Jueves, 11 de febrero de 2010


Parte 47 del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

 

Dice el Eclo 7,36: “Acuérdate de tus postrimerías y nunca jamás pecarás”. Las postrimerías del hombre o los novísimos son cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria.

 

La muerte.

 

La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, una de las realidades más trágicas y ciertas de la existencia humana, algo a lo que debemos enfrentarnos tarde o temprano. Por eso, la conciencia de la muerte nos hace pensar en la fragilidad de esta vida y nos impulsa a vivirla con más intensidad. Hay que aprovechar bien el tiempo del que disponemos. Cada minuto puede ser el último. Solo se vive una sola vez.

 

La muerte hace de la vida un desafío, una constante decisión, pues hay que actuar mientras todavía hay tiempo, después será demasiado tarde. La muerte es el paso de lo temporal a lo eterno, de lo temporal a lo definitivo. Es como un puente a la otra vida, a la vida que vale, a la vida eterna. La muerte no es el final de todo, sino el comienzo de una vida sin fin.

 

La visión cristiana de la muerte se expresa en el prefacio de la misa de difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma” ( Cat 10 12). Por eso, nos dice S. Pablo: “No queremos, hermanos, que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús tomará consigo a los que se durmieron en El. Esto os lo decimos como Palabra del Seño..., allí estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras” (1 Tes 4,1318).

 

Ante el enigma de la muerte, “la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz, situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida, cuando el Omnipotente y Misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado” (GS 18).

 

Después de la muerte, viene el juicio (Heb 9,27); y a continuación una eternidad feliz o infeliz.

 

La Reencarnación.

 

Hoy día hay muchos que creen que después de la muerte el alma sigue vagando por el espacio hasta que encuentre un cuerpo para volver a encarnarse en él y así sucesivamente en incontables vidas hasta que llegue a la purificación total y definitiva. Pero, si creemos en la reencarnación, estaríamos alejándonos de nuestra fe cristiana. En ese hipotético caso, la Redención de Cristo no tendría ningún valor, pues cada uno se va redimiendo a sí mismo en sucesivas vidas. No necesitaríamos de una Iglesia para recibir la gracia y la salvación, ni de los sacramentos, ni de los santos ni de la Virgen María... Todo ello sería algo innecesario y sin valor; pues, tarde o temprano, todos llegarían a conseguir la salvación eterna, ya que tampoco existiría el infierno eterno.

 

Pero Dios nos dice: “Está establecido que los hombres mueran una sola vez y después el juicio” (Heb 9,27). No existe, por tanto, la reencarnación (Cat 1013), sino la resurrección. Por eso, la Iglesia “permite la incineración, cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo” (Cat 2301).

 

Algo parecido a la reencarnación sucede con la creencia en los extraterrestres, pues, aunque el creer o no en su existencia no debería afectar nuestra fe; sin embargo, al hablarnos de ellos, nos hablan de un Cristo, “hermano mayor” un ser de otra galaxia, que no es Dios y, por tanto, nos quitan nuestra fe en Cristo Dios, Salvador y Redentor de la Humanidad.


Tags: libro, católico, novísimos

Publicado por mario.web @ 19:36
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