Martes, 22 de febrero de 2011

Dos monjes emprendieron el viaje por una zona medio des?rtica de Egipto. Se les acab? el agua, y no consiguieron encontrar ning?n pozo en las cercan?as.

Despu?s de un tiempo, uno de los dos monjes muri?. El otro, sin fuerzas, qued? en el suelo mientras esperaba la llegada de la muerte.

San Antonio abad estaba en la monta?a. En la oraci?n pudo conocer lo que ocurr?a. Llam? a dos monjes que estaban cerca y les dijo que fueran inmediatamente a llevar un jarro de agua al superviviente.

Cuando los dos monjes llegaron, dieron de beber al que yac?a casi sin fuerzas, y enterraron al que hab?a fallecido.

Un monje fue ?salvado?. El otro muri?. San Atanasio (un obispo del siglo IV), al contar la historia en su ?Vida de san Antonio abad?, se pone ante quien pueda formular la pregunta: ?por qu? san Antonio no habl? antes, de forma que los dos monjes viajeros hubieran recibido el agua necesaria para sobrevivir?

Atanasio responde sin dudar: la pregunta es injustificada, porque la muerte del monje viajero no depend?a de Antonio, sino de Dios.

Es Dios, en efecto, quien dice qui?n, cu?ndo y c?mo muere, y qui?n, cu?ndo y c?mo recibe un poco m?s de vida. A uno de los monjes le lleg? la hora de partir al encuentro del Se?or. Al otro, en cambio, Dios le dio un poco m?s de vida, a trav?s del milagro realizado a trav?s de san Antonio.

Lo que pas? en el desierto ocurre tantas veces en la vida humana: uno se salva de un accidente, mientras que otro muere. Uno se cura del c?ncer, mientras que otro fallece a los pocos meses (o d?as). Uno consigue salir airoso de una pulmon?a doble, y otro sucumbe cuando le llega la gripe ?ordinaria?.

Ante esas diferencias, hay quienes se preguntan: ?no es injusto Dios? ?Por qu? a uno da m?s tiempo de vida y a otro lo llama a su Presencia? ?No podr?a ser m?s ?equitativo??

La pregunta, nos dir?a san Atanasio, est? viciada en su origen. No nos toca a nosotros conocer los tiempos de Dios, ni cu?ndo llegar? la hora.

No tiene sentido, por tanto, preguntar: ?por qu? san Antonio no hizo el milagro para los dos? Porque los milagros no dependen de los hombres, sino de Dios. Dios es quien decide cu?ndo llega la hora para cada uno.

Esa historia sencilla de los primeros monjes de Egipto, contada por san Atanasio, nos ayuda a recordar una de las ense?anzas constantes de san Antonio: al levantarse, hemos de vivir como si no fu?semos a llegar a la noche; y al acostarse hemos de pensar que quiz? no llegaremos a ver el siguiente amanecer. O, en palabras del Evangelio, hemos de estar siempre en vela, porque no sabemos ni el d?a ni la hora (cf. Mt 25,13).


Publicado por mario.web @ 6:53
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios