Jueves, 14 de enero de 2010
Fr.Eusebio Gómez Navarro O.C.D
 
   Cuenta una historia de la tradición sufí, que al regresar a casa un valiente guerrero, se encontró que su esposa había fallecido. Abatido por el dolor pidió un consejo a Mahoma, para que su esposa no fuera olvidada.
   Construye un pozo en el desierto, dijo el profeta. Así todas las caravanas que se beneficien de él darán gracias a Dios por clamar la sed en sus frescas aguas, y por tu amada esposa.
 
************ ********* *********
 
   "Dando, recibiremos" y "somos consolados cuando buscamos consolar" decía San Francisco de Asís.
   Jesús dio la vida por nosotros y es fuente de consuelo para todo el que sufre.
   "Pilato, queriendo complacer a la gente, entregó a Jesús para que fuera crucificado" (Mc 15.15). El justo, el inocente, el que todo lo hizo bien, es condenado a muerte. El que venía para salvar a su pueblo, éste lo condena y le arranca la vida sin piedad. Hoy también sigue condenando a muchos inocentes.
   "Tomaros, pues, a Jesús, y Él, cargando con su cruz salió hacia el lugar llamado el Calvario" (Jn 19.16-17).
   La cruz era el cáliz que Jesús n quería beber, era un tormento propio de los esclavos y malhechores, indigno de una persona que hiciera bien. En esa cruz ve Jesús la voluntad del Padre. Sufriendo en la cruz aprendió a amar y a través de su amor nos salvó. Desde entonces todas las cruces pueden santificarnos, salvarnos.
   La vida pesa como una cruz. Nuestras cruces abundan: convivencia, paro, enfermedad, desamor. Ninguna cruz es buena, pero si se pone junto a la cruz de Cristo y pedimos que Él nos acompañe, nuestra cruz se convertirá en fuente de salvación y de gracia.
   Jesús muere en la cruz. Cristo muero por amor. "Me amó y se entregó por mí" (Gal, 2,10). Y "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15.13).
   Jesús con su ejemplo nos invita a cargar con la cruz de cada día, a no huir del peso de nuestra responsabilidad, a no tener miedo de las opciones hechas, a aceptar las dificultades de nuestra convivencia y la pobreza. La cruz que fue considerada como objeto de escarnio por los romanos, de idiotez por los griegos y de escándalo por los judíos, es sabiduría y fuerza de Dios para el cristiano.
   Así rezaba una leprosa: "Tú, Señor, has venido, me lo has pedido todo y yo te lo he entregado. Me gustaba leer y ahora estoy ciega. Me gustaba pasear pro el bosque y ahora mis piernas están paralizadas. Me gustaba recoger flores, bajo el sol de primavera, y ahora ya no tengo manos. Mira, Señor, como ha quedado mi cuerpo, antaño tan agraciado. Pero no me rebelo.
   Te doy gracias. Te daré gracias por toda la eternidad, porque si muero esta noche, sé que mi vida ha sido maravillosamente plena".
Fr.Eusebio Gómez Navarro O.C.D

 


   Cuenta una historia de la tradición sufí, que al regresar a casa un valiente guerrero, se encontró que su esposa había fallecido. Abatido por el dolor pidió un consejo a Mahoma, para que su esposa no fuera olvidada.


   Construye un pozo en el desierto, dijo el profeta. Así todas las caravanas que se beneficien de él darán gracias a Dios por clamar la sed en sus frescas aguas, y por tu amada esposa.

 

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   "Dando, recibiremos" y "somos consolados cuando buscamos consolar" decía San Francisco de Asís.


   Jesús dio la vida por nosotros y es fuente de consuelo para todo el que sufre.


   "Pilato, queriendo complacer a la gente, entregó a Jesús para que fuera crucificado" (Mc 15.15). El justo, el inocente, el que todo lo hizo bien, es condenado a muerte. El que venía para salvar a su pueblo, éste lo condena y le arranca la vida sin piedad. Hoy también sigue condenando a muchos inocentes.


   "Tomaros, pues, a Jesús, y Él, cargando con su cruz salió hacia el lugar llamado el Calvario" (Jn 19.16-17).


   La cruz era el cáliz que Jesús n quería beber, era un tormento propio de los esclavos y malhechores, indigno de una persona que hiciera bien. En esa cruz ve Jesús la voluntad del Padre. Sufriendo en la cruz aprendió a amar y a través de su amor nos salvó. Desde entonces todas las cruces pueden santificarnos, salvarnos.


   La vida pesa como una cruz. Nuestras cruces abundan: convivencia, paro, enfermedad, desamor. Ninguna cruz es buena, pero si se pone junto a la cruz de Cristo y pedimos que Él nos acompañe, nuestra cruz se convertirá en fuente de salvación y de gracia.


   Jesús muere en la cruz. Cristo muero por amor. "Me amó y se entregó por mí" (Gal, 2,10). Y "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15.13).


   Jesús con su ejemplo nos invita a cargar con la cruz de cada día, a no huir del peso de nuestra responsabilidad, a no tener miedo de las opciones hechas, a aceptar las dificultades de nuestra convivencia y la pobreza. La cruz que fue considerada como objeto de escarnio por los romanos, de idiotez por los griegos y de escándalo por los judíos, es sabiduría y fuerza de Dios para el cristiano.


   Así rezaba una leprosa: "Tú, Señor, has venido, me lo has pedido todo y yo te lo he entregado. Me gustaba leer y ahora estoy ciega. Me gustaba pasear pro el bosque y ahora mis piernas están paralizadas. Me gustaba recoger flores, bajo el sol de primavera, y ahora ya no tengo manos. Mira, Señor, como ha quedado mi cuerpo, antaño tan agraciado. Pero no me rebelo.


   Te doy gracias. Te daré gracias por toda la eternidad, porque si muero esta noche, sé que mi vida ha sido maravillosamente plena".

Tags: recibir, reflexión

Publicado por mario.web @ 19:48
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