Domingo, 20 de febrero de 2011

En una obra del escritor brasile?o Pedro Bloch encuentro un di?logo con un ni?o que me deja literalmente conmovido.

- ?Rezas a Dios? -pregunta Bloch.

- S?, cada noche -contesta el peque?o.

- ?Y que le pides?

- Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Y ahora soy yo quien me pregunto a m? mismo qu? sentir? Dios al o?r a este chiquillo que no va a ?l, como la mayor?a de los mayores, pidi?ndole dinero, salud, amor o abrum?ndole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teol?gicamente no es muy correcta. Porque, ?qu? va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ?qu? puede tener que dar este ni?o que, para darle algo a Dios, precisar?a ser mayor que El?

Y, sin embargo, qu? profunda es la intuici?n del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido ?necesitar? de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiraci?n, sumisi?n. Pero que s?lo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el d?a de la Creaci?n, El, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboraci?n del hombre para casi todo. Y empez? por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creaci?n y todo cuanto en la tierra suceder?a.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayor?a de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que era tarea nuestra mejorar y arreglar.

Yo entiendo, claro, la oraci?n de s?plica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendi?ndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mi que, si la mayor?a de las veces que los creyentes rezan lo hicieran no para pedir cosas para ellos, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendr?amos ya una tierra mucho m?s habitable.

Con la Iglesia ocurre tres cuartos de lo mismo. No hay cristiano que una vez al d?a no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por ?Iglesia? el Papa y los obispos. ?Si ellos vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habr?a hambre en el mundo?. ?Si los obispos fueran m?s accesibles y los curas predicasen mejor, tendr?amos una Iglesia fascinante?. Pero ?cu?ntos se vuelven a la Iglesia para echarle una mano?

En la ?Antolog?a del disparate? hay un chaval que dice que ?la fe es lo que Dios nos da para que podamos entender a los curas?. Pero, bromas aparte, la fe es lo que Dios nos da para que luchemos por ella, no para adormecernos, sino para acicateamos.

?Dios -ha escrito Bernardino M. Hernando- comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades?. El coge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores como El. Y por eso es tan apasionante esta cosa de ser hombre y de construir la tierra.

Por eso me desconcierta a mi tanto cuando se sit?a a los cristianos siempre entre los conservadores, los durmientes, los atados al pasado pasad?simo. Cuando en rigor deb?amos ser ?los esperantes, los caminantes?. Theillard de Chard?n dec?a que en la humanidad hab?a dos alas y que ?l estaba convencido de que ?cristianismo se halla esencialmente con el ala esperante de la humanidad?, ya que ?l identificaba siempre lo cristiano con lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado.

Claro que habr?a que empezar por definir qu? es lo progresivo y qu? lo que se camufla tras la palabra ?progreso?. Tambi?n los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atr?s.

De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Es progresivo todo lo que va en la misma direcci?n en la que Dios cre? el mundo. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa direcci?n.

Pero tambi?n es muy claro que la soluci?n no es llorar o volverse a Dios mendig?ndole que venga a arreglarnos el reloj que se nos ha atascado. Lo mejor ser?, como hac?a el ni?o de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay m?s que suficiente para arreglar el mundo.


Jos? Luis Mart?n Descalzo, "Razones para vivir".


Publicado por mario.web @ 18:18
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