Lunes, 18 de enero de 2010
Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf)

Todos nosotros nos esforzamos en proyectar una determinada imagen de
nosotros mismos. Sin contar el esfuerzo, sin contar el costo oculto,
cuando entramos a nuestro lugar de trabajo o a nuestro círculo de
amigos queremos proyectar una imagen de tranquilidad, elegancia,
desenvoltura y de logro fácil: de modo especial, nunca queremos
proyectar o mostrar signos de debilidad, de estar necesitados o de
sentirnos solos, de estar irritados y faltos de perfecto control.

[4] Nuestra sociedad tiene un nombre para eso: ser "frío", y muchos
de nosotros intentamos conscientemente proyectar eso precisamente. Desde
la indumentaria que vestimos, hasta nuestra elección de gafas de sol
o hasta nuestra pública compostura, ensayada con cuidado y esmero,
nos presentamos en público tratando de decir: "Miradme. Yo tengo
éxito, tengo salud, soy atractivo, me siento bien y a gusto, no estoy
solo, no tengo grandes ansiedades en mi vida, soy feliz, mi vida no
consiste en una gran lucha, todos mis problemas son manejables, mi vida
no se tambalea al borde de nada y no tengo que hacer ningún esfuerzo
para lograr todo esto. ¡Lo consigo con facilidad!"

Y eso tiene su mérito. Las actitudes contrarias serían:
exhibicionismo moral e histeria. Se supone que debemos estar en control
de nuestras vidas, que no debemos imponer injustamente sobre otros
nuestra actitud de necesitados, y que debemos comportarnos de tal forma
que irradiemos salud.

Sin embargo, por mucho que admiremos este tipo de fuerza y por mucho que
nos guste proyectarla en nuestras propias vidas, la calma y compostura
habituales pueden ser también signo de inmadurez, de falta de
sensibilidad y hondura. Una de las señales de madurez y de
compasión es la incapacidad de protegerse a sí mismo de ciertas
clases de dolor, precisamente la incapacidad para conservarse siempre
frío y compuesto.

¿Por qué? Porque, por definición, la sensibilidad y la
empatía nos vuelven vulnerables al dolor, a la soledad, y a una
cierta debilidad y desamparo. Cuanto más sensibles seamos, menos
"fríos" vamos a ser. Caminar con indiferencia y frialdad junto al
sufrimiento y al quebranto humano y sentirlo tan poquito que nuestras
vidas nunca se sienten molestas por ello, no es señal de madurez y de
hondura. Pudiera parecer que las personas insensibles duermen más
tranquilamente por la noche, ya que no sienten grandes ansiedades,
especialmente sobre cómo hayan afectado sus acciones a alguien
más.

El erudito jesuita americano, Michael Buckley, explica bien esto en un
ensayo famoso ya: Él compara a Jesús con Sócrates por lo que
respecta a la simple excelencia humana y -sorprendente para el
observador ingenuo- parece que Jesús, de muchas maneras, no está
a la altura de Sócrates.

Buckley nos lo explica así: Sócrates fue a su muerte con calma y
compostura. Aceptó el juicio del tribunal, disertó sobre las
alternativas sugeridas por la muerte y sobre las indicaciones
dialécticas de la inmortalidad, no halló motivo para el miedo,
bebió la cicuta, y murió. Jesús – totalmente lo contrario.
Jesús estaba casi histérico por el terror y el miedo; "con fuertes
gritos y con lágrimas oró a aquél que podía salvarle de la
muerte". Buscó repetidamente el consuelo de sus amigos, los
apóstoles, y rogó desgarradamente para poderse escapar de la
muerte; pero no logró encontrar ni consuelo ni escape.

En otro tiempo pensé que esto era así porque Sócrates y
Jesús sufrieron diferentes muertes, la una mucho más terrible que
la otra, con el dolor y agonía de la cruz de Jesús eclipsando el
alivio de la cicuta de Sócrates. Pero ahora pienso que esta
explicación, aunque corre correctamente, es superficial y secundaria.
Ahora creo que Jesús fue un hombre más hondamente débil que
Sócrates, más susceptible al dolor físico y a la fatiga, más
sensible al rechazo y al desprecio humanos, más afectado por el amor
y el odio. Sócrates nunca lloró sobre Atenas. Sócrates nunca
expresó pesar o dolor sobre la traición de sus amigos. Era
ponderado e íntegro, nunca excesivamente abierto, convencido de que
la persona justa nunca podría sufrir auténtica ofensa. Y por esta
razón Sócrates -uno de los hombres más grandes y más
heroicos que jamás hayan existido, paradigma de lo que la humanidad
puede lograr en lo individual- era filósofo. Y por la misma
razón, Jesús de Nazaret era sacerdote – ambiguo, sufriente,
misterioso y salvífico.

San Juan de la Cruz, en su clásico manual, "La Subida al Monte
Carmelo", establece una serie de pasos para entrar con mayor profundidad
en el discipulado cristiano. El primer paso es conocer a Cristo más
profundamente, reflexionando sobre su vida. El segundo paso es comenzar
a imitar más activamente a Cristo esforzándose con mayor
deliberación en imitar sus motivaciones. Y, una vez hecho esto,
juzgamos si nuestros esfuerzos nos están conduciendo con mayor
profundidad al discipulado o con mayor hondura al auto-engaño, entre
otras cosas, por este criterio: ¿Está comenzando a fluir más
sufrimiento en nuestras vidas o somos más hábiles que nunca 
protegiéndonos contra ello? Como Jesús, ¿estamos ahora
inclinados a llorar sobre Jerusalén, más que, por el contrario, a
mostrar a Jerusalén justamente lo lejos que realmente nos remontamos
por encima de sus sufrimientos? ¿Somos ahora más vulnerables o
más fríos e impasibles?

Tags: Madurez, frío, vulnerable

Publicado por mario.web @ 14:55
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