S?bado, 19 de febrero de 2011


Nuestro coraz?n est? herido por el pecado, nuestra mente vive dispersa en mil distracciones vanas, nuestra voluntad flaquea entre el bien y el mal, entre el ego?smo y el amor.

?Qui?n nos salvar?? ?Qui?n nos apartar? del pecado y de la muerte? S?lo Dios. Por eso necesitamos acercarnos a ?l para pedir perd?n.

Pero, entonces, ??qui?n subir? al monte de Yahveh?, ?qui?n podr? estar en su recinto santo?? S?lo alguien bueno, s?lo alguien santo: ?El de manos limpias y puro coraz?n, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con enga?o jura? (Sal 24,3-4).

Sabemos qui?n es el que tiene las manos limpias, qui?n es el que tiene un coraz?n puro, qui?n puede rezar por nosotros: Jesucristo.

Jesucristo puede presentarse ante el Padre y suplicar por sus hermanos los hombres. Es el verdadero, el ?nico, el ?Sumo Sacerdote seg?n el orden de Melquisedec? (Hb 5,10; 6,20). Es el aut?ntico ?mediador entre Dios y los hombres? (1Tm 2,5), como explica el ?Catecismo de la Iglesia Cat?lica? (nn. 1544-1545).

Cristo es el ?nico Salvador del mundo. De un modo personal, profundo, quiere ser, tambi?n, mi Salvador.

Celebrar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos llena de alegr?a. El altar recibe la Sangre del Cordero. El Sacerdote que ofrece, que se ofrece como V?ctima, es el Hijo de Dios e Hijo de los hombres. El Padre, desde el cielo, mira a su Hijo, el Cordero que quita el pecado del mundo, el Sumo Sacerdote que se compadece de sus hermanos.

El pecado queda borrado, el mal ha sido vencido, porque el Hijo entreg? su vida para salvar a los que viv?an en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,79).

Podemos, entonces, subir al monte del Se?or, acercarnos al altar de Dios, participar en el Banquete, tocar al Salvador.

Como en la ?ltima Cena, Jes?s nos dar? su Cuerpo y su Sangre. Como a los Ap?stoles, lavar? nuestros pies, y nos pedir? que le imitemos: ?Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve? (Lc 22,27). ?Porque os he dado ejemplo, para que tambi?n vosotros hag?is como yo he hecho con vosotros? (Jn 13,15).

Ese es nuestro Sumo Sacerdote, el Cordero que salva, el Hijo amado del Padre. A ?l acudimos, cada d?a, con confianza: ?Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado.

Acerqu?monos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna? (Hb 4,15-16).


Publicado por mario.web @ 9:00
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