Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010


Parte 20 del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

 

 

El sacramento de la confesión se llama así, porque la confesión de los pecados al sacerdote es un elemento esencial de este sacramento. También se le llama sacramento de conversión, sacramento de la penitencia, sacramento del perdón o sacramento de la reconciliación ( Cat 1423-1424).

 

 

 

El perdón de los pecados.

 

El pecado es un robo de amor a los hermanos, pues al pecar se disminuye la capacidad de amar, y cuando uno se relaciona con los demás, les da menos amor, porque tiene menos amor. Les está robando el amor y la felicidad que debía darles y que no les da por haber pecado. Por eso, todo pecado tienen una dimensión social, es una ofensa también a los demás y, por consiguiente, a la Iglesia. De ahí que “los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados” (Cat 1422). “La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios” (Cat 1445). Porque “el pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con EL. Y, al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia” (Cat 1440).

 

Por eso mismo, no basta confesarse a solas con Dios, como dirían algunos. Es preciso pedir perdón por medio del sacerdote, que es representante de Dios y ministro de la Iglesia. No importa, si él es un pecador, Dios lo juzgará; pero Dios lo ha escogido a él para ser instrumento de su perdón y no a otros. Ahora bien, para recibir el perdón de Dios es necesario el arrepentimiento. Y arrepentimiento no es reconocer que se ha pecado o sentirse mal por haber pecado, sino tener voluntad y decisión firme, propósito de enmienda y verdadero deseo de poner todo lo posible de nuestra parte para no volver a pecar. Si falta el arrepentimiento o se calla por vergüenza algún pecado, la confesión sería un sacrilegio, una mala confesión, un pecado más.

 

El pecado es también una desobediencia a nuestro Padre Dios, que quiere nuestra felicidad y nos señala el camino a través de los mandamientos: “El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo” (Cat 1849). “El pecado es un abuso de la libertad que Dios nos da” (Cat 387). S. Agustín diría que el pecado es el amor de sí hasta el desprecio de Dios.

 

Pero, a pesar de todo, Dios, Nuestro Padre, siempre está esperándonos como al hijo pródigo, para perdonarnos y quiere sentir la alegría de perdonamos. Por eso, en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (Lc 15,7).

 

Jesús, en su ministerio, manifestaba también su amor, perdonando a los pecadores arrepentidos como a la pecadora pública (Lc 7,47), a la mujer adúltera (Jn 8,1-11) o al buen ladrón (Lc 23,43). Pues bien, este poder de perdonar los pecados quiso Jesús transmitirlo a sus apóstoles. “Yo os aseguro que todo lo que atéis en la tierra, será atado en los cielos y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en los cielos” (Mt 18,18). Jesús le había dado a Pedro personalmente este poder junto con las llaves (autoridad) del Reino de los cielos (Mt 16,18-19). En Jn 20,22 les dice a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo a quienes perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes se los retengan les quedan retenidos”. Este texto es clarísimo del poder de perdonar, concedido por Cristo a su Iglesia. En 2 Co 5,18 S. Pablo recalca que Cristo “nos confió el ministerio de la reconciliación”.

 

De hecho, desde el primer siglo encontramos testimonios de este poder de la Iglesia de perdonar los pecados. En la Didajé, hacia el año 80, se nos dice: "Reuníos en el Día del Señor, partid el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados" (c. 14, l). En el Credo o Símbolo de los apóstoles, también del siglo I, se dice bien claro: Creo en el perdón de los pecados

 

Historia de la celebración.

 

“A lo largo de los siglos, la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor, ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su bautismo (por ejemplo idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo durante largos años, antes de recibir la reconciliación.

 

A este “orden de los penitentes” (que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces, de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta práctica nueva preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, ésta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días” (Cat 1447).

 

Actualmente, el sacramento de la penitencia puede también celebrarse en el marco de una celebración comunitaria con confesión personal y absolución individual para expresar más claramente el carácter eclesial de la penitencia. En casos de necesidad grave, se puede recurrir a la confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse, cuando hay un peligro inminente de muerte, cuando el número de penitentes es tan grande que el sacerdote o los sacerdotes presentes no tengan tiempo para oír las confesiones individuales en un tiempo razonable. En este caso, los fieles deben tener el propósito para confesar los pecados individualmente lo antes posible ( Cat 1482-1483).

 

Contrición y atrición.

 

Con relación al perdón de los pecados, debemos tener en cuenta que siempre en la Iglesia se ha aceptado que la contrición perfecta perdona los pecados, aun mortales, aunque debe confesarlos en la primera oportunidad. Contrición perfecta es el arrepentimiento sincero de nuestros pecados por amor a Dios, a quien hemos ofendido. S. Pedro ya decía en 1 Pe 4,8 que “el amor cubre multitud de pecados” o, como decía Jesús de la mujer pecadora: “Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho” (Lc 7,47).

 

Sin embargo, dado que con mucha frecuencia el arrepentimiento de nuestros pecados es deficiente, quizás por temor al infierno o al castigo de Dios y no tanto por amor a Dios, a quien hemos ofendido, por eso, es necesaria la confesión. La contrición imperfecta o atrición no es suficiente para la justificación plena del pecador, aunque puede ser un paso para la contrición perfecta y la justificación plena.

 

En la práctica, es muy difícil precisar los límites de la contrición perfecta o imperfecta. Pero Dios conoce nuestro corazón y conoce nuestra disposición interior, y, según nuestro arrepentimiento, así será nuestro perdón. Y no es que Dios no quiera perdonarnos totalmente, sino que nosotros no aceptamos su perdón en plenitud por nuestras reticencias a dejar el pecado o por nuestra falta de fe. Al acudir a la confesión, tenemos la seguridad del perdón por la Palabra de Cristo (Jn 20,22), ponemos más de nuestra parte al decir nuestros pecados al sacerdote, tenemos la ventaja de sus consejos y cumplimos una penitencia como satisfacción de nuestros pecados.


Tags: libro, católico, conoce, Dios, confesión

Publicado por mario.web @ 11:37
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios