Martes, 22 de febrero de 2011

El coraz?n est? herido. Por los propios pecados, por envidias profundas, por rencores que duran a?os, por miradas que nos reprochan faltas reales o delitos nunca cometidos.

Ante los dolores de la vida, ante las penas que carcomen el alma, ansiamos una luz, una mano amiga, una rendija de esperanza.

Hay dolores que hunden, que destrozan vidas. Hay dolores que se convierten en heridas abiertas en continua supuraci?n. Hay dolores que provocan autocompasiones que destruyen.

En esos momentos, necesitamos abrir la mente a una verdad que salva: Cristo no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (cf. Lc 5,32).

En vez de dejar al mal destruir mi vida, necesito abrir una rendija a Dios. S?lo entonces Cristo podr? venir a mi casa, cenar conmigo, derramar el aceite de la misericordia sobre mis heridas, sacar mi alma de pesimismos enfermizos.

Abrir una rendija a Dios es posible siempre. Basta con recordar que el Maestro no ha dejado a los hombres. Cristo sigue en los mil caminos de la historia humana, tras las huellas de cada oveja perdida. Sigue tras mis pasos, respetuoso, en silencio, pero con un amor que quema, que purifica, que sana.

Hoy puedo abrirle la puerta de mi alma. Entonces Jes?s entrar?. Me dar? fuerzas para llorar mis pecados con l?grimas confiadas. Me impulsar? a invocar y acoger su misericordia en el sacramento de la confesi?n. Me ayudar? a perdonar y a pedir perd?n a quien haya herido con mis actos ego?stas. Me invitar?, revestido con una t?nica blanca, a participar, ya aqu? en la Tierra, en el gran banquete de la alegr?a de los cielos.


Publicado por mario.web @ 6:31
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