Mi?rcoles, 23 de febrero de 2011

Llegu? al Collado del Acebal en tiempo de lluvias. Nunca hab?a visto caer tanta agua en tan poco tiempo, as? que enseguida coment? a todos mi asombro ante los torrentes que pasaban ante nosotros deslavando los campos y convirtiendo los caminos en aut?nticos r?os.?

Sin embargo las monta?as y los valles estaban muertos y parec?an amasados de fango y tristeza. No pude ocultar por m?s tiempo mi perplejidad:

- ?Por qu? no est?n verdes los valles y las monta?as si cae tanta agua?

Y uno de los m?s ancianos me dio una palmada en la espalda y me dijo:

- El agua es muy buena, pero ahora es violenta. Espera y ver?s.

Esperar no fue f?cil. Los truenos estallaban por las noches con tal ?mpetu como si una manada de bisontes galopara por el tejado. Fuera s?lo hab?a agua y m?s agua. Pero, como dijo el anciano, era un agua voraz, m?s insoportable para los campos que el sol del desierto? pero era agua, s?lo agua.

A los pocos d?as amain? el temporal y, al pasar la ?poca de lluvias, una gran serenidad se adue?? del clima. El sol sal?a y se ocultaba trazando en el cielo un recorrido limpio de nubes. As?, en medio de la calma y de la paz, la regi?n floreci? y se convirti? en un vergel como nunca antes hab?a visto.


Nuestra alma no necesita s?lo agua, sino la serenidad y la paz que da el silencio. Nada florecer? en quien no vive en paz.


Publicado por mario.web @ 18:28
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