Jueves, 24 de febrero de 2011

Nos asusta el avance del ate?smo y de la indiferencia religiosa en el mundo. Pero nos deber?a asustar igual o m?s ver c?mo la tibieza anida en tantos corazones cristianos.

Porque la tibieza lleva al alma a la rutina, a la indiferencia, a la frialdad, al apartamiento de las cosas de Dios.

Porque la tibieza arruina a los j?venes, los acerca al pecado, los aleja de los sacramentos, los empeque?ece en su formaci?n cat?lica.

Porque la tibieza lleva a los esposos a descuidar los gestos de cari?o, a no rezar en la ma?ana o en la noche, a no ir a misa los domingos, a no confesarse m?s que una vez al a?o (o incluso m?s tarde), a usar anticonceptivos con excusas vanas y contra lo que ense?a la Iglesia, a no tener aquellos hijos que podr?an recibir amorosamente como regalo de Dios.

Porque la tibieza lleva a los trabajadores al m?nimo esfuerzo, a peque?as trampas y robos ?insignificantes?, a la mentira, a crearse certificados falsos para no ir a la oficina, a arrojar palabras de cr?tica para que otro ?baje? y uno pueda ascender.

Porque la tibieza lleva a los mismos consagrados, a los religiosos, a los sacerdotes, a pensar m?s en s? mismos que en las almas que tienen encomendadas, a buscar el menor esfuerzo, a rehuir los trabajos dif?ciles, a evitarse problemas y ?enemigos? al precio de no ense?ar a los hombres la belleza y la exigencia del Evangelio.

Pero la tibieza se rompe si nos acercamos al fuego, si dejamos a Dios el primer lugar en la propia vida, si tomamos la Palabra divina y la aplicamos en serio, si estudiamos (para vivirlas) las ense?anzas de la Iglesia.

La tibieza queda herida de muerte, sobre todo, si nos acercamos a la Eucarist?a. Si hacemos de la Misa dominical el centro de toda la semana. Si buscamos momentos para visitar, en una iglesia, a Jesucristo presente en el Tabern?culo.

La tibieza retrocede, incluso se apaga, ante la compa??a del Cordero, que da su Cuerpo, que da su Sangre, que lava, que cura, que anima, que corrige, que ense?a, que susurra al coraz?n palabras llenas de Amor pleno.

Valen, para romper el cerco de la tibieza, las palabras sinceras y exigentes que Dios dirigi? a la Iglesia de Laodicea:

?Conozco tu conducta: no eres ni fr?o ni caliente. ?Ojal? fueras fr?o o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no fr?o ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.

T? dices: ?Soy rico; me he enriquecido; nada me falta?. Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasi?n, pobre, ciego y desnudo.

Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la verg?enza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista.

Yo, a los que amo, los reprendo y corrijo. S?, pues, ferviente y arrepi?ntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entrar? en su casa y cenar? con ?l y ?l conmigo.

Al vencedor le conceder? sentarse conmigo en mi trono, como yo tambi?n venc? y me sent? con mi Padre en su trono. El que tenga o?dos, oiga lo que el Esp?ritu dice a las Iglesias? (Ap 3,15-22).


Publicado por mario.web @ 8:00
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