Mi?rcoles, 23 de febrero de 2011

Corremos el riesgo de sustituir la conciencia hist?rica ?que trata de aprender con lo bueno y lo malo? por una memoria que insiste ?nicamente en marcar los rasgos negros de aquellos que considera contrarios a la meta que a s? misma se ha propuesto su

An?lisis Digital, 22/07/10 - En cierta ocasi?n me han hecho la pregunta de si la Leyenda Negra sigue existiendo. Esta demanda me hizo reflexionar un poco sobre este tema que tanto nos preocupa a los historiadores: constantemente nos encontramos, en ensayistas y novelistas, un reflejo de la misma. Y todav?a hoy son muchos los espa?oles que siguen creyendo en ella. Pues, como se?ala con acierto Carmen Iglesias, no es necesario que una noticia sea verdadera para que sea cre?da. La leyenda se gest? de una manera especial en el siglo XVII como veh?culo de propaganda en un momento en que Europa se debat?a en medio de un conflicto cuyas ra?ces se hallaban en lo m?s hondo del pensamiento, ya que se trataba de demostrar que Espa?a, parte de la Casa de Habsburgo, no ten?a raz?n. Y las cosas fueron tan lejos que en la Enciclopedia, en el art?culo referido a Espa?a, parec?a llegarse a la conclusi?n de que Europa hubiera sido m?s feliz en el caso de que Espa?a no hubiera existido. ?sta es la causa, y no otra, de que el Gobierno espa?ol tuviera que poner el veto sobre esta magna obra.

Pues bien, las leyendas negras, que se repiten en muchos casos a lo largo de la Historia ? pi?nsese en lo que se ha dicho de Alemania en el siglo XX? no son otra cosa que modos de formular una memoria hist?rica, capaz de desvirtuar la conciencia. Basta con ello: hacemos una selecci?n y aislamos los males, da?os o errores que nos conviene destacar fabricando de este modo un argumento que permita desvirtuar absolutamente al enemigo. Olvido que los alemanes evitaron la destrucci?n de Par?s y Roma, y de este modo puedo borrar tambi?n de la memoria los terribles bombardeos de Hamburgo o de Leipzig. En el caso espa?ol se atribuyen a nuestro pa?s tres defectos sustanciales: la recluta de mercenarios con da?o para las poblaciones afectadas por la guerra, la inquisici?n, que ahora se falsea como si fuese una especie de Gestapo o KGB, y el sometimiento de poblaciones, ignorando que Espa?a es la creadora de casi veinte naciones que hoy forman un orgullo en el mundo.

No se trata ?nicamente de deshacer calumnias ni de reiterar errores; la tarea de un historiador consiste en exponer las cosas exactamente como fueron. Pero uno de los defectos de las ?ltimas generaciones consiste sobre todo en reincidir en esas tendencias suplantando la verdad por el error en la manera que a las ideolog?as pol?ticas conviene. No cabe duda de que la Inquisici?n, que part?a de un deseo correcto, impedir que los poderes pol?ticos se valiesen de los delitos de herej?a para eliminar a sus enemigos pol?ticos, incurr?a en un defecto, que no ser?a corregido hasta mediados del siglo XVII: la Iglesia es un instrumento de perd?n y reconciliaci?n; no puede desviarse hacia la represi?n sin causarse da?o a s? misma. Pero esto no nos autoriza a abrazar con calor las negras tintas de las que ahora pretendemos servirnos.

Veamos el caso de dos grandes cient?ficos, Miguel Server y Galileo Galilei. Server, importante descubridor de la circulaci?n de la sangre, fue denunciado ante la Inquisici?n de Lyon, en Francia. Mientras esperaba que pudiera incoarse el proceso record? que hab?a tenido estrecha amistad con Juan Calvino, el hugonote que ahora gobernaba en Ginebra como un aut?ntico dictador, someti?ndolo todo a su voluntad pol?tica, y a esta ciudad se traslad? esperando para ?l una adecuada protecci?n. Pero Calvino decidi? declararle heresiarca envi?ndole a la hoguera sin que tuviera, como el obispo Carranza y tantos otros, una posibilidad de apelaci?n. El poder pol?tico se cierra sobre s? mismo.

La Iglesia ha reconocido recientemente el ?error? cometido con Galileo, a quien se acusaba de pretender someter la fe a la ciencia, olvidando que ?sta consigue evidencias ciertas pero debe estar humildemente preparada para que sus descubrimientos pudieran revisarse. Los jueces cometieron el error de pretender intervenir en un tema que escapaba a su grado de conocimiento cient?fico. Pero a Galileo se exigi? solamente una especie de vago arrepentimiento y pudo acabar sus d?as en una villa que pose?a en las afueras de Florencia, rodeado de sus instrumentos y consol?ndose a s? mismo con la frase que conocemos: ?y sin embargo se mueve?. Claro es que hoy ya no aceptamos otro de los supuestos de entonces, ya que el Universo es finito y el tiempo tiene su nacimiento en ese big bang del que nos separan unos cuantos millones de a?os.

La peor de las consecuencias, en el caso espa?ol, es que somos nosotros, los hispanos, los que parecemos mejor dispuestos a creer todas aquellas difamaciones y calumnias que en la mayor parte de los casos nada tienen que ver con la realidad. Vemos una pel?cula y estamos dispuestos a aceptar como buenos todos los tejidos que forman el claroscuro de la leyenda. No hemos pensado por ejemplo que en el siglo XVII, caracterizado en Europa por guerras terribles en las que se lleg? a grados de crueldad inimaginables, en los virreinatos americanos predominaba la paz, excepto en lo que se refer?a a los corsarios y bucaneros venidos de lejos. No recomiendo en modo alguno que prescindamos del conocimiento de da?os: pero hemos de situarlos tambi?n en paralelo con los beneficios. Y s?lo Roma, con su Imperio, puede llegar a compararse con Espa?a en la labor de educaci?n y fomento de una nueva sociedad a la que ahora aguarda un futuro importante.

Corremos el riesgo de sustituir la conciencia hist?rica ?que trata de aprender con lo bueno y lo malo? por una memoria que insiste ?nicamente en marcar los rasgos negros de aquellos que considera contrarios a la meta que a s? misma se ha propuesto su ideolog?a. Durante algunos a?os pareci? que Europa iba a librarse de algunos de los peores da?os que sufriera por causa de aquello que laudatoriamente Lenin definiera como totalitarismo, es decir, sometimiento ?total? de la persona del Estado y de ?ste a su vez al partido dominante. La Uni?n Europea, que sus grandes creadores imaginaron como un modo de ser y de perdonar, buscando la reconciliaci?n entre las naciones, sin resentimientos a causa de un pasado que debe servir de lecci?n pero no de rencor, parece absorberse ?nicamente en las preocupaciones econ?micas. No es que ?stas carezcan de importancia, pero es imprescindible invertir los t?rminos volviendo a la doctrina moralizante del cristianismo. La c?lula social por excelencia es la familia, no el Estado, y los bienes materiales, sin dejar de ser bienes, son ?nicamente medios al servicio del hombre. Ahora presentamos como un gran logro la consolidaci?n de una empresa que garantiza grandes ganancias pero deja sin trabajo, es decir, sin la propiedad m?nima que permite sostener a una familia, a miles de personas. Y a esto lo llamamos progreso.

Luis Su?rez es miembro de la Real Academia de la Historia.

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Publicado por mario.web @ 8:38
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