Viernes, 25 de febrero de 2011


El mundo moderno, en sus muchas contradicciones, exalta la transgresi?n y la disciplina, la suciedad y la limpieza, la desproporci?n y los c?nones est?ticos.

Por eso, no es dif?cil encontrar a quienes presumen de sus infidelidades, de sus trampas, de sus flaquezas, como si se tratasen de trofeos gloriosos. Al mismo tiempo, otros buscan desesperadamente ocultar los errores del pasado y aparecer como impecables, coherentes, buenos.

En medio de esas contradicciones, sorprende leer las palabras de san Pablo: ?Por tanto, con sumo gusto seguir? glori?ndome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en m? la fuerza de Cristo? (2Cor 12,9).

Estamos ante una de las paradojas cristianas. Cristo, es verdad, no duda en exigir la m?xima perfecci?n, la misma que se encuentra en su Padre: ?Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial? (Mt 5,48). Pero al mismo tiempo acoge y convive, come y pasea con los pecadores, los proscritos, los fracasados, los sucios, los que reciben el desprecio de los cumplidores de la Ley (cf. Mc 2,15-17), y los invita a la conversi?n.

Cada bautizado sabe en qu? flaquea, d?nde est?n sus debilidades. Unos sienten el peso de la carne, de las pasiones bajas que amenazan continuamente con embrutecernos. Otros descubren en su coraz?n envidias que carcomen, que da?an las relaciones en la familia o con los amigos. Otros sienten la atracci?n fatal de las riquezas y de los bienes materiales, hasta el punto de estar dispuestos a dejar de lado la integridad ?tica para esclavizarse ante el ?dolo del dinero. Otros albergan deseos de poder y de grandeza: su debilidad les lleva a depender de aplausos f?ciles y de triunfos que encandilan y enga?an.

Si nos miramos en el espejo, descubrimos las propias debilidades, esas que nos averg?enzan, que nos duelen, que nos arrastran, que nos encadenan. ?Es posible presumir de ellas? ?No son m?s bien heridas que buscamos afanosamente ocultar ante los ojos ajenos y ante nuestra propia mirada?

San Pablo nos sorprende, pero sus palabras tienen sentido. Porque la debilidad, puesta delante de Cristo, puede convertirse, si la acompa?amos con el arrepentimiento, en un vale leg?timo para pedir ayuda, para suplicar misericordia, para abrirse al M?dico que vino no para los justos, sino para los pecadores.

Al confesar mi pecado, al denunciar mis debilidades, reconozco, con valent?a y humildad, lo poco que puedo sin Dios, y lo mucho que puede realizar Dios cuando un coraz?n suplica, como el pecador en el ?ltimo rinc?n del templo: ??Oh Dios! ?Ten compasi?n de m?, que soy pecador!? (Lc 18,13).


Publicado por mario.web @ 9:18
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