Jueves, 11 de febrero de 2010


Parte 43 del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

El matrimonio.

 

“Dios mismo es el autor del matrimonio” (GS 48;Cat 1603). “En virtud del sacramento del matrimonio, los esposos (casados por la Iglesia) “quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia” (FC 13). Y por este sacramento reciben la gracia de Dios para poder cumplir fielmente las obligaciones de su estado.

 

El amor mutuo entre un hombre y una mujer en el matrimonio es bueno a los ojos de Dios y es bendecido por El para que sea fecundo (Cf Cat 1604). “Abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Mt 19,6). “Por ello, los actos con que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorció” (GS 49). “El divorcio es una ofensa grave a la ley natural” (Cat 2384).

 

No obstante, hay que ayudar a los divorciados para que “no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar de su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio, de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana. La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez” (FC 84).

 

Por otra parte, “el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a nuevas vidas” (FC 29). Por la cual, “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación, es totalmente deshonesta” (Pablo VI, Humanae Vitae). Los hijos son un don de Dios y “la vida, desde su concepción, debe ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (GS 5 l). “Y quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”, es decir automática (canon 1398).

 

Precisamente por esto, el amor de los esposos debe ser indisoluble, pues hablar de amor libre es hablar de libertad sin responsabilidad, que es la antítesis del verdadero amor. El amor libre lleva con frecuencia al aborto; en cambio, un amor auténtico es total y definitivo, y los hijos son recibidos con amor. De esta manera, el matrimonio se constituye en verdadero santuario de la vida, en un vivero natural de vocaciones, en una pequeña iglesia doméstica, donde florecen las virtudes y la caridad cristiana (Cat 1666).

 

Los padres educadores.

 

“Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos y en este campo, tienen incluso una competencia fundamental: son educadores por ser padres. Ellos comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, con la Iglesia y el Estado. Pero cualquier colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consenso y, en cierto modo, incluso por encargo suyo” (Juan Pablo II, carta a las Familias, 1994)

 

Pero ¿qué sucede cuando la familia se deja arrastrar por el consumismo, por el hedonismo y por el secularismo, que perturban la realización del plan de Dios? ¿Cómo pueden los hijos que se han quedado huérfanos, sin educadores y sin modelos, crecer en la estima de los valores humanos y cristianos? ¿Cómo pueden desarrollarse en ese clima aquellos gérmenes de vocación que el Espíritu Santo continúa depositando en el corazón de los jóvenes? “Elemento fundamental e insustituible de la educación es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres, sólo orando junto con sus hijos el padre y la madre... calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Madres, ¿enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo, con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros padres, ¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez?” (FC 60).

 

Los hijos, mientras viven en el domicilio de sus padres, deben obedecer a todo lo que ellos dispongan para su bien y el de toda la familia. Esta obediencia cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido para siempre. Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Para ello, deben pedir el parecer y consejo de sus padres, los cuales no deben presionarlos en su elección de una profesión o de su futuro cónyuge. Cuando sus padres son ancianos, los hijos deben prestarles la ayuda material y moral que necesiten y apoyarlos en sus momentos de enfermedad, soledad o abatimiento (` Cat 2217; 22182230).

 

Un punto importante que podemos analizar es el influjo de la televisión en la vida familiar. Hoy día la televisión se ha convertido en un electrodoméstico imprescindible; pero, frecuentemente, se convierte en una niñera electrónica que, sin darnos cuenta, nos va mentalizando y creando opiniones, no siempre buenas y moralmente aceptables. Los niños se pasan horas cada día en la telelandia, ese mundo irreal de la televisión, que los incapacita para el estudio y el trabajo responsable, para el esfuerzo y el sacrificio, cuando esta teleadicción o teledependencia es muy fuerte.

 

Con frecuencia, se ve televisión juntos, pero no en compañía, porque nadie puede hablar y todos están ensimismados, desconectados los unos de los otros y sin opción al diálogo familiar, que es tan importante en la vida de la familia. Por eso, hay que evitar el influjo nocivo de la televisión por su uso indiscriminado y sin sentido crítico, pues no pocas veces, se difunden valores y modelos de comportamiento falseados y degradantes, con imágenes llenas de pornografía y de brutal violencia, se inculca un relativismo moral o un escepticismo religioso, con informes noticiosos manipulados y transmitiendo publicidad que explota los bajos instintos. De esta manera, la televisión puede damos una visión falseada de la vida y obstaculiza el verdadero desarrollo de la persona y de la vida auténticamente familiar. En este punto, los padres tienen una grave responsabilidad y deben vigilar los programas que ven sus hijos.

 


Tags: libro, católico, familia

Publicado por mario.web @ 19:27
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