Domingo, 21 de marzo de 2010

Sospecho que para la mayoría de nosotros la palabra "ego"
tiene mala connotación. Acusar a alguien de que tiene un gran ego es
acusarle de estar súper-pagado de sí mismo, hinchado, epatante y
falto de humildad. Casi siempre oponemos las palabras "ego" y
"humildad". Tener un gran ego es no ser humilde.

Pero esa percepción puede ser simplista y falsa. Tener un fuerte y
gran ego no es necesariamente algo malo. Por ejemplo:

Poca gente hubiera pensado alguna vez que Madre Teresa tuviera un gran
ego. Nos parece que ella era la humildad encarnada. Sin embargo,
tenía claramente un ego enorme –una fuerte auto-estima que le
capacitaba para plantarse frente al mundo entero convencida de su
verdad, convencida de su valer y convencida de su importancia. Ella
podía mostrarse firme ante cualquiera en el mundo, segura de sí
misma por el convencimiento de que su persona y su palabra eran
importantes. Hay que tener un ego fuerte para hacer eso, un ego más
potente del que la mayoría de nosotros poseemos. Ciertamente esa fue
una de las claves de su grandeza. Tenía conciencia de que era un
instrumento único y bendito en manos de Dios en este mundo y estaba
suficientemente segura de sí misma como para actuar gracias a ello.

Y sin embargo, era humilde. Al mismo tiempo, era siempre consciente de
que todo lo que la hacía única, especial y poderosa, no
procedía de sí misma, sino de Dios. Ella era simplemente un canal
del poder y de la gracia de algún Otro. Tenía un enorme ego, pero
no era egoísta. Nunca fue una mujer "pagada de sí misma";
solamente la colmaba Dios.
[10]
Juan Pablo II podría ser considerado de modo parecido: Él
también fue un modelo de humildad, pero también poseía
clarísimamente un gran ego. Podía enfrentarse a millones de
personas, extender sus brazos para decirles: "¡Os quiero! ¡Y es
importante que escuchéis esto que os digo!" Se necesita un
potente ego para hacer eso. La mayoría de nosotros hubiéramos
experimentado un congénito paro del corazón, si hubiéramos
intentado hacerlo. Nos sentiríamos bloqueados y paralizados por cien
inhibiciones internas, todas ellas paralizándonos con éstas o
parecidas palabras: "¿Quién piensas que eres tú para algo como
esto? ¿Quién te da el derecho a pensar que el mundo quiere de ti
una declaración de amor?"

De nuevo, como Madre Teresa, Juan Pablo podía decir eso y, aun
así, ser humilde, porque también tenía claro que su
singularidad extraordinaria y su gracia no procedían de sí mismo
ni le pertenecían como propiedad. Él solamente era su canal. Él
podía acceder a la grandeza y dejarla fluir a través de sí
mismo sin pedir excusas; pero no se identificaba con esa grandeza ni la
reclamaba como suya propia. Ahí está la diferencia entre humildad
y vana grandiosidad, entre ser grande y ser egoísta. Un egoísta
puede alcanzar la grandeza, pero, a diferencia de un santo, se
identifica con ella y la reclama como propia.

La espiritualidad, en general, ha tardado en admitir la importancia del
ego, y con frecuencia ha sido en negación radical del papel que
juega en la grandeza, especialmente en la grandeza espiritual.

De alguna manera nos cuesta admitir que santos como Francisco de Asís
<
http://es.wikipedia .org/wiki/ Francisco_ de_As%C3% ADs> , Teresa de
Ávila <
http://es.wikipedia .org/wiki/ Teresa_de_ %C3%81vila> , Juan de
la Cruz <
http://es.wikipedia .org/wiki/ Juan_de_la_ Cruz> , Antonio Mª
Claret <
http://es.wikipedia .org/wiki/ Antonio_Maria_ Claret> o Teresa de
Lisieux <
http://es.wikipedia .org/wiki/ Teresa_de_ Lisieux> tuvieran
enormes egos - poderosas imágenes de sí mismos que les daban
seguridad en el sentido de su importancia singular y única. Por el
contrario proyectamos sobre ellos una falsa idea de humildad que para
ellos no es genuina y que a nosotros nos hiere.

Nos hiere porque para tantos de nosotros el mayor problema de nuestras
vidas, incluyendo nuestra vida espiritual, consiste precisamente en que
nuestros egos son demasiado débiles. La imagen que tenemos de
nosotros mismos es demasiado frágil como para permitirnos hacer nada 
realmente grande o, simplemente, aun para proyectarnos hacia los
demás con cálida cordialidad y con amor.

Porque la imagen que tenemos de nosotros mismos es débil, a
diferencia de Madre Teresa o Juan Pablo II, nos sentimos demasiado
cohibidos para salir de nosotros mismos, para proclamar nuestra verdad
y para expresar nuestro amor. Sentimos demasiadas voces interiores (sin
duda, originariamente voces procedentes del exterior) que habitualmente
nos paralizan con éstas o parecidas palabras: "Pero ¿quién
piensas que eres tú? ¡Eso es soberbia y arrogancia! ¡Eso es
justamente tu ego! ¡No tienes las cualidades suficientes, o no eres
lo bastante bueno para hacer eso! ¡Nadie quiere o espera eso de
ti!"

Así mismo, no es porque nuestros egos sean fuertes, sino porque son
débiles, por lo que con tanta frecuencia sentimos la necesidad de
protegernos a nosotros mismos. Luchamos para no ser vulnerables, para no
volvernos paranoicos. ¿Por qué? Precisamente por que no nos
sentimos suficientemente seguros en nuestro interior, porque nuestros
egos y nuestro sentido de autoestima están flojos e inseguros.
Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux, Antonio
Mª Claret y Juan de la Cruz nunca tuvieron necesidad de protegerse a
sí mismos. Se sentían suficientemente seguros para ser
vulnerables. Tenían fuertes egos.

Nosotros deberíamos estar siempre cansados ya de soberbia, de
egoísmo. Pero la falsa humildad no nos protege contra la soberbia. En
cambio nos impide ser cordiales y cariñosos - y, desde luego, nos
impide llevar a cabo nunca algo grande.

 

 

Según los Evangelios, el Reino de Dios es la clave de los
propósitos, del proceder y de la psicología de Jesús. Como si
las imágenes del Reino dominaran tanto su conducta que sólo ellas
bastaran para explicar de raíz lo que quiso hacer en su vida, y los
choques y adhesiones entre los que vivió.

[4] Lo que quiso hacer, desde luego. Mateo y Marcos dicen que
anunciando el Reino es como empezó: «Se han cumplido los tiempos y
se acercó el Reino de Dios; convertíos y creed en el
Evangelio». Y Lucas, que describe esos comienzos como una
enseñanza que hace famoso a Jesús, sin más especificar,
concreta en seguida 10 pretendido en ella: .. Querían retenerle...
pero El les dijo: "También a otras ciudades tengo que anunciar el
Evangelio del Reino de Dios"· (4,4-25.).

El Reino es para Jesús la felicidad de los pobres (Mt 5,3) y lo
primero que tenemos que pedirle a Dios (ibid. 6, 10), es como un tesoro
O una perla maravillosa por la que uno vendería todo lo que tiene; es
lo que vale la pena buscar antes que la comida y el vestido y si Dios se
complace en darle el Reino a uno, entonces ya no hay nada que temer
(ibid. 12, 22-32).

Estaba en Daniel dicho que los designios de Dios culminarían al
llegar su Reino, un Reino indestructible (2,44, 7, 27). Jesús ve ese
momento, pero con un matiz de ternura que no estaba en Daniel: con toda
su grandeza el Reino es cuestión de pobres (Lc 6,20), de niños (Mt
19,24), de enfermos (10,9), de atormentados por el demonio (1 1,20).

De antiguo estaba el Reino ofrecido a los judíos. Pero Jesús nos
descubre que Dios lo abre a todos y que incluso publícanos y prostitutas
entrarán antes que los que estaban en principio llamados (Mt 21,31).

Y esto lo dice Jesús porque ve que al anunciar el Reino divide a sus
compatriotas en vez de arrastrarles.
La manera como empezaron los conflictos no se nos cuenta con pormenor en
los Evangelios, sin duda porque las tradiciones recogidas en ellos son
de una época en el que el por qué de los conflictos estaba claro y
no necesitaba explicación ninguna.

Pero la clave está sin duda en la cuestión del Reino. Decenios
antes de que se presentara Jesús los escritos más populares
había hecho de la idea del Reino de Dios el centro de las esperanzas
de la gente, de sus preocupaciones de re y de la religiosidad
multitudinaria. Lo que ocurría es que había muchas maneras de
entender lo del Reino de Dios.

Había, por ejemplo zelotas, que querían promover la acción
violenta contra los romanos; ellos apoyaban su ideología y su
violencia en la voluntad de instaurar el Reino. Había grupos más
reservados, pero no menos nacionalistas, los cuales se organizaban en
una especie de asociaciones comprometidas a especiales observancias de
la ley y hasta se unían en comunidades como monacales, separándose
de la sociedad establecida; no faltaban entre ellos quienes despreciaban
al sacerdocio tradicional y lo desprestigiaban ante la gente: todo en el
nombre del Reino de Dios. Y luego estaban los grandes sacerdotes de
Jerusalén y todo el sector de escribas cercano a ellos, a quienes
más bien molestaba que se hablara del Reino por el significado
subversivo que la palabra en la práctica había ido adquiriendo.

Jesús no se echó atrás del uso de la palabra Reino por estar
ella en boca de muchos subversivos. Esto ya le costó las suspicacias
y odiosidad de las altas instancias sacerdotales. Pero tampoco aceptó
de ninguna manera que el Reino se malentendiera como banderín de
enganche para la violencia, el nacionalismo, la soberbia de grupos
cerrados sobre sí, la autosuficiencia farisaica de alguien.

La rabia contra Jesús se iba extendiendo más cuanto más
Jesús iba conquistando el prestigio y la autoridad de ser el buen
intérprete del Reino. Si el Reino de Dios era lo que decía
Jesús, entonces no tenían justificación ni los amigos de la
violencia, ni los nacionalistas, ni los que se atribuían la exclusiva
de ser en sus grupos cerrados los únicos depositarios de la esperanza
del Reino.

Y a Jesús, en su pasión por el Reino, todo se le volvía
explicar cómo tenía que verse correctamente el Reino en la
perspectiva de Dios: como algo que necesitaba más justicia que la de
escribas y fariseos (Mt 5,20), de crecimiento oculto como una semilla
(Mc 4,26-29), pequeño al principio como grano de mostaza, pero bueno
al fin para nidos de toda clase de pájaros (Mt13, 31-32), como red
con mil peces malos y buenos necesitados de escogerse bien (ibid.
47-50), como campo de trigo y cizaña (ibid. 24-30).. Y, sobre todo,
como lo que se da gratis (Mt 20,1-15) y se les va a quitar a los
judíos de entonces (ibid. 21-43).

Esto ya colmaba el vaso y muchísimos fueron contra Jesús. Y
Jesús no se echó atrás aunque vio venir la muerte. Se
despidió, hasta un encuentro en el Reino (Mc 14,25) y murió
viéndose reconocido como quien tiene el poder del Reino, por uno de
aquellos malditos a quienes se excluía de la entrada en el Reino (ver
Lc 23,42s.).


Tags: humildad, ego, grandeza

Publicado por mario.web @ 7:58
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