Lunes, 18 de enero de 2010
Cada día la gente se preocupa más por la salud. Se mide
la tensión, se hace analíticas y chequeos y se informa sobre las
sustancias, contaminantes y virus que le pueden afectar físicamente.
La obsesión por los virus ha llegado incluso a la informática y
las comunicaciones. Hoy no se da un paso en el progreso sin que a este
le salga un grano, el otro lado negativo de ese crecimiento. Virus o
contrapartidas tienen el automóvil, el aire acondicionado, la
calefacción, el teléfono móvil, las fábricas, la
televisión, la antenas e incluso las hasta hace poco inocentes carne
y verduras. Por no hablar de los temidos transgénicos y futuros
humanoides creados en laboratorio, si Dios no lo remedia.

Sin embargo hay una clase de virus de los que casi nadie se
preocupa. Flotan en el ambiente sin darnos cuenta; entran en nuestra
familia, nuestras costumbres, lo más íntimo de nuestra
personalidad. Se cuelan con el periódico, la radio, el cine, la
televisión, la valla publicitaria de la esquina. Incluso en la forma
de hablar de la gente en la calle y en las directrices de las grandes
multinacionales. Cambian nuestros hábitos de vida y pueden
fulminarnos como seres cabalmente humanos en un santiamén. Son los
virus mentales.

Lo más peligroso de estos virus es que toman formas
agradables, de sentido común, prosperidad y hasta consejos de
personas respetables, mientras nos inoculan su peligroso veneno sin que
nos apercibamos de ello. Por ejemplo, entre los jóvenes se expande
más y más el virus de las marcas. Si no llevas ropa firmada, no
eres nadie. O el virus de la fama. Ser famoso es "lo más",
cueste lo que cueste. Incluso si para ello hay que pisar a los
semejantes y hasta matar, si llega el caso.

Otros virus que contaminan nuestro espacio mental son los del
sentimiento de culpa ecológico, la belleza física y delgadez por
encima de todo, el miedo al futuro, la incomunicació n
supercomunicada, la necesidad de resolver los conflictos violentamente,
la adoración al dinero, el consumismo frenético, la sexualidad
vacía de contenido, las drogas blandas y duras, la incultura de la
imagen, la videojuegomaní a, la fugacidad de las relaciones, la
música convertida en ruido, el racismo y la xenofobia, el
neobelicismo, el pensamiento único económico, la discriminació n
por el poder adquisitivo y mil más.

Lo malo de estos virus mentales es que se instalan en nuestro sistema
como lo más natural del mundo. ¿Qué daño pueden hacer las
ideas?, se dice la gente. No se dan cuenta de que las "malas
ideas" tienden a convertirse incluso en daños físicos y
enfermedades. Y mientras nos compramos rápidamente un antivirus para
el ordenador o la gente se preocupa hoy obsesivamente por los malos
efectos del tabaco, nadie vende por ahí caretas antigases para el
alma.

Sonrisa
Los sabios de todos los tiempos presentan un camino muy eficaz,
que consiste en despertar por dentro. Son las personas dormidas o
narcotizadas por la sociedad actual las que no tienen defensa contra los
virus mentales. El que está alerta, el que ha visto mínimamente
claro, no se deja engañar cuando, por ejemplo, le presentan una
anoréxica como modelo de belleza femenina; le inoculan la tesis de
que en las guerras está muy claro quienes son los buenos y quienes
los malos, o les aseguran que los inmigrantes del Magreb son chusma de
delincuentes que lo que vienen es a quitarnos el pan.

El viejo eslogan que figuraba en el frontispicio del templo del
oráculo de Delfos sigue siendo válido hoy día: "Conócete
a ti mismo". Profundizar en nuestra propia verdad, porque en el
fondo de nosotros estamos bien hechos, es el mejor modo de protegernos
de los agentes externos negativos. Hoy más que nunca debemos
servirnos del silencio contra el ruido, de la armonía contra el caos,
de la alegría interior frente a la contaminación de tristeza, de
la cultura frente a la vulgaridad, el amor y la paz frente al odio y
la violencia. Y para ello es excelente la meditación de cerrar los
ojos y unificarse por dentro.

Se diría que sobre nuestras cabezas flotan dos nubes
vibratorias: una negra de bajo nivel, con todos los pensamientos
negativos, tristes y derrotistas que mueven a la depresión, el
crimen, la amargura; y otra nube blanca que condensa todas las alegres
ideas positivas de la buena y sencilla gente de este mundo, que suele
engendrar pensamientos de amor y esperanza. En cierto modo es
responsabilidad nuestra saber conectarnos con una u otra.

Tags: virus, mental

Publicado por mario.web @ 14:07
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