Martes, 16 de marzo de 2010
La muerte de los demás, la muerte propia. La muerte de desconocidos en lugares lejanos que aparece en los medios de comunicación y quizá nos deja indiferentes; la muerte de alguien cercano, de la madre, del hijo, del amigo, que golpea violentamente nuestro corazón hasta hacer tambalear nuestras más íntimas convicciones. "¿Qué dice la filosofía sobre la muerte?", me espetó hace algunos años una valiosa estudiante, llena de inquietudes y de preguntas. "Realmente nada, le contesté. No es la filosofía, sino la religión ‹'todas las religiones', escribe Benedicto XVI en las primeras páginas de Jesús de Nazareth‹ la que intenta desvelar de algún modo el futuro". Los filósofos analizan o definen el concepto de muerte y suelen concluir que es la cesación de la vida, pero la supervivencia de un elemento espiritual ‹al que desde Platón llamamos "alma"‹ les resulta del todo misteriosa.
 
De hecho, muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo viven como si la muerte no existiera o, al menos, como si no fuera con ellos. Es quizás otra muestra del "síndrome de Peter Pan" que afecta a tantas personas infantilizadas. Además, nuestra sociedad ha convertido la muerte en el espectáculo audiovisual por excelencia: llena los telediarios, los periódicos, las películas, pero se trata siempre de algo que, por así decir, les pasa a otros.
 
Recuerdo cuánto me impresionaba en mi infancia el letrero "No tocar. Peligro de muerte", bajo una calavera con dos tibias cruzadas que había sobre la puerta de los controles eléctricos en el jardín del parvulario. Ahora para no asustar a los niños se han sustituido aquellos macabros huesos por un rayo amenazador. A mí siguen impresionándome los terroríficos letreros, rebordeados de negro como si fueran esquelas, de las cajetillas de tabaco advirtiendo que el tabaco mata, pero la mayor parte de los consumidores no parece hacer mucho caso a esas severas advertencias.
 
Todos los días pienso en mi muerte y eso me lleva a intentar aprovechar mejor el día: carpe diem! Con frecuencia recuerdo aquel poema "Instantes", falsamente atribuido a Borges, en el que un anciano que ve ya próximo el final de su vida se lamenta de cómo ha vivido. Transcribo algunas estrofas:
 
Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
 
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas,
nadaría más ríos.
 
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios. (...)
 
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
 
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar
descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo
hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños, (...)
 
Pensar en la muerte con realismo y con normalidad es sano porque nos ayuda a vivir con más intensidad y con más pasión la única vida que tenemos. Nos ayuda a viajar ligeros de equipaje, a tomar más helados y dar paseos en calesita; a decir "te quiero" y a dar abrazos a quienes queremos. Pensar que nuestra vida es única -y que se escapa como el agua entre los dedos de las manos- nos urge a disfrutar del presente que es el único tiempo verdadero, a prestar atención a las personas que nos rodean y a las tareas que llevamos efectivamente a cabo, dejando en el olvido el tiempo pasado y sin obsesionarnos tampoco con el futuro. Pensar en la muerte nos invita también a no malgastar la vida por las prisas. Para muchos, como escribió John Lennon en "Beautiful boy", "la vida es lo que pasa cuando estás ocupado haciendo otros planes".
 
Vivir con plenitud en el presente es la mejor forma de adoptar un estilo de vida con sentido. En uno de sus cuentos Borges describe la triste vida de aquellos semidioses que, como eran eternos, vivían dormitando aletargados en el barro: como nada iba a cambiar el curso de su vida nada tenía sentido para ellos. "Todo, -escribe Borges- entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario".
 
Para quienes tenemos más de cincuenta años la sección más interesante del periódico es probablemente la de las esquelas y las necrológicas. Nos muestran tanto la fugacidad de la vida como la plenitud de muchas vidas logradas. Quienes somos cristianos sabemos además que el tiempo que tenemos es un don de Dios que no podemos despilfarrar; que podemos redimir el tiempo y por eso ponemos a la vista el Crucifijo, para tener delante de nuestros ojos la clave del sentido de la vida y de la muerte.
_________________________
Jaime Nubiola es profesor de filosofía en la Universidad de Navarra y profesor del Doctorado en Filosofía de la UNT ([email protected]).
de: http://www.familia-hoy.org

La muerte de los demás, la muerte propia. La muerte de desconocidos en lugares lejanos que aparece en los medios de comunicación y quizá nos deja indiferentes; la muerte de alguien cercano, de la madre, del hijo, del amigo, que golpea violentamente nuestro corazón hasta hacer tambalear nuestras más íntimas convicciones. "¿Qué dice la filosofía sobre la muerte?", me espetó hace algunos años una valiosa estudiante, llena de inquietudes y de preguntas. "Realmente nada, le contesté. No es la filosofía, sino la religión ‹'todas las religiones', escribe Benedicto XVI en las primeras páginas de Jesús de Nazareth‹ la que intenta desvelar de algún modo el futuro". Los filósofos analizan o definen el concepto de muerte y suelen concluir que es la cesación de la vida, pero la supervivencia de un elemento espiritual ‹al que desde Platón llamamos "alma"‹ les resulta del todo misteriosa.
 
De hecho, muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo viven como si la muerte no existiera o, al menos, como si no fuera con ellos. Es quizás otra muestra del "síndrome de Peter Pan" que afecta a tantas personas infantilizadas. Además, nuestra sociedad ha convertido la muerte en el espectáculo audiovisual por excelencia: llena los telediarios, los periódicos, las películas, pero se trata siempre de algo que, por así decir, les pasa a otros.
 
Recuerdo cuánto me impresionaba en mi infancia el letrero "No tocar. Peligro de muerte", bajo una calavera con dos tibias cruzadas que había sobre la puerta de los controles eléctricos en el jardín del parvulario. Ahora para no asustar a los niños se han sustituido aquellos macabros huesos por un rayo amenazador. A mí siguen impresionándome los terroríficos letreros, rebordeados de negro como si fueran esquelas, de las cajetillas de tabaco advirtiendo que el tabaco mata, pero la mayor parte de los consumidores no parece hacer mucho caso a esas severas advertencias.
 
Todos los días pienso en mi muerte y eso me lleva a intentar aprovechar mejor el día: carpe diem! Con frecuencia recuerdo aquel poema "Instantes", falsamente atribuido a Borges, en el que un anciano que ve ya próximo el final de su vida se lamenta de cómo ha vivido. Transcribo algunas estrofas:
 
Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
 
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas,
nadaría más ríos.
 
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios. (...)
 
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
 
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar
descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo
hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños, (...)
 
Pensar en la muerte con realismo y con normalidad es sano porque nos ayuda a vivir con más intensidad y con más pasión la única vida que tenemos. Nos ayuda a viajar ligeros de equipaje, a tomar más helados y dar paseos en calesita; a decir "te quiero" y a dar abrazos a quienes queremos. Pensar que nuestra vida es única -y que se escapa como el agua entre los dedos de las manos- nos urge a disfrutar del presente que es el único tiempo verdadero, a prestar atención a las personas que nos rodean y a las tareas que llevamos efectivamente a cabo, dejando en el olvido el tiempo pasado y sin obsesionarnos tampoco con el futuro. Pensar en la muerte nos invita también a no malgastar la vida por las prisas. Para muchos, como escribió John Lennon en "Beautiful boy", "la vida es lo que pasa cuando estás ocupado haciendo otros planes".
 
Vivir con plenitud en el presente es la mejor forma de adoptar un estilo de vida con sentido. En uno de sus cuentos Borges describe la triste vida de aquellos semidioses que, como eran eternos, vivían dormitando aletargados en el barro: como nada iba a cambiar el curso de su vida nada tenía sentido para ellos. "Todo, -escribe Borges- entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario".
 
Para quienes tenemos más de cincuenta años la sección más interesante del periódico es probablemente la de las esquelas y las necrológicas. Nos muestran tanto la fugacidad de la vida como la plenitud de muchas vidas logradas. Quienes somos cristianos sabemos además que el tiempo que tenemos es un don de Dios que no podemos despilfarrar; que podemos redimir el tiempo y por eso ponemos a la vista el Crucifijo, para tener delante de nuestros ojos la clave del sentido de la vida y de la muerte.
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Jaime Nubiola es profesor de filosofía en la Universidad de Navarra y profesor del Doctorado en Filosofía de la UNT ([email protected]).

Tags: pensar, muerte

Publicado por mario.web @ 0:31
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