Mi?rcoles, 15 de septiembre de 2010

Para comprender mejor la naturaleza y diversos componentes de la relaci?n de Clara con Cristo, vamos a exponer qui?n es Cristo para Clara, sin pretender agotar el tema en un breve art?culo.

Una r?pida lectura de sus Escritos ya deja bien patente que Clara ve indisolublemente unidos en Cristo al Ni?o que fue ?colocado en el pesebre y envuelto en pa?ales? y al Crucificado que ?escogi? padecer en el le?o de la cruz y morir en ?l con la muerte m?s infamante? (4CtaCl). Los amigos del Carmelo pensar?n en Teresa de Lisieux, que quiso llamarse Teresa del Ni?o Jes?s y de la Santa Faz. Los hijos de Francisco y de Clara comprueban la afinidad espiritual de la ?Plantita? con el Pobrecillo que hizo la primera representaci?n del bel?n en Greccio y, hacia el final de su vida, configurado con Cristo, recibi? los estigmas en el monte Alverna.

El tema de Jes?s crucificado es frecuente en Clara, y lo evidencia tambi?n su devoci?n, com?n en el Medievo, a las cinco llagas, reforzada sin duda en ella por haber visto los estigmas de Francisco tanto en vida, cuando lo curaba en San Dami?n, como tras su muerte, cuando el cortejo f?nebre se detuvo ante el monasterio (cf. 1 Cel 116-117; LM 15,5; 13,8; LP 13; EP 108).

Aunque no pueda atribu?rsele la?oraci?n a las cinco llagas,?tal como ha llegado hasta nosotros, Clara la recitaba diariamente (cf. LCl 30; Proceso X,10). Adem?s, recomienda a Ermentrudis de Brujas: ?Meditad asiduamente en los misterios de su Pasi?n y en los dolores que sufri? su Sant?sima Madre al pie de la cruz? (5CtaCl).

El misterio del Hombre-Dios es central en Clara, como en todos los m?sticos. No cesa de meditar el misterio de la Encarnaci?n, por el que Cristo, ?siendo rico, por nosotros se hizo pobre? (cf. 2 Cor 8,9). Descubre sus m?ltiples aspectos, pero concentra su meditaci?n en lo que hoy d?a suele denominarse la ?k?nosis?. El Hombre-Dios es el Cristo pobre convertido ?en el m?s vil de los varones: despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, muriendo entre las atroces angustias de la cruz? (2CtaCl).

Varias veces trata este tema; como Teresa de ?vila o Juan de la Cruz, expone con lirismo su emoci?n de contemplativa.

Tras el esplendor hier?tico del Cristo glorioso de la ?poca precedente, el siglo XIII descubre con Francisco la santa humanidad de Jes?s. Pero a diferencia de los siglos XV y XVI -Teresa de ?vila est? algo influenciada por la mentalidad de su ?poca (pienso en particular en la escultura del Cristo atado a la columna que provoc? su conversi?n)-, Clara no est? fascinada s?lo por el aspecto sangrante de Cristo crucificado -recu?rdense tambi?n, por ejemplo, las visiones de ?ngela de Foligno.

El Hombre de la Pasi?n y de la Cruz, el Pobre por excelencia, sigue siendo el Cristo, es decir, el Ungido, el Mes?as, el Hijo del Alt?simo.

El nombre que Clara elige es muy revelador; Clara lo llama Cristo, el Cristo, a veces Jesucristo. Para apreciar mejor este matiz, t?ngase en cuenta que ambas Teresas gustan llamarlo ?el buen Jes?s? o ?Jes?s?. Clara nunca, al parecer. Estamos pues, en mi opini?n, ante un aspecto esencial de su espiritualidad. En el abismo de la k?nosis, Jes?s es Se?or, Kyrios, o sea, el Resucitado.

Sabido es que, a partir de los siglos XIV-XV y por diversos motivos que rebasan el marco de este estudio, Occidente estuvo fascinado por la Pasi?n y la Cruz de manera casi exclusiva: pi?nsese en los flagelantes, la implantaci?n del Viacrucis, los m?ltiples testimonios de la iconograf?a. Clara est? en otra l?nea. El Crucifijo de San Dami?n, que habl? a Francisco y que Clara y sus hermanas pudieron contemplar durante toda su vida mon?stica, no es tanto un hombre de dolores cuanto el Cristo sereno y victorioso incluso en el momento de su m?s absoluto anonadamiento. Desde el punto de vista art?stico, el Crucifijo, dato muy significativo, tiene influencias bizantinas. En Mar?a y Juan, que reciben agua y sangre del costado abierto del Crucificado, est? presente la Iglesia; volveremos sobre este punto. La mirada del Cristo penetra en nuestro ser interior, en el m?s profundo de los abismos, sin violentarnos. Es presencia que ama; es ya el Resucitado y, como atestigua la figurita del ?pice de la cruz, va hacia el Padre, llev?ndonos con ?l. En su cuerpo elevado entre cielo y tierra re?ne entre sus brazos abiertos y transfigura al universo.

No es sorprendente, por tanto, que Clara emplee tan a menudo los t?rminos ?Se?or? y ?Rey?; por no cargar la exposici?n con demasiadas citas, remitimos a los Escritos, especialmente a las Cartas, para verificar este aspecto. La monja Clara estaba vivamente impresionada por la ?belleza? de Cristo, manifestaci?n de su naturaleza divina. Es ?el m?s bello entre los hijos de los hombres?, ?del m?s noble linaje? (2CtaCl; 1CtaCl). Al parecer, m?s all? de las consideraciones convencionales sobre el ?desprecio del mundo?, Celano capt? la intuici?n espiritual de Clara, bella, rica, educada en una sociedad refinada: la muchacha percibe la frustraci?n que ?la apariencia caduca de los adornos mundanos? (LCl 4) puede encerrar. Al igual que Francisco, vive la experiencia fundamental de la Belleza de Dios; a ?l solo se aferra, y es de ah? de donde nacen sus rupturas radicales.

Su relaci?n con Cristo es esencialmente esponsal, aunque no ignora los dem?s tipos de relaci?n. La Carta I a In?s de Praga no deja duda alguna al respecto; puede advertirse justamente c?mo Clara desarrolla este tema en raz?n de las circunstancias: In?s, en vez de unirse en matrimonio al emperador, ha preferido unirse al ?Esposo del m?s noble linaje?. De ah? derivan una serie de expresiones metaf?ricas: ?Su poder es m?s fuerte, su generosidad m?s alta, su aspecto m?s hermoso, su amor m?s suave, y todo su porte m?s elegante. Y ya os abraza estrechamente Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas, y ha puesto en vuestras orejas por pendientes unas perlas de inestimable valor, y os ha cubierto con profusi?n de joyas resplandecientes, envidia de la primavera, y os ha ce?ido las sienes con una corona de oro, forjada con el signo de la santidad? (1CtaCl). El tema de los desposorios espirituales, que Teresa de ?vila tratar? ampliamente, se hab?a generalizado entre los m?sticos a partir de san Bernardo.

Y en Clara, como en Teresa, parece ser dominante. In?s es ?esposa del Rey..., esposa y reina..., que se ha desposado..., que se une..., que ha elegido al Rey...? (cf. 4CtaCl; 3CtaCl; 2CtaCl; etc.). Y espont?neamente repite el?Cantar de los cantares:???Atr?eme! ?Correremos a tu zaga al olor de tus perfumes, oh Esposo celestial! Correr? y no desfallecer? hasta que me introduzcas en la bodega, hasta que tu izquierda est? bajo mi cabeza y tu derecha me abrace deliciosamente, y me beses con el ?sculo felic?simo de tu boca? (4CtaCl).

La terminolog?a adoptada por Clara no dimana exclusivamente de una cultura. Se enra?za en la experiencia fundamental de los grandes orantes de todos los tiempos, desde el Antiguo Testamento; Clara revive las etapas de la b?squeda de Dios, que culminan en la uni?n. Pero, al igual que en los grandes m?sticos, su experiencia pasa por Cristo y en ?l se basa.

La imagen del espejo, con sus much?simas connotaciones, es central en la damianita.

Cristo el Se?or es ?esplendor de la eterna gloria, reflejo de la luz perpetua y espejo sin mancilla? (4CtaCl). La Carta IV a In?s de Praga est? enteramente construida sobre la met?fora del espejo y el acto de contemplaci?n de la monja. ?Un artificio literario? No s?lo eso; es, m?s bien, el intento de expresar con esa imagen una realidad percibida, pues el tema del espejo est? ya insinuado en la Carta III: ?Fija tu mente en el espejo de la eternidad..., fija tu coraz?n en la figura de la divina sustancia? (3CtaCl). Cristo, icono del Padre, encarnaci?n de Dios, nos conduce a ?l, nos revela su Rostro. Hay que subrayar la coherencia de la experiencia de Clara: el Hombre-Dios es el Ni?o y el Crucificado, y tambi?n el Rey de la Gloria, el Se?or. La realeza de Cristo brota de la naturaleza de su relaci?n con el Padre. Y Clara insin?a las v?as de la uni?n, que los maestros del Carmelo explicitar?n m?s tarde.

De hecho, cuando escribe: ?Observa, considera, contempla, con el anhelo de imitarle? (2CtaCl), se est? refiriendo al misterio de la Pasi?n, y tambi?n al misterio del Cristo Total. Recomienda la meditaci?n de la pasi?n y de la vida de Jes?s, la simple mirada posada sobre ?l (pi?nsese en la importancia que la mirada tiene en Teresa de Lisieux: ?Jes?s y la pobrecita Teresa se miraron y comprendieron?), la imitaci?n con la?sequela Christi, el seguimiento de Cristo -experiencia radical de la pobreza espiritual que nos vac?a de nosotros mismos para acogerlo-, la contemplaci?n que conduce a la uni?n transformante.

Los textos son elocuentes, y no necesitan comentario: ?Fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria, fija tu coraz?n en la figura de la divina sustancia, y transf?rmate toda entera, por la contemplaci?n, en imagen de su divinidad? (3CtaCl). Y tambi?n: ?Mira diariamente este espejo y observa constantemente en ?l tu rostro... Mira al comienzo de este espejo la pobreza de Aquel que fue colocado en un pesebre... Y en el centro del espejo considera la humildad, compa?era de la bienaventurada pobreza... Y en lo m?s alto del espejo contempla la inefable caridad, por la que quiso padecer en el le?o de la cruz y morir... El mismo espejo, colocado en el ?rbol de la cruz, se dirig?a a los transe?ntes para que se pararan a meditar... Contempla, adem?s, sus inexpresables delicias, sus riquezas y honores perpetuos...? (4CtaCl).

El tema del espejo le permite expresar la totalidad del misterio de Cristo, tal como Clara lo entiende. La contemplaci?n del Hijo del Alt?simo es apertura al Reino; anhelante, el alma sale de s? misma. Pero la uni?n se produce tambi?n -la hija del Pobrecillo no puede ignorarlo- adentr?ndose en lo m?s profundo de s? misma, all? donde Dios mora, en la celda interior, como dir? Francisco a sus hermanos (LP 108h; EP 65g). Ambos impulsos, ascendente y descendente, hacia fuera y hacia la interioridad del alma -el ?Castillo interior? de Teresa- son inseparables y evidencian dos aspectos de una misma realidad. Con todo, mientras el impulso hacia fuera de uno mismo parece simbolizado en Clara por la imagen de los ?desposorios? -en tanto que la ?bodega? del?Cantar de los cantares?indica la interiorizaci?n-, la bajada a lo ?ntimo de s? parece simbolizada por la imagen de la maternidad. La uni?n, en este caso, se expresa con t?rminos de parto: como Mar?a, el alma acoge, contiene, da a luz a Jes?s: ?A aquel Hijo del Alt?simo, dado a luz por la Virgen, la cual sigui? virgen despu?s del parto. Adhi?rete a su Madre dulc?sima, que engendr? un tal Hijo: los cielos no lo pod?an contener, y ella, sin embargo...? (3CtaCl). ?La gloriosa Virgen de las v?rgenes lo llev? materialmente: t?, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre, fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal...? (3CtaCl). Este es un tema predilecto de Francisco, que lo desarrolla, aplic?ndolo a sus hermanos, en las Cartas a los fieles (1CtaF I,8-10 y en 2CtaF 50-53); Clara s?lo lo insin?a, sin detenerse en la fraternidad con Jes?s.

En la uni?n, el alma experimenta la inhabitaci?n trinitaria y, ?por la gracia de Dios?, se torna m?s grande que el cielo: ?De ese modo contienes en ti a quien te contiene a ti y a los seres todos, y posees con ?l el bien m?s seguro...? (3CtaCl).

Cristo conduce al Padre: reaparece el doble movimiento, esto es, la inhabitaci?n y el impulso hacia el Reino, que es la Trinidad. Clara no se evade en una escatolog?a ilusoria, desencarnada. El Reino contemplado en el espejo, que es Cristo, est? ya presente, dentro de nosotros.

El estado del alma llamada ?por el Esp?ritu? es ?la alegr?a en el Esp?ritu?: ?Alegraos vos y saltad de j?bilo, colmada de alegr?a espiritual y de inmenso gozo? (1CtaCl), porque en Cristo hemos sido llamadas por el Padre ?para ofrecerle multiplicado el talento recibido? (TestCl). La llamada, desde su origen hasta su t?rmino, se hace en y con la moci?n del Esp?ritu. Como es sabido, Francisco llama a las damianitas esposas del Esp?ritu Santo, hijas del Alt?simo (FVCl), vocablos con los que designa, y que convienen por antonomasia, a Mar?a (cf. OfP Ant).

La devoci?n de Clara a la Virgen no es s?lo filial: la contemplativa es un ser eminentemente mariano. El realismo espiritual de Clara es semejante al del Pobrecillo. Del mismo modo que Mar?a es figura de la Iglesia -Mar?a y Juan est?n a los pies del Cristo crucificado de San Dami?n-, la contemplativa es un ser eclesial y tiene una dimensi?n netamente misionera. ?Ve y repara mi Iglesia?, le dijo Cristo a Francisco. Y ?ste, como nos recuerda Clara, profetiz? de las Damas Pobres en estos t?rminos: ?Venid y ayudadme en la obra del monasterio de San Dami?n, pues con el tiempo morar?n en ?l unas se?oras, por cuya famosa y santa vida religiosa ser? glorificado nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia? (TestCl). Conocido es, adem?s, el deseo de la joven abadesa de ir entre sarracenos para sufrir el martirio (cf. Proceso VI,6; VII,2).

La referencia a la misi?n no es ocasional, pues aparece varias veces en sus Escritos. La hermana que se empe?a en observar el santo Evangelio es para Clara ?cooperadora del mismo Dios y sustentadora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable? (3CtaCl); la m?s m?nima negligencia repercute en el cuerpo entero. Pi?nsese en el texto en que Isa?as describe el papel del centinela sobre las murallas (cf. Is 21,8; 62,8). Pi?nsese en la comprensi?n que de la vida contemplativa ten?a Teresa de Lisieux. El Testamento de Clara nos hace una ?ltima recomendaci?n: ?Por consiguiente, si hemos entrado por la v?a del Se?or, cuid?monos de no apartarnos jam?s de la misma en modo alguno por nuestra culpa, negligencia o ignorancia, para no inferir injuria a tan gran Se?or y a su Madre la Virgen, y a nuestro bienaventurado padre Francisco, y a la Iglesia triunfante y militante? (TestCl).

La relaci?n con las hermanas que de aqu? se deriva reviste numerosos aspectos complementarios, pero tiene su origen en Cristo. Al igual que Cristo es el espejo del Padre, el alma-esposa que lo contempla se transforma en ?l, se convierte a su vez en espejo, en primer lugar para sus propias hermanas: ?Pues el mismo Se?or nos puso a nosotras como modelo para ejemplo y espejo no s?lo ante los extra?os, sino tambi?n ante nuestras hermanas [de otros monasterios] que fueron llamadas por el Se?or a nuestra vocaci?n, con el fin de que ellas, a su vez, sean espejo y ejemplo para los que viven en el mundo? (TestCl). El amor fraterno, esencial en Francisco y en Clara, es b?sicamente teologal. Debe subrayarse esto con fuerza a fin de evitar interpretaciones reductivas. La famosa recomendaci?n del Pobrecillo a sus hermanos a que ?se amen mutuamente? (TestS 4), tiene su punto de arranque en la palabra evang?lica: ?Este es el mandamiento m?o: que os am?is los unos a los otros como yo os he amado? (Jn 15,12). Toda hermana es ?templo del Esp?ritu?, icono de Cristo; su mutuo amor es, por tanto, escribe Clara en la Regla, superior al amor seg?n la carne y la sangre (cf. RCl 8). Estamos muy lejos de la mera amistad fraterna, del simple cari?o, por muy fuertes y leg?timos que sean: dones de Dios, necesarios como efusi?n normal de las energ?as del coraz?n, revelan estar radicados en la Caridad, el ?gape, en tanto en cuanto estimulan a las hermanas a crecer en el Esp?ritu, a devolver al Padre, multiplicado, el talento recibido.

Y estas mujeres que no se eligieron mutuamente, que provienen de horizontes sociol?gicos y culturales distintos, se reciben unas a otras como don de Dios. Son madres, hermanas de Cristo e hijas del Padre; son, pues, rec?procamente, madre, hermana e hija: ?madre m?a e hija m?a?, le escribe Clara a In?s (4CtaCl). Ellas, que juntas viven ya el Reino, hostias ?santas y agradables?, crucificadas con Cristo, son signos visibles de la victoria del Resucitado. El amor fraterno se vuelve signo prof?tico en la Iglesia. El espejo multiplica al infinito el rostro de Cristo, reflejo de la luz increada; las hermanas son, a su vez, modelo y espejo ?para los que viven en el mundo? (cf. TestCl). El monasterio es irradiaci?n del amor; es, por su misma existencia, misionero en la Iglesia.

Cuando Clara pide a sus hijas que manifiesten exteriormente con sus obras el amor que interiormente se tienen (TestCl) -Teresa de ?vila dir?: ?Obras son amores?-, lo que hace es caminar en el sentido de la encarnaci?n: la obra de amor revela lo invisible; es, como el sacramento, revelaci?n de la realidad invisible. Tal vez no se haya subrayado debidamente el sentido de los gestos en la hija de Francisco: la abluci?n de los pies de las hermanas limosneras, el levantarse durante la noche para tapar a sus hermanas que duermen, etc. (cf. Proceso I,12; II,3; III,9; etc.). El amor transformante de Cristo le revela hasta qu? punto su hermana, templo del Esp?ritu, es sagrada. Qu? grande es el celo de Clara para que la hermana que ha recibido una vocaci?n tan grande en la Iglesia pueda realizar la llamada de Dios.

Posiblemente nadie ha comprendido y realizado mejor que Clara las intuiciones fundamentales de Francisco. Los Escritos iluminan la intensa riqueza de su vida, de su ascensi?n hacia Dios. Cristo la condujo al Padre, le revel? los secretos del Reino: ??Ves t? al Rey de la Gloria, al que yo estoy viendo??, pregunta a una de sus hijas, instantes antes de morir (Proceso IV,19). El tiempo se abre a la eternidad. Su sed de Dios, siempre intensa, va a ser finalmente aplacada. Profundamente mariana, se conf?a al Amor con una total confianza: ?Vete segura en paz, porque tendr?s buena escolta: el que te cre?, antes te santific?, y despu?s que te cre? puso en ti el Esp?ritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama?. Como le preguntara una hermana con qui?n estaba hablando, Clara le respondi?: ?Hablo a mi alma? (Proceso III, 20 y 22).

Profundamente humilde y libre, enteramente purificada, Clara puede, al igual que Mar?a, contemplar y cantar en su Magn?ficat las maravillas que en ella hizo el Alt?simo: ?Si' tu benedetto, Signore, lo quale me hai creata!?, ??Bendito seas T?, Se?or, porque me has creado!? (Proceso III,20).

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XVI, n. 46 (1987) 52-58]

por Sor Mar?a Isabel, o.s.c.


Publicado por mario.web @ 15:31
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