S?bado, 26 de febrero de 2011

?C?mo orientar bien la propia vida? ?C?mo encontrar la luz necesaria para el camino? ?C?mo distinguir, en el tumulto de mil voces discordantes, esa meta que da sentido a la propia vida?

En muchas ocasiones el coraz?n se plantea preguntas esenciales. La vida, con su marcha incontenible, puede encerrarnos en cosas peque?as, inmediatas, pasajeras. El caf? necesita az?car. Hay que conseguir gas para la cocina. Ma?ana vendr? el t?cnico para arreglar (esperamos) un cortocircuito.

M?s all? de esas contingencias, sentimos el anhelo de algo mucho m?s grande, m?s noble, m?s bello; algo que sea definitivo, que d? sentido pleno a los actos buenos y que denuncie la maldad y la injusticia.

?Qui?n nos guiar?? ?Hay respuestas claras y completas? ?O s?lo podemos contentarnos con luces fr?giles que sirven para dar el pr?ximo paso pero no permiten ver m?s all? de un horizonte provisional y siempre mudable?

A lo largo de los siglos, poetas y fil?sofos, artistas y so?adores, profetas y l?deres del esp?ritu, han ofrecido respuestas m?s profundas. No todas pueden ser verdaderas, porque no caben en armon?a afirmaciones tan opuestas como las de Marx o las de Buda, las de Nietzsche o las de Mahoma, las de Bentham o las de S?neca.

Si tuvi?semos acceso a un aut?ntico maestro, si encontr?semos un hombre bueno que ense?ase verdades eternas, si el cielo rompiese sus silencios para dejar entrever los deseos del Dios que hizo el sol y las estrellas...

Como el profeta, gritamos al Dios que parece guardar silencio: ??Ah, si rompieses los cielos y descendieses...!? (Is 63,19).

Pero luego, con algo de verg?enza, confesamos la injusticia de ese grito. Porque podemos reconocer que Dios ya habl?, que se hizo cercano, que camin? entre nuestros polvos y nuestras amapolas, que bebi? en nuestros pozos, que hizo fiesta en los banquetes de bodas.

S?: ya vino el Mes?as, ya nos habl? el Hijo muy amado del Padre, ya apareci? esa luz que necesit?bamos para nuestros pasos. ?La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo? (Jn 1,9).

Todo, entonces, empieza a ocupar su lugar y a tener sentido. Basta (es f?cil, si vemos lo mucho que nos ama) con que nuestros actos tengan a Cristo como testigo y compa?ero (cf. san M?ximo de Tur?n, Serm?n 73). Basta con dejar las obras de la carne para acoger ese susurro que nos suplica: ?Despierta t? que duermes, y lev?ntate de entre los muertos, y te iluminar? Cristo? (Ef 5,14).


Publicado por mario.web @ 7:59
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios