Mi?rcoles, 15 de septiembre de 2010

En mi antigua ciudad gobernaba celoso las almas un obispo apasionado. Su impetuoso car?cter le impulsaba a levantarse antes del amanecer y a desarrollar una impagable actividad: oraba siempre con intensidad; le?a la prensa mientras desayunaba, porque para ayudar a su grey deb?a conocer detalladamente las vicisitudes de los ciudadanos; el trabajo era veloz, apretado, con pasi?n, se com?a los informes, devoraba los casos, se imbu?a en los problemas; y todo para hacer el bien, el m?ximo bien en el menor tiempo posible al mayor n?mero de almas. Era su manera de vivir la entrega, algo que nadie jam?s le reproch?.

Pero un d?a baj? el ?ngel de Dios al aposento del se?or obispo mientras dorm?a, se acerc? a su cama, pos? suavemente el dedo ?ndice sobre los cerrados ojos del prelado y regres? al Cielo con una sombra de tristeza en el rostro.

Al amanecer son? como todos los d?as el despertador del obispo, pues era preciso madrugar mucho para trabajar m?s. Se incorpor? de un salto, elev? el pensamiento al Se?or e inmediatamente centr? su mente en la nueva jornada. Sin embargo, algo raro suced?a en sus ojos: todo estaba muy oscuro. No ve?a nada; densas penumbras nublaban su mirada. "?Qu? ocurrencia -pensaba-, sucederme esto a m?! ?Con todo lo que tengo que hacer!".

In?tilmente lav? sus ojos con agua tibia, derram? colirios y consult? a los m?dicos. Finalmente hubo un diagn?stico definitivo: ceguera absoluta e irreversible. El se?or obispo rompi? a llorar envuelto en su silencio. ?Qu? ser?a de su propia grey! No podr?a atender con tanta solicitud a sus feligreses ni dar luz a los corazones adormecidos por las tinieblas del pecado! Y lloraba desconsoladamente. ..

Pero Dios, compadecido de sus l?grimas, envi? nuevamente al ?ngel para restituir la verdadera luz al coraz?n del se?or obispo, ciego durante tantos a?os por su propia pasi?n. El ?ngel baj? a su morada y pos? el dedo ?ndice sobre el coraz?n del prelado, volviendo sonriente al Cielo.

Cuando son? esta vez el despertador, m?s tarde de lo habitual, el obispo se levant? pausadamente, dio gracias a Dios por el nuevo d?a y comenz? a ver con una luz nueva tantas cosas que antes pasaban velozmente delante de su mirada. Pero "?qu? sorpresa!", exclam?. "?Veo! ?Ahora veo! ?He recobrado la visi?n!". Y lo que antes fueran l?grimas torn?ronse en profundo agradecimiento.

Cuentan los feligreses que despu?s de recuperar la vista, el se?or obispo era muy distinto: se levantaba sereno cada ma?ana y, tras agradecer el nuevo d?a, abr?a la ventana de su habitaci?n para contemplar con la luz del coraz?n aquella grey a ?l confiada. Concluidas sus oraciones desayunaba tranquilo, y en el trabajo de pastor segu?a los consejos de sus auxiliares. Todo el d?a era una continuidad serena de la oraci?n, hasta tal extremo que sus feligreses notaban una mayor eficacia en sus almas despu?s de la ceguera del prelado.

Cuando al final de su copioso gobierno volvi? el ?ngel para recogerlo, el obispo agradeci? verdaderamente haber aprendido a vivir la vida con la luz del coraz?n.?


Publicado por mario.web @ 8:47
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