Jueves, 24 de febrero de 2011

?Podemos hablar de la inocencia de los ni?os, que arranc? a Jes?s aquel grito cuyos ecos no se apagan nunca: dejad que los ni?os vengan a m??... Pues, s?. Vamos a hablar de esa inocencia y de la inocencia nuestra, de la que nos corresponde a nosotros como mayores. Todo me lo ha sugerido el principio de un art?culo que he le?do en una revista, y que me permito traer aqu? con el supuesto permiso del generoso autor, al que desde ahora doy las gracias por su preciosa sugerencia.?

Quisiera transmitirles a ustedes la sonrisa de mis labios, la complacencia de mis ojos y la alegr?a de todo mi semblante, que experiment? al emborronar las primeras l?neas de este art?culo para nuestra revista. Porque no lo hice en la mesa de mi cuarto, sino en la banca de piedra de un gran parque, mientras me llegaba la hora de tomar el bus.?

A mi derecha, y domin?ndolo todo, estaba la mole de una gran iglesia; y, a la izquierda, se gozaba del sol ya casi poniente, que inundaba de luz, de paz, de amor y de piedad sentida aquel bello atardecer.?

Centenares y centenares de palomas se paseaban por el piso empedrado o revoloteaban por el aire. Hasta que una ni?a encantadora, de unos tres a?itos, se arrancaba de las rodillas de su madre y co-menzaba a esparcir las migajas de pan de que ya ven?a provista.?

No se necesita mucha imaginaci?n para figurarse el espect?culo.?

Todas las innumerables palomas se arremolinaron de repente en un reducido espacio, y pronto se sumaron unos seis o siete ni?os m?s, con las bolsas de migas que fueron a comprar. Y all? jugaban juntos ni?os y palomas, sin que les asomaran las ganas de acabar ni a los unos ni a las otras...?


Ha valido la pena la descripci?n algo larga de una escena que todos hemos contemplado mil veces, y no s?lo el autor del art?culo. Pero ahora queremos penetrar en el sentido profundo que esconden estos hechos tan deliciosos de la naturaleza. Los vemos, y no solemos discurrir sobre ellos.?

?Qu? bien que se casan --podemos pensar-- el candor del ni?o y la paz de la paloma! Esa paz y ese candor, que, cuando los sabemos vivir los mayores, son la luz suave de un sol tibio y una caricia de Dios...?

Inocencia y paz. Dos palabras que debieran resumir --como el de los ni?os y las palomas-- todo nuestro quehacer diario.?

Inocencia, que es lo mismo que decir: incapacidad de hacer el mal. Dejamos de ser ni?os inocentes cuando crecemos y empezamos a obrar lo que no debemos.?

Y entonces precisamente comienza tambi?n la tragedia de la p?rdida de la paz, que no anida en el coraz?n desviado.?

?Diremos, sin embargo, que una persona mayor es incapaz de conservarse inocente, y, por lo mismo, que no puede gozar tampoco de una paz profunda??

Esto no lo podemos decir en modo alguno. Jes?s nos propone al ni?o como ejemplo que los mayores hemos de imitar, para vivir a plenitud el Reino de Dios. Lo que el ni?o hace espont?neamente por su edad, nosotros los mayores lo hacemos por virtud.?

Tenemos en la Historia de la Iglesia un hecho famoso.?

Escol?stica viv?a su consagraci?n a Dios en un convento cercano al primer monasterio fundado por su hermano, el gran San Benito. Y Benito estaba aquella tarde contemplando el cielo hacia donde se levantaba el convento de su santa hermana. De repente, ve c?mo sale por una de las ventanas una paloma blanqu?sima, que se remontaba hacia las alturas, hasta desaparecer en lo m?s profundo del cielo.?

El gran Papa San Gregorio Magno, antes monje benedictino, al contarnos este hecho tan tierno y conmovedor, hace este autorizado comentario:?
- Dios lo hizo as? para demostrar la vida inocente de aquella mujer singular.?
La inocencia de Escol?stica --decimos nosotros--, y la nuestra tambi?n.?
Porque tambi?n nosotros, los mayores, podemos y queremos ser inocentes.?
Pues no se trata de no conocer el mal, sino de no hacerlo.?

O, una vez hecho, nos sabemos volver a ese Dios que es capaz de hacer de nosotros una nueva creaci?n, cuando echamos de nosotros las tinieblas procaces y nos vestimos de la luz inocente...?

Esto nos trae al pensamiento lo que significa en la doctrina cristiana el perd?n de los pecados. Lo confesamos en el Credo como una de las verdades fundamentales de la revelaci?n de Dios.?

El hombre puede cometer las culpas m?s graves que le pasan por la imaginaci?n. Si en un momento feliz tiene la decisi?n de soltar un ?Perd?n, Dios m?o!, salido de lo m?s hondo del coraz?n..., de todo el mont?n de disparates que ha podido realizar no queda nada, ni rastro... En un instante ha desaparecido todo y la inocencia vuelve a brillar esplendorosa en cielo de su alma...

La omnipotencia de Dios llega a devolver la inocencia, y con la inocencia la paz, hasta a las personas que m?s se alejaron. Es la fe que profesamos, cuando decimos: Creo en el perd?n de los pecados, lo cual no es en Dios un simple olvidar algo, sino un hacer desaparecer todo el mal por completo.?
Dios se muestra grande en todo, y m?s que nada en el perd?n de las culpas. Eso de que nosotros los mayores lleguemos a tener la inocencia de los ni?os, eso... no es lo m?s peque?o que hace Dios.

Esto es lo que he pensado al leer en la revista el art?culo que nos describe aquel atardecer, mientras los ni?os del parque segu?an jugando con sus amigas las palomas, cuando el sol empezaba a esconderse pl?cidamente detr?s de los tejados, y la torre de la iglesia permanec?a inm?vil se?alando el cielo....


Publicado por mario.web @ 7:54
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