Jueves, 11 de febrero de 2010


Parte 52 del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

 

 

San Agustín fue un hombre de corazón inquieto, incansable buscador de la verdad y de la felicidad. Buscaba a Dios sin saberlo y buscaba la felicidad en los placeres de la vida. Y, por esto, nos puede decir por experiencia:

 

«Ay de mí, yo te buscaba, Dios mío, no con el entendimiento del alma, sino con el sentido de la carne. Pero tú estabas más adentro de mí que lo más íntimo de mí mismo y más alto que lo más supremo de mi ser. Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tú estabas dentro de mí y yo fuera y por fuera te buscaba yo y sobre esas hermosuras que tú creaste me arrojaba deforme. Así andaba yo enfermo y atormentado, mientras Tú, Señor, me apremiabas a dejar mi prisión desde lo interior de mi alma. y yo ni quería del todo ni del todo lo quería. Y luchaba conmigo mismo y me desgarraba a mí mismo. Decíame: ahora voy a cambiar, y casi lo hacía, pero no lo hacía. Vacilaba entre el morir a la muerte y vivir a la vida. Y podía más conmigo lo malo inveterado que lo bueno desacostumbrado.

 

Reteníanme  frivolísimas  frivolidades y vanísimas vanidades, antiguas amigas mías, y tiraban de mi vestido de carne y me decían por lo bajo ¿nos dejas? ¿y desde este momento jamás te será lícito estoy aquello? Y yo me sentía dominado por las pasiones y repetía con voz lastimera ¿Hasta cuándo, hasta cuándo diré mañana, mañana? ¿Por  qué no ahora? ¿Por qué no poner fin ahora mismo a todas mis torpezas?.

 

Pero un día estando en el huerto de Milán, escucha la voz de un niño que decía: Toma y lee. Toma y lee. Abrió la Biblia al azar y se encontró con el pasaje de Rom 13,13: “Nada de comilonas ni borracheras, ni de prostitución o libertinajes, nada de peleas o envidias, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no os deis a la carne para satisfacer sus concupiscencias”. Y él dice: “No quise leer más. Al momento, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas... Y qué dulce me resultó de repente dejar las dulzuras de las frivolidades. Antes tenía miedo de perderlas y ahora me gustaba dejarlas. Eras Tú, Señor, el que las ibas alejando de mí. Tú las desterrabas lejos de mí y entrabas en lugar de ellas. Tú, que eres más suave que todos los placeres de la tierra”.

 

“Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descansa en Tí”. “Dios mío, ven a mí. Mira cómo te amo y, si es poco, haz que te ame con más fuerz,. quiero estar entre tus brazos y no separarme de ellos hasta encontrarte en lo escondido de tu faz”.

 

El amor es lo que da sentido a nuestra vida. Pongamos atención a lo que Guy de Larigaudie nos dice en su libro “Buscando a Dios”:

 

“La aventura más prodigiosa es nuestra propia vida. Es una aventura más maravillosa que la conquista de un nuevo mundo o el curso de una nebulosa. Nuestra vida no es más. que una sucesión de gestos ínfimos que divinizados, labran nuestra eternidad. Estamos hechos para los espacios inmensos, los horizontes sin límites. En una palabra, estamos hechos para el infinito. Nuestro deseo de felicidad es demasiado grande para que pueda colmarse con algo distinto del Más Allá. Sólo la posesión de Dios colmará nuestra ansia de amar y ser amados. Para conseguirlo, será necesario morir.

 

Cuando frente al mar, el desierto o una noche tachonada de estrellas sentimos el corazón a punto de estallar de felicidad, es bueno pensar que más allá encontraremos algo mucho más hermoso, más grande, algo a la medida de nuestra alma, algo que colmará el inmenso deseo de felicidad que llevamos dentro. Mi vida entera no ha sido más que una larga búsqueda de Dios. Por todas partes, siempre, a todas horas, he buscado su huella o su presencia. La muerte no será para mí más que un maravilloso encuentro.

 

Un día, estando a punto de morir por un accidente, comprendí que verdaderamente no hay más que una cosa importante en la vida: amar a Dios con un amor inmenso, sin medida, con un amor de chiquillo que adora a su madre, un amor total y sin condiciones. Desde aquel día, no temo ya a la muerte repentina. Es cierto que preferiría morir plenamente consciente. Me gustaría poder tomar mi vida en el hueco de la mano y tener tiempo de elevarla hacia Dios y dársela como mi humilde ofrenda de hombre. Y decirle con todo mi corazón: Dios mío, sé que valgo poco, pero, a pesar de todo, os he amado”.


Tags: libro, católico, busca, Dios

Publicado por mario.web @ 19:46
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