S?bado, 19 de febrero de 2011

La fama atrae. Ser conocido, ser apreciado, ser acogido, influye profundamente en el coraz?n de cada ser humano.

Luego, tras la muerte, algunos se convierten en personajes famosos, con estatuas, con bi?grafos, con novelas, con calles y diccionarios que recuerdan lo que hicieron, lo que dijeron, lo que pensaron.

Junto a los famosos (h?roes, pol?ticos, l?deres populares, militares, pensadores, artistas, escritores, fil?sofos, deportistas, cient?ficos), existen millones y millones de seres humanos, sin reconocimientos, sin historia, sin fama.

El alma queda sobrecogida cuando pasea por cementerios en los que fosas comunes recogen decenas o centenares de cad?veres de personas del pasado, sin nombres, sin fechas, sin reconocimientos. Pero cada uno de esos hombres y mujeres, enterrados sin gloria (sin m?rmol, sin flores) tienen su peque?a historia, vivieron y murieron en tiempos y en lugares concretos, caminaron sobre nuestros suelos y avanzaron hacia lo eterno.

Los bi?grafos y los estudiosos olvidan muchas veces a esos millones de muertos an?nimos, mientras buscan reconocer e ?inmortalizar? a los ?grandes?, a los famosos. Pero existe el riesgo de olvidar que las glorias de muchos hombres y mujeres son fr?giles, son pobres, son incluso enga?osas, sin esa ?ltima palabra que se escribe tras la muerte: la eternidad.

Porque de nada sirven glorias de papel si un coraz?n no ha sabido amar ni ha podido perdonar a sus semejantes. En el Reino de los cielos los par?metros de juicio son muy diferentes a los nuestros, y la entrada tiene condiciones estrictas que se satisfacen con algo mucho m?s importante que la fama.

Por eso, lo ?nico que realmente importa en la vida es tomar el Evangelio, descubrir un Amor que puede vencer el mal, pedir perd?n por los propios pecados, confiar en la misericordia, y reemprender el trabajo sereno, humilde, que nos hace hombres y mujeres buenos.

Los dem?s triunfos y aplausos se desvanecen, como cenizas dispersadas por el viento, mientras que el cielo est? poblado por hombres, famosos o sin fama, que escogieron la mejor parte, que aceptaron ser lavados por la Sangre del Cordero.


Publicado por mario.web @ 8:59
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