Mi?rcoles, 03 de febrero de 2010
Al acabar el funeral de Martin Luther King, uno de los periodistas que
cubrían el acontecimiento se paró para conversar con un anciano
que se encontraba en las inmediaciones del cementerio. El reportero le
preguntó: "¿Qué significaba este hombre para usted? ¿Por
qué era tan especial para usted?" El anciano, sin poder contener las
lágrimas, respondió sencillamente: "Era un gran hombre, porque fue
fiel. Él creyó en nosotros, cuando nosotros habíamos dejado de
creer en nosotros mismos. Permaneció con nosotros, aun cuando
nosotros no éramos dignos de ello!"

Éste es un testimonio de una vida bien-vivida. Si en tu funeral

alguien dice eso de ti, entonces has vivido bien tu vida, aunque muchas
veces las cosas no hayan marchado bien. Lo que este anciano describe con
tanta precisión en su testimonio sobre Martin Luther King es lo que
significa la palabra fe. Estar lleno de fe significa precisamente ser
fiel. Y eso es más que un juego de palabras. (En inglés, más
claro).

[4] Al fin, la fe no es simplemente el sentimiento, bueno y firme, de

que Dios existe. La fe es un compromiso, una entrega a una forma de
vivir, por encima de buenos y sólidos sentimientos. Tener fe
significa vivir a veces nuestras vidas independientemente de cualquier
sentimiento que podamos experimentar. En el fondo, la fe no está en
la cabeza o en el corazón, sino en la acción de una entrega
permanente. Fe es fidelidad; nada más, pero también nada menos.

Y, quizás más que cualquier otra cosa, ese es el don tan necesario

hoy en nuestras familias, en nuestras iglesias y en nuestro mundo en
general. El mejor regalo que podemos ofrecer a los que nos rodean es la
promesa de fidelidad, la simple promesa de permanecer ahí al lado, de
no abandonar cuando las cosas se tornan difíciles, de no retirarnos o
alejarnos porque nos sentimos decepcionados o heridos, de permanecer
ahí aun cuando no nos sintamos queridos o valorados, de mantenernos
ahí aun cuando nuestra visión y nuestras personalidades choquen,
de estar a las duras y a las maduras, pase lo que pase, contra viento y
marea.

Lo que ocurre con demasiada frecuencia es que, en nuestros compromisos,

nos chantajeamos sutilmente unos a otros: Nos comprometemos en la
familia, en la iglesia, en la comunidad y en la amistad, pero con esta
tácita condición: Permaneceré contigo mientras no me
decepciones o hieras seriamente. Pero si lo haces, me iré, te
dejaré plantado.

Con esta premisa, no hay familia, amistad, iglesia o comunidad que pueda

sobrevivir, porque es sencillamente imposible vivir y trabajar juntos,
durante cualquier espacio de tiempo, sin decepcionarse o herirse
seriamente unos a otros.

En cualquier relación -matrimonio, familia, amistad, comunidad

eclesial o relación como colegas en un lugar de trabajo- nunca
podemos prometer que no desilusionaremos a los otros, que nunca
echaremos a perder la relación, que nuestras personalidades no
chocarán y que no ofenderemos nunca a los otros por falta de
sensibilidad, por egoísmo y debilidad. No podemos prometer que
seremos siempre buenos. ¡Sólo podemos prometer que estaremos
siempre ahí, que no abandonaremos!
Y, al fin, esa promesa es más que suficiente, porque si permanecemos
ahí y no nos hacemos chantaje el uno al otro abandonando cuando
ocurre la desilusión y la ofensa, entonces las decepciones y las
heridas se pueden tratar y redimir con una fe y un amor que
permanecerán durante un largo recorrido. Cuando hay fidelidad en una
relación, las heridas y malentendidos se lavan y limpian con el
tiempo, e incluso la amargura puede trocarse en amor.

Hay muchos hombres y mujeres que, al celebrar el aniversario del

matrimonio o el compromiso de vida consagrada, el sacerdocio, la
amistad, o el trabajo en un determinado empleo, vuelven la vista
atrás y ya no sienten las incontables heridas, rechazos,
incomprensiones y momentos amargos, que formaban también parte de esa
aventura. Esos episodios han quedado purificados y limpios por algo
más profundo que ha ido creciendo gracias a la fidelidad, es decir la
confianza y el respeto.

A veces observas esto,
maravillosamente, en el respeto mutuo y
esforzado, desarrollado con el tiempo, entre dos personas que, aun
siendo las dos sinceras y comprometidas, se pelean durante años a
causa de las diferencias en personalidad, política, religión o
historia. El simple hecho de tener que tratarse y lidiarse mutuamente
durante tantos años, les lleva por fin a un rico entendimiento y
respeto mutuos, por encima de las diferencias.

Lo mismo ocurre en la oración. Todos los grandes escritores

espirituales dan solamente una regla fundamental para la oración; y
esa regla no tiene nada que ver con método, estilo o contenido de la
misma oración. Sencillamente se trata de esto: ¡Acude a la cita!
¡No te rindas nunca ni te des por vencido! ¡No dejes de ir a orar!
Mientras perseveres acudiendo a la oración, finalmente Dios se
abrirá paso. ¡No dejes de intentar! Y eso es válido para todas
las relaciones.

El mayor y mejor don que tenemos que dar es la promesa de fidelidad, la

promesa de que seguiremos intentándolo, de que no nos vamos a retirar
o escapar, sin más, porque nos hirieron o porque sentimos que no
éramos queridos o valorados adecuadamente.

Todos somos débiles, estamos heridos, somos pecadores y nos sentimos

ofendidos fácilmente. En nuestros matrimonios, familias, iglesias,
amistades y lugares de trabajo, no podemos prometer que no vamos a
decepcionarnos unos a otros y, todavía peor, que no vamos a
ofendernos. Pero podemos prometer que no vamos a abandonar, ni nos vamos
a escapar, a causa de la decepción o de la ofensa.
Eso es todo lo que podemos prometer – ¡y con eso basta!

Tags: fidelidad, mejor, regalo, otros

Publicado por mario.web @ 21:38
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Comentarios
Publicado por Invitado
Lunes, 17 de enero de 2011 | 16:56

Agradezco mucho este tema, me fue muy útil. Bendiciones

Publicado por mario.web
Martes, 15 de febrero de 2011 | 9:04

GRACIAS POR TU VISITA! Gestos con las manos