Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

 

Parte 14 del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

 

 

 

Decía S. Juan Ma. Vianney: “Si comprendiésemos bien lo que es el sacerdote, moriríamos, no de pavor sino de amor”. El sacerdote es el hombre para los demás, el que debe estar siempre disponible, como un verdadero Padre. El hombre de Dios. El servidor que debe estar dispuesto a morir por la salvación de sus ovejas. Así lo hizo S. Maximiliano Kolbe, que quiso salvar la vida de un padre de familia condenado a muerte. Al preguntársele el porqué, respondió: Soy sacerdote.

 

El sacerdote es un ministro de Dios y de la Iglesia, sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Es representante de Cristo en el mundo y debe actuar siempre en su Nombre. Es pastor y guía del pueblo de Dios. Su vida y su tiempo no le pertenecen. Por eso, debe ser un hombre de oración, estudio y sacrificio en favor de los demás. En cierto modo, es responsable de toda la humanidad, pues Dios le encomienda a todos los hombres como a sus hijos, a quienes debe llevar en el corazón y ofrecer con Jesús al Padre en cada Eucaristía.

 

El sacerdote es un hombre universal, “para todos” sin excepción. Es maestro de la Palabra de Dios e instrumento de reconciliación y de paz. Su vida debe centrarse y culminar en la Eucaristía de cada día, pues debe vivir principalmente de la Eucaristía y para la Eucaristía. La celebración diaria de la santa misa, en favor del pueblo, es su principal ministerio (canon 904; PO 13). Al celebrarla, no actúa como persona individual, sino como ministro de Cristo y de la Iglesia. Jesús celebra la misa por medio de él.

 

El sacerdote es un regalo de Dios para el mundo y, sin embargo, unos lo aman, otros lo compadecen; otros, los más, lo ignoran. Para muchos es sólo un burócrata, que se gana su dinero con su trabajo. Por eso, algunos sólo piensan en él, cuando necesitan sus servicios. Otros, en cambio, ven en él al hombre de Dios, al hombre que irradia paz y buscan en él un consuelo, un consejo, una ayuda espiritual.

 

Para algunos, si viste pobremente, es un hipócrita o un demagogo. Si viste bien, es un burgués. Si trata con los ricos y predica la paz y la no violencia, lo llaman capitalista. Si prefiere el trato de los pobres y predica la verdad, denunciando injusticias, lo llaman comunista. Si se hace acompañar de algún amigo, lo llaman afeminado...

 

Si trata con mujeres, lo llaman mujeriego. Si obedece las leyes y normas de la Iglesia, es un conservador. Si desobedece y se rebela contra ciertas normas, es un progresista.

 

¿A quiénes escuchará, Señor? ¿escuchará a quienes lo quieren en la sacristía sin meterse en “política” ,es decir, sin que pueda decir la verdad sobre la moralidad de las acciones de los hombres? ¿Tendrá que alejarse del mundo y vivir en pobreza y ayuno constante como S.Juan Bautista en el desierto? ¿Podrá asistir a banquetes y dialogar con pecadores y prostitutas como Jesucristo? El sacerdote está llamado a ser un signo de contradicción en el mundo.

 

Lo mismo podemos decir de los religiosos que se consagran a Dios por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia con el propósito de servir a Dios sin limitaciones y aspirar a la santidad. Ellos son padres y madres espirituales, cuya misión es el mundo entero. El mundo necesita de hombres y mujeres que les recuerden constantemente los verdaderos valores de la vida para que no se entreguen desenfrenadamente a las cosas y placeres de este mundo. Al renunciar al matrimonio, los religiosos están permanentemente disponibles para la misión de la Iglesia. Así, con un corazón libre de preocupaciones, pueden dedicarse más plenamente al servicio de Dios y de los demás ( 1 Co 7,32-35; Mt 19,12). Y Dios no se deja ganar en generosidad, pues “el que deja casa, hermanos, hermanas, madre, padre, o hijos o campos por amor a mí y al Evangelio recibirá cien veces más en esta vida y en el mundo futuro la vida eterna” (Mc 10,29-3l).

 

Gracias, Señor, por nuestros sacerdotes y religiosos. Por  ellos podemos recibir el pan de vida, formar hogares cristianos, vivir en gracia y morir en paz con Dios. Gracias, Señor, por ellos. A veces, me olvido que tienen que acompañarnos, aunque se sientan solos, que deben consolarnos, aunque estén tristes, que deben ayudarnos, aun cuando ellos mismos necesiten ayuda. Señor, enséñanos a comprender y amar a nuestros sacerdotes y religiosos, a ayudarlos en sus penas, acompañarlos en sus alegrías y haz que encuentren muchos imitadores suyos entre nosotros. Amen.


Tags: libro, conoce, Iglesia, católica, sacerdote

Publicado por mario.web @ 8:59
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