para regir la Iglesia (Mateo 16, 19), y
para corregir a sus hermanos en caso necesario (Lucas 22, 32).

  Sucesores de Pedro

  Pues el deseo de Cristo era que su Iglesia durara hasta el final
de los tiempos, necesariamente estuvo en su mente y deseo que San
Pedro tuviera sucesores con los mismos poderes que éste había recibido
de Cristo. Esta sucesión recayó en los obispos de Roma, ciudad en la
que el apóstol había ejercido su ministerio y derramado su sangre por
su querido Maestro. Durante los tres primeros siglos, fueron el clero
y los fieles de Roma los que eligieron a su obispo. A partir del siglo
IV hasta el XI, no sólo los emperadores romanos, sino también los
reyes ostrogodos y carolingios, intervinieron más o menos en la
elección papal. Esta arrogante intromisión secular en los asuntos
puramente eclesiales terminó el año 1059, cuando el papa Nicolás II
decretó que sólo el alto clero de Roma (los cardenales) tenían voz y
voto en la elección papal. Su elección era final.

  En el Concilio de Latrán de 1179, el papa Alejandro III determinó
que todos los cardenales eran elegibles, y que bastaban dos tercios de
los votos presentes para que la elección fuera válida. Gregorio X
(1271-1276) impuso la regla de que los cardenales tenían que recluirse
en el Vaticano para la elección papal, norma que aún sigue vigente.

  Finalmente, Pablo VI (1963-1978) introdujo varios cambios en la
elección y redujo el número de cardenales a 120, de los cuales sólo
los que no hayan cumplido 80 años tienen derecho a votar.

  En la dirección de la Iglesia, el papa es eficazmente ayudado día
a día por su Secretario de Estado, por los Cardenales y por un número
considerable de Dicasterios o Congregaciones (9), Tribunales (3),
Consejos pontificios (12), Oficinas (6), Comisiones y Comités (8), e
Instituciones conectadas con la Santa Sede (8).

  Los Nuncios son los representantes personales del papa ante los
gobernantes de las naciones con las que la Iglesia tiene relaciones
diplomáticas. En las que no las tiene, el papa es representado por un
Delegado apostólico. Ambos trabajan codo a codo con los obispos y las
Conferencias episcopales.

  Cuando el papa lo cree conveniente convoca la asamblea de los
obispos, llamada Sínodo, compuesta por representantes de todas las
regiones del mundo, para fomentar la estrecha unión entre él y los
obispos, y estudiar puntos concretos relativos al mejoramiento de la
vida espiritual de la Iglesia.

  Finalmente, tenemos los concilios, que pueden ser regionales,
nacionales o ecuménicos, exclusivamente convocados éstos por el papa,
para estudiar y deliberar sobre cuestiones doctrinales, pastorales y
disciplinarias. El papa, la Curia y la Diócesis de Roma constituyen lo
que llamamos Santa Sede.

  Los obispos

  Los obispos, actualmente unos 5,000, son considerados como los
sucesores de los apóstoles (Código de Derecho canónico 375). El libro
de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a San Pablo fundando
varias iglesias, que él se cuida de organizar poniendo al frente de
las mismas un obispo (Tito 1, 5-7). Lógicamente, esos obispos gozaban
de la misma autoridad que Cristo había dado a sus apóstoles, pues
tenían las mismas obligaciones, que San Ignacio de Antioquia describe
en las cinco Cartas dirigidas a otros tantos obispos de Asia hacia el
año 115. Según él, el obispo cuida pastoralmente de los fieles de una
determinada ciudad, para lo cual es asistido por un consejo de
presbíteros (sacerdotes) y cierto número de diáconos. Pero no indica
la forma en que se elegían los obispos. Los estudiosos concuerdan, en
general, en que fue en el siglo segundo, y a diferente velocidad,
según las regiones, cuando aparece la figura del obispo como máximo
responsable de una determinada porción del pueblo de Dios, llamada
diócesis, palabra tomada del ordenamiento civil, primero griego y
después, romano. Hoy, todo el mundo donde hay católicos, está dividido
en diócesis que, a su vez, se subdivide en zonas o arciprestazgos,
formados éstos por varias parroquias circunvecinas, al frente de las
cuales hay un delegado del obispo, llamado arcipreste en algunas
naciones (Código de Derecho Canónico 553). En la actualidad, la
elección de los obispos es derecho exclusivo del papa, que lo hace
después de muchas consultas (Código de D. C 377 # 1).

  Los deberes más importantes de los obispos son enseñar, santificar
y gobernar su diócesis, para lo cual, siempre en comunión con el Sumo
Pontífice, y con el resto de los obispos, tiene plenos poderes,
regulados por el Derecho canónico (Canon 375, #2). Le ayudan en sus
quehaceres los Consejos presbiteriales y otros organismos, el más
importante de los cuales es el Sínodo diocesano, que el obispo convoca
cuando lo cree conveniente.

  Los párrocos

  Así como la membresía de las comunidades cristianas aumentaba, los
obispos fueron delegando parte de sus deberes en los presbíteros o
sacerdotes que, con el tiempo, recibieron el nombre de párrocos.
Sujetos por obediencia a sus obispos en la pastoral, los párrocos
rigen una determinada porción de la diócesis en la que están
incardinados, de la cual son principales y directos responsables
(Código de Derecho Canónico, 515, 519). Según las últimas estadísticas
oficiales de la Iglesia, el número de sacerdotes en todo el mundo es
370,425, siendo Italia la nación que más tiene (51,295), seguida de
Estados Unidos (46,477), Polonia (26,931) y España (26,089). Según esa
misma estadística, Puerto Rico tiene 731.

  Los diáconos

  Los diáconos ocupan el último lugar entre los órdenes sagrados. El
libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta su institución, cuyo
fin primario era, al principio, atender las necesidades materiales de
los fieles. San Ignacio de Antioquía habla del diaconado como de un
orden específico, subordinado a los obispos y a los presbíteros, tanto
en la celebración eucarística como en los deberes pastorales. Poco a
poco fueron aumentando sus obligaciones, una de las cuales era estar
al servicio inmediato del papa y de los obispos. Recordemos las
grandes figuras de San Lorenzo, en Roma, y de San Vicente, en Zaragoza
(Espa?a).

  EL Vaticano II (LG 29) restauró el diaconado como grado
permanente, con la posibilidad de conferirlo a los casados. Hoy, los
diáconos pueden hacer todo lo que hacemos los sacerdotes, excepto
celebrar la santa misa, confesar y administrar la santa Unción de los
enfermos.

  Los fieles

  No, no se olvida la Santa Iglesia de su porción más numerosa: los
fieles. Casados, solteros o viudos, los fieles son convocados a
trabajar codo a codo con sus obispos y párrocos (AA 6,8) catequizando,
enseñando en toda clase de escuelas y grupos, administrando los bienes
parroquiales, dirigiendo grupos eclesiales, etc. Más aún, San Pablo
nos anima a todos a ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio agradable a
Dios (Romanos 12, 1).

  Lector querido y respetado: uno de los atributos de nuestra
Iglesia es santa, pues nos ofrece a todos medios eficaces de
santificación. Lo será también en otro sentido si usted y yo y la
mayoría de los fieles nos decidimos seriamente a ser santos de cuerpo
entero. Está a nuestro alcance, pues la gracia de Dios no nos faltará
(Mateo 21, 22; Juan 14, 13).


P. José P. Benabarre Vigo


Publicado por mario.web @ 21:34
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