Jueves, 11 de febrero de 2010


Parte 49 del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

El infierno.

 

“La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno , el “fuego eterno” (Cat 1035). Así lo afirmó Cristo: “ld malditos al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,4 l).

 

Nuestra Madre la Virgen, en Fátima, el 13 de Julio de 1917 les hace ver el infierno a los tres pastorcitos. Lucía, en sus “Memorias”, dice textualmente: “Vimos como un mar de fuego: sumergidos en este fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, cayendo hacia todos los lados, semejante al caer de pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.

 

Asustados y como para pedir socorro, levantamos la vista hacia Nuestra Señora, que nos dijo entre bondad y tristeza: Habéis visto el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”.

 

Tenemos aquí una descripción gráfica del infierno del alma, pues todavía no están los cuerpos, hasta la resurrección. El infierno más que un lugar de fuego es un estado del alma de horribles sufrimientos eternos, mucho más de lo que podemos imaginar. Es algo así como una enfermedad, que estemos donde estemos, estaremos sufriéndola, pues el sufrimiento o la felicidad no dependen del lugar donde nos encontremos, sino que la llevamos o no dentro de nosotros. El infierno es un estado de vacío absoluto y de oscuridad eterna con un odio y egoísmo total, sin Dios y sin amor.

 

“Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia, a propósito del infierno, son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación a su destino eterno y constituyen un llamamiento apremiante a la conversión” (Cat 1036).

 

“Morir en pecado mortal, sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (Cat 1033).

 

Que Cristo no tenga que decirnos como a Judas:”Mas le valía no haber nacido”(Mc 14,21).

 

El cielo

 

Creemos en la existencia del cielo. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Cat 1024).”Vivir en el cielo es estar con Cristo”(Cat 1025). “La vida perfecta con la S. Trinidad, la comunión de vida y amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. (Cat 1024). Donde: “Ni el ojo vio ni el oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Co 2,9). Allí reinarán con Cristo por toda la eternidad (Ap 22,5; Mt 25,21.23; Cat 1029).

 

El cielo es la felicidad completa y eterna de vivir en plenitud, llenos de amor, de alegría y de paz con Dios, los santos y los ángeles.

 

Reflexiones.

 

Veamos ahora algunas ideas (puestas en sentido directo) del gran teólogo Ladislaus Boros, entresacadas de sus libros “Vivir de esperanza” y “Meditaciones teológicas”.

 

“En la muerte se nos presenta la posibilidad de efectuar el primer acto plenamente personal. En ese momento nos encontraremos con Cristo y tendremos la posibilidad de hacer una decisión completa enteramente personal, y con la plena posesión de nuestras facultades, con claridad meridiana y con libertad total. Cristo nos recibirá con la mirada llena de amor y esta mirada penetrará hasta lo más íntimo y profundo de nuestro ser .En ese encuentro con Cristo será imposible “no hacer caso” de Cristo. Tendremos que decidirnos o por El o contra El. Lo que decidamos permanecerá para toda la eternidad, por que en esa decisión nos habremos jugado todo nuestro ser. Viviremos toda la eternidad según lo que entonces hayamos decidido. La eternidad será tan sólo el desarrollo ontológico de lo que ocurra en ese momento de nuestra muerte.

 

Si no nos decidimos por Cristo, el amor de Cristo nos “quemará” eternamente y sentiremos su vacío en total soledad y oscuridad eterna. Si nos decidimos por Cristo, El se convertirá para nosotros en eterna luz y disfrutaremos de una felicidad sin límites.

 

Ahora bien, Dios no es mezquino. Es un Padre. No nos condenaremos por casualidad, porque así lo quiso el destino, porque fuimos llamados intempestivamente por un accidente, porque nunca conocimos bien a Dios y nunca experimentamos su amor... Tampoco nos salvaremos simplemente, porque tuvimos unos padres piadosos o porque nacimos en una parte de la tierra en la que pudimos oír hablar de Dios. Tenemos que decidirnos con plena claridad, deliberación y libertad por Dios o contra Dios. Cada uno decidirá su destino eterno.

 

El purgatorio no será una ciudad de tortura o un campo cósmico de concentración, en el que serán castigadas por Dios las criaturas quejumbrosas, lastimeras y gemebundas. Los pensamientos de Dios no pueden ser tan grotescos e indignos. El purgatorio será el paso a través del fuego del amor de Cristo. Sus llameantes ojos, llenos de amor, irán purificándonos de las escorias de nuestro egoísmo. Cuanto más duros y fuertes sean estos residuos de egoísmo, tanto más dolorosa y duradera será esta depuración y purificación. Cuanto más se haya acumulado la escoria de nuestros pecados, más intenso y prolongado será este proceso purificador.

 

Ahora bien, ¿qué es lo que nos dará en esta vida la seguridad de que en el momento de la muerte nos decidiremos por Cristo? No puede haber otra garantía que nuestro auténtico deseo de salvación. Lo que queremos ser por toda la eternidad debemos comenzar a serlo ahora mismo. Nuestra conversión definitiva debe comenzar con una serie de conversiones parciales desde ahora. Cada decisión por Dios en esta vida nos prepara para la gran y definitiva decisión en el momento de la muerte. Toda postergación de nuestra conversión aquí y ahora es una mentira existencial.

 

¿Y qué es el cielo? El cielo es una felicidad ilimitada, eterna, y debe comprenderse como una dinámica sin límites, en él seremos eternamente buscadores de Dios. La eternidad será un incesante conocer y amar a Dios, un adentrarse más y más en Dios. El cielo será una aventura permanente, siempre nueva, conociendo diferentes perspectivas de Dios y de su amor. Será como adentrarse en el mismo océano y ver siempre distintos aspectos de la misma realidad. Dios es infinito y toda la eternidad no bastará para seguir conociéndolo y amándolo más y más de acuerdo a la capacidad de cada uno”.


Tags: libro, católico, novísimos, infierno, cielo

Publicado por mario.web @ 19:39
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