Martes, 20 de diciembre de 2011

Digna coronación de su vida

Las muchas fiestas o conmemoraciones, litúrgicas o no, en honor de la
Virgen María de Nazaret, Madre de Jesucristo, Dios, tienen un digno
final en la fiesta de hoy: su gloriosa Asunción a los cielos. Fiesta
entrañable, que nos llena de esperanza a nosotros, pobres mortales;
pues si ella -de nuestra raza y sangre- está ya gozando en cuerpo y
alma de la felicidad eterna en el cielo, esperamos -porque lo sabemos-
(Juan 14, 2-3; Mateo 25, 31 ss) que también nosotros estamos
destinados a la misma gloria después del final de los tiempos.

El misterio

Para no perdernos, recordemos las verdades siguientes. Creados a
imagen de Dios, el hombre y la mujer estaban destinados a pasar de la
vida terrena a la eterna sin traumatismos ni dolor. Pero este plan tan
maravilloso quedó desconcertado por el pecado de Adán y Eva (y por los
que cometeríamos sus descendientes). "Dios no creó la muerte," nos
dice la Biblia (Sabiduría 1, 13). Fue "por envidia del diablo que la
muerte entró en el mundo" (Sabiduría 2, 24), añade. Y "como todos
pecaron, todos están privados de la gloria de Dios" (Romanos 3, 23).

Pero Dios Padre, llegada la plenitud de los tiempos, se compadeció de
nosotros, y nos envió a Jesucristo que, con su vida, pasión, muerte y
resurrección, restableció el orden trastocado por el pecado
"entregándose como rescate por todos" (1 Timoteo 2, 5), y
"sacrificándose por nosotros para librarnos de todos los lazos del
pecado" (Tito 2, 14).

Nos libró de la muerte espiritual, pero no de la terrena; y "así está
determinado que todos los hombres mueran una sola vez, y a
continuación, el juicio" (Hebreos 9, 27).

De las consecuencias del pecado -que no cometió- se libró la Virgen
María quien, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo
fue asunta a los cielos, y enaltecida por el Señor como Reina del
universo..." (Vaticano II, Lumen gentium 59).

Esta es nuestra fe; esta es la fe de la Iglesia, que concuerda con la
razón, con todo lo que un buen y omnipotente Hijo puede (¿y debe?)
hacer por su buena Madre. Ese Hijo fue Jesús, Dios, y esa buena Madre,
la Virgen Maria, de Nazaret. ¡Felicidades, Madrecita!

Título materno

"En la Asunción de María aparece la íntima relación entre la
Inmaculada Concepción, la virginidad y la maternidad divina. La
corrupción del cuerpo por la muerte es fruto del pecado original, del
que carece María. De su carne virginal tomó carne el Verbo, Hijo de
Dios, por obra del Espíritu Santo. En cada título o gracia recibidos
por María transparenta la realidad del misterio de Cristo, Hijo de
Dios, hombre, Salvador.

La glorificación de María incluye también su "Realeza", en el sentido
de ser coronada por el hecho de ser Madre de Cristo Rey, asociada a su
obra salvífica, excelsa por la santidad. Es, pues Reina por
maternidad, por asociación y por excelencia. Así la declaró Pío XII en
1954 (enc. Ad coely Reginam).

En todos los títulos de María hay que descubrir su maternidad
espiritual. Su Asunción y Realeza la indican como Madre que ya puede
acompañar realmente a sus hijos y a toda la Iglesia, en el camino
hacia el encuentro definitivo con Cristo, como "la gran señal... la
mujer vestida de sol" (Apocalipsis 12, 1). Así puede entenderse su
"presencia activa y materna" (ver Encíclica Redemptoris Mater 1, 3,
24), puesto que su ser, glorificado en Cristo, ya no está condicionado
al espacio y al tiempo" (Juan Esquerda Bifet, Diccionario de la
Evangelización, BAC, Madrid, 1998) 59.

La Asunción de María y nosotros

Para nosotros, aún retenidos en este mundo, la Asunción de María a los
cielos es un gozo, un apoyo y una esperanza. Es un gozo al ver a
María, nuestra madre espiritual (ver Juan 19, 26-27), ya glorificada y
coronada como reina, por su estrecha relación con Jesús, rey y señor
del universo (Apocalipsis 19, 16).

María es también un apoyo para nosotros, pues sabemos que ella, como
buena madre, intercede por nosotros en el cielo, como lo hizo en la
tierra (ver Juan 2, 3-5).

Finalmente, es una esperanza, porque si ella ha sido ya glorificada,
lo seremos también nosotros si, como ella, servimos bien a Dios, al
prójimo de todo corazón y "aspiramos siempre a las realidades
divinas".

María, Madre de la Iglesia *

966 <<Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda
mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra,
fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por
Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su
Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte>>. La
Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular
en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de
los demás cristianos:

<<En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al
mundo, oh Madre de Dios. Te trasladaste a la vida porque eres Madre de
la Vida, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas>>.

* Catecismo de la Iglesia Católica


Publicado por mario.web @ 22:35
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios