S?bado, 09 de enero de 2010
Aquel joven le preguntó a Jesús: ¿Maestro que he de hacer yo para 
conseguir la vida eterna? y El le contestó: "Si quieres entrar en la 
vida eterna, cumple los Mandamientos" (Mt.19, 16.19). Pero el joven 
insistió. ¿Cuál es el Mandamiento más importante de la Ley?. Jesús 
le respondió: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda 
tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante. 
Pero hay otro semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 
Toda la Ley se fundamenta en estos dos Mandamientos" (Mt.22, 36.38). 
Y esto, me recuerda mi noble y sincera pregunta, a aquel hombre de 
Dios, en una sesión de catequesis para adultos. ¿Cómo es posible amar 
a Dios, al que no vemos, si nos resulta tan difícil, amar a los que 
viven a nuestro alrededor? La respuesta fue tan contundente y 
definitiva, que me hizo reflexionar.
Si no amas a Dios, porque no lo ves, es que tu amor a El es frágil. 
Porque amarle, es seguirle y reconocerlo como creador y salvador. 
Como dueño y señor de todo lo que existe. Como destino de nuestro 
espíritu, para agradecerle, todo lo que ha hecho y hace día a día por 
nosotros.
Es, profesarle libremente nuestro amor en público y en privado. Es, 
pedirle ser el último en todo, y aceptar ser el primero en amarle sin 
peso ni medida.
Amar a Dios, es verlo y sentirlo, no allá lejos, donde brillan las 
estrellas, si no a nuestro lado, caminando por nuestras mismas calles.
Amarle, es contemplar todos los tesoros de bondad y ternura, que nos 
ha dejado, y cumplir su nuevo Mandamiento: "Que os améis los unos a 
los otros como yo os he amado" (Jn.15-12).
No sé, pero me parece a mí, después de escuchar al catequista, que el 
amor a Dios, se refleja en esa lección de pequeños detalles que la 
vida diaria nos enseña. 
Y es amar a Dios, cumpliendo con el primer Mandamiento, amando a los
inmigrantes, que desesperados por diversas causas, abandonan sus 
pueblos y no encuentran acomodo entre nosotros. Y comprendiendo a los 
que sufren pérdida de libertad, siendo inocentes o presuntos 
culpables. Amando y respetando a los desvalidos o indigentes; a los 
que nos importunan en el tráfico diario, y a los que nos superan en 
el mundo laboral.
Y es amar a Dios, amando, a los que nos atienden en los hospitales, a 
veces, salvando nuestras propias vidas. Y visitando a nuestros 
mayores, que en residencias o en sus propios hogares, se encuentran 
abandonados, consumiendo sus últimos días en esta vida. Y consolando
a los que sufren el azote de la enfermedad incurable y esperan en la 
soledad de cualquier centro sanitario.
También se ama a Dios, no volviendo la cara hacia esos africanos –en 
su mayoría jóvenes- que viven en la frontera entre Uganda y Kenia, 
sufriendo una gran epidemia de sida y tuberculosis y que nos gritan 
sin esperanza, que quieren vivir, pero no tienen comida para 
alimentarse ni medicamentos que les evite ese holocausto.
Y se puede amar a Dios, convenciendo a los que piensan 
equivocadamente que por envejecer dejan de amar, sin saber que, por 
dejar de amar, empiezan a envejecer y hablando con aquellos que 
amamos y sin embargo no nos atrevemos a decírselo. Y, ayudando a los 
niños explotados, marginados, incipientes delincuentes que buscan en 
los basureros, la comida que nosotros desechamos.
Amar a Dios es amando al Padre Vicente Ferrer, misionero, que lo 
abandonó todo por amor a los que sufren en la India, donde desarrolla 
una labor inmensa. O, reflejándonos en el espejo de Monseñor Romero, 
que en pleno siglo XX, dio su vida por amor a Dios y a los hombres.
Y entendiendo a los misioneros, que dejando sus países, familias y 
comodidades, se marcharon lejos por amor a los que los necesitan, 
regalándoles hasta su propia vida.
Igualmente, se ama a Dios, amando y perdonando a los incrédulos y no 
creyentes, porque tal vez, por nuestros raquíticos ejemplos en la 
vida espiritual, moral y social, hayamos sido culpables de su falta 
de amor y conocimiento de Dios.
Por todo ello y mucho más, estoy plenamente convencido, que 
efectivamente "algo escrito hace más de dos mil años", tiene 
perfecta vigencia en nuestros días.

Tags: primer, mandamiento

Publicado por mario.web @ 11:37
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