Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Décima parte del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

 

 

 A pesar de reconocer que la Iglesia, compuesta por seres humanos imperfectos, ha tenido muchos puntos negativos y sombríos, también debemos recordar, con humildad y verdad, tantos aspectos luminosos de su historia: la Iglesia de los mártires, que resistieron a los poderosos; la Iglesia de los santos, que vivieron el evangelio de manera heroica; los grandes testigos de la fe en nuestro tiempo; las obras de caridad que la Iglesia ha llevado a cabo en todas las épocas y que hoy sigue realizando, sobre todo, al servicio de los pobres del tercer mundo; la contribución de la Iglesia a la paz, tanto en el pasado como en la actualidad; su contribución al reconocimiento de la dignidad de la persona, de la dignidad de la mujer y de la libertad de conciencia. Prescindamos por un momento de la Iglesia en la historia del mundo y preguntémonos qué es lo que quedaría y qué aspecto tendría. Pero, sobre todo, la Iglesia ha guardado hasta hoy el recuerdo de Jesucristo. Sin ella, no habría Evangelio ni S. Escritura; sin ella, nada sabríamos de Jesucristo ni de la esperanza que El nos ha traído. Ella ha llevado a todos los pueblos del mundo el mensaje salvador de Jesucristo.

 

Recordemos aquí la labor cultural inmensa realizada por los monjes ante la invasión de los bárbaros en Europa. Los benedictinos, sobre todo, conservaron y transcribieron antiguos códices, guardándolos de la destrucción, conservando de este modo la cultura grecorromana para las generaciones posteriores. La mayor parte de los sabios de la Edad Media fueron eclesiásticos. Las primeras universidades fueron creadas por la Iglesia. En el siglo XIV, de 44 universidades europeas, 31 eran de fundación pontificia. En el Perú fue fundada la primera universidad del continente americano, en los claustros del convento de Sto. Domingo el año 1551.

 

En el concilio de Trento se estableció que todas las catedrales tuvieran su escuela catedralicia y en el Perú en 1583, en el tercer concilio limense, se estableció que todos los párrocos tuvieran a su cargo escuelas parroquiales. Esta preocupación de la Iglesia por la cultura sigue hasta el día de hoy a través de colegios y universidades. Y esto mismo podemos decir también respecto a los hospitales y obras de caridad. Los primeros hospitales fueron fundados también a la sombra de catedrales o parroquias, bajo el auspicio de la Iglesia.

 

Sin la Iglesia, la historia de la humanidad hubiera sido muy diferente y lo mismo podemos decir de nuestra propia historia personal. Por eso, decir: Jesús, sí; Iglesia, no, es olvidarse de que Jesús nos da su gracia, su perdón y su amor por medio de la Iglesia, de sus estructuras y personas, aunque sean imperfectas. Y “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por Ella” (Ef 5,25)

 

Amor a la Iglesia

 

Carlo Carretto en su libro “Mañana será mejor” escribe así:

 

Oh Iglesia, cuán contestable me resultas y, sin embargo, cuanto te amo. Querría ver desaparecer muchas cosas en ti y, a pesar de todo, te necesito. Me has dado muchos escándalos y, sin embargo, me has hecho entender la santidad He visto en ti muchas cosas falsas, pero nada he tocado más puro y bello. Cuántas veces he sentido la tentación de separarme de ti y cuántas veces también he deseado morir entre tus brazos. No puedo liberarme de ti. Además ¿a dónde iría? ¿a construir otra? Pero no podría construirla sin los mismos defectos, porque llevo dentro los míos. Y, si la construyera, sería mi Iglesia y no la de Cristo.

 

La credibilidad de la Iglesia no se basa en los hombres que la componen, sino en Cristo y en su promesa de que nunca las puertas del infierno prevalecerán contra ella. La Iglesia es un misterio de Dios, verdadero e impenetrable a la vez. Tiene el poder de darme la santidad y, sin embargo, desde el primero hasta el último de sus miembros son pecadores. Tiene el poder omnipotente e invencible de celebrar el misterio eucarístico y está formada de hombres que se debaten en la oscuridad y la tentación de todos los días.

 

Habla de pobreza evangélica, de seguir a Cristo y muchos de sus miembros buscan el poder y la riqueza al margen de Dios. En la Iglesia se entremezclan lo natural y lo sobrenatural, la santidad y el pecado, la credibilidad y la incredibilidad, lo humano y lo divino.

 

Cuando era joven, no entendía por qué Jesús había elegido a Pedro, pese a sus negaciones, para hacerlo jefe de la Iglesia. Ahora, con los años, ya no me sorprendo que haya querido construir su Iglesia sobre la tumba de un traidor, de un hombre que se asustaba ante las palabras de una sirvienta. Ahora, entiendo que eso es una llamada a mantener en nosotros la humildad y la conciencia de nuestra propia fragilidad.  No juzguéis y no seréis juzgados.

 

No veas a la Iglesia como algo externo a ti. Tú eres Iglesia. No está mal protestar contra la Iglesia, cuando se la ama. Lo malo es criticarla, poniéndose fuera, como si fuéramos puros y santos. Por eso, no me salgo de la Iglesia a pesar de sus defectos humanos. La Iglesia está edificada sobre piedras débiles, pero ¿qué importan las piedras? Lo importante es la promesa de Cristo de que nunca fallará. El cemento que une a estas piedras es el Espíritu Santo que le da unidad. Solamente el Espíritu Santo es capaz de hacer la Iglesia con piedras mal talladas como somos nosotros. Sólo el Espíritu Santo puede mantenernos unidos a pesar de nuestro orgullo y egoísmo.

 

Los motivos para creer en la Iglesia no son las virtudes de los Pontífices, de los obispos o de los sacerdotes. La credibilidad está en el hecho de que, no obstante los dos mil años de pecados cometidos por su personal, ella ha conservado íntegra la fe y esta mañana he visto a un sacerdote celebrar la misa y decir “Esto es mi cuerpo” y he creído en la promesa de Jesús y en que el pan que me daba en la comunión era el mismo Cuerpo de Jesucristo.

 

Esta masa de bien y de mal, de grandeza y de miseria, de santidad y de pecado, que es la iglesia, en el fondo soy yo. Por eso, si alguna vez he criticado a la Iglesia, en el fondo me he criticado a mí mismo. ¿Con qué derecho la critico? ¿Acaso no tendría ella más razones que yo para avergonzarse de mí, que me creo santo?


Tags: libro, católico, labor, Iglesia, mundo

Publicado por mario.web @ 8:35
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