S?bado, 26 de febrero de 2011

Santiago, hijo de Zebedeo y Salom? (Mc 15,40), hermano del Ap?stol Juan, fue uno de los tres disc?pulos m?s cercanos a Jes?s: testigo de la curaci?n de la suegra de Pedro (Mc 1,29-31), de la resurrecci?n de la hija de Jairo (Mc 5,37-43), de la transfiguraci?n de Cristo (Mc 9,2-8) y de la agon?a de Getseman? (Mt 26,37).

La vocaci?n de Santiago est? relatada de forma precisa: "Caminando adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y a su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando las redes, y los llam?. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron" (Mt 4, 21-22). Era de temperamento fuerte, pues enfadado por el rechazo de los pueblos samaritanos a Cristo, le proponen hacer bajar fuego del cielo (Lc 9,54-56). Cristo, ante la petici?n materna por sus hijos, le anuncia el martirio (Mt 20,21-28).

Vamos a contemplar en la figura del Ap?stol Santiago c?mo el amor verdadero se curte en el dolor y el la cruz. Sin duda, la cruz de Cristo es para nosotros el signo m?s evidente y claro del amor loco de Dios al hombre.

Amor y dolor constituyen dos t?rminos de una misma realidad. M?s a?n, no puede existir el uno sin el otro. Un amor que no comportara sufrimiento, renuncia, sacrificio ya de entrada ser?a sospechoso. Un dolor que no se viviera con amor ser?a asimismo est?ril e in?til. Justamente o el amor abre la puerta al dolor para demostrarse aut?ntico y el dolor se funde en el amor para vivirse en paz, o todo suena a patra?a y a mentira. De hecho, cuando levantamos los ojos a la Cruz de Cristo, es cierto que vemos a un crucificado, pero sobre todo vemos en la Cruz el amor loco de Dios por nosotros. A trav?s del dolor de Cristo comprendemos ese amor personal e infinito que nos tiene. Si en la cruz no hubiera amor, ser?a simplemente una estupidez. Por eso, como dice S. Pablo, la cruz es Aesc?ndalo para los jud?os , necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo jud?os que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabidur?a de [email protected] (1 Cor 1, 23-24).


Al hombre de hoy de siempre la Cruz se le presenta como una realidad que inspira temor y rechazo. La sociedad siempre nos est? prometiendo una vida f?cil, c?moda, agradable, en la medida de lo posible ajena al sacrificio, al esfuerzo, al dolor. Por eso nos resulta tan dif?cil escoger el camino de Dios, y tan f?cil seguir el derrotero del mundo. Sin embargo, la realidad es que nadie puede escapar a la presencia de la cruz y del dolor. Hay mucho tipo de cruces: cruces de todos los tama?os y de todos los colores, cruces m?s sangrantes y m?s profundas, cruces m?s llamativas y m?s calladas. El destino del hombre sobre la tierra pasa por la cruz en su camino hacia Dios. Si es in?til el querer escapar de su presencia; es todav?a m?s bochornoso el vivir la cruz sin esperanza, sin amor, porque entonces la cruz amarga la vida y produce rebeld?a.

El amor se convierte, por ello, en la ?nica respuesta v?lida a todos los sacrificios, sufrimientos, luchas y trabajos del hombre. No se puede evitar la cruz en cualquiera de sus formas, pero siempre se puede vivirla con amor para darle sentido. Si esto se entendiera, los seres humanos ver?an en las dificultades de la vida, cualquiera de ellas, una forma de amor. Los problemas cotidianos de un matrimonio son ocasiones maravillosas para demostrarse un amor genuino y aut?ntico; los sufrimientos por los hijos se transforman en modos de amor m?s profundos que el simple cari?o; los esfuerzos que exige la fe adquieren para ella el brillo de la autenticidad y de la verdad; el sacrificio en el seguimiento de Dios nos demuestra que Dios es demasiado grande y maravilloso para nosotros. Hay que sospechar generalmente de realidades que no cuestan, de matrimonios que no cuestan, de evangelios que no cuestan, de pertenencias a la Iglesia que no cuestan, de amores que no cuestan.

El dolor es, pues, la garant?a del verdadero amor. S?lo es capaz de sufrir el que ama. Contemplamos as? la vida de tantas personas que en el silencio de sus vidas, d?a a d?a, es el amor el que las impulsa a ir adelante, a pesar de todo y contra todo. Van adelante en su vida espiritual, aunque les atenace la sequedad; se humillan en el matrimonio esperando mejores momentos para solucionar las crisis; rezan con confianza a Dios cuando los hijos est?n pasando por momentos especialmente complicados; perseveran en las decisiones buenas, aunque a veces parezca que carecen de fuerza para seguir adelante. Ser?a extra??simo e incluso desilusionador el amar sin tener que sufrir. Mas aun, el que ama se complace en el sufrir por aqu?l a quien ama. Hay santos que del cielo lo ?nico que no les gusta es el no poder sufrir ya.

El Evangelio a trav?s de dos evangelistas nos refiere de forma parecida, pero con matices diversos, una simp?tica escena en la que se pide para Santiago y Juan, su hermano, un lugar privilegiado en el Reino de Cristo. En Mt 20,21-28 es la madre de ?stos, Salom?, quien eleva esta petici?n a Cristo. Y en Mc 10, 35-45 son ellos mismos directamente quienes hacen esta petici?n. Jes?s en ambos relatos les dice que no saben lo que est?n pidiendo y les lanza esa misteriosa pregunta si pueden beber del c?liz que ?l va a beber. Ellos afirman que s?. Pero Jes?s les anuncia que efectivamente van a beber el c?liz, pero respecto al sitio a su derecha e izquierda es para aquellos para quienes est? preparado.?

"Conc?denos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda" (Mc 10, 37). No hay duda de que es el amor el que impulsa a estos dos hermanos a pedirle a Cristo un privilegio tan extraordinario. Por el car?cter apasionado, al menos de Santiago, suena l?gico que quisiera estar cerca del Maestro en su gloria. El amor empuja hacia el amado de una forma irresistible. Sin embargo, para Santiago en este momento todav?a el amor es un sentimiento, un impulso, una inclinaci?n.?

Es bello, pero no ha sido probado por el dolor. Aunque posteriormente se enfaden los dem?s por esta petici?n tan osada, no hay que quitarle valor a este deseo de los dos hermanos. Y Cristo la comprende. ?Qui?n de los Ap?stoles no desear?a algo tan maravilloso? A Santiago no le bastaba la cercan?a; quer?a la intimidad, la posesi?n, la totalidad.

"?Pod?is beber la copa que yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" (Mc 10, 38). Cristo enseguida trata de hacerle comprender con esta dura pregunta que para poder decir que se ama es necesario decirlo con el dolor. Si quiere de veras amarlo a ?l, estar cerca de ?l, compartir todo con ?l, tendr? que beber su c?liz, c?liz que es Getseman?, c?liz que es la muerte en la Cruz, c?liz que es la renuncia total a s? mismo. De esta forma Cristo toca la verdad m?s hermosa del amor: no se puede amar, cuando el amor no cuesta, o tambi?n el dolor es el modo m?s genuino y aut?ntico de amar. Seguramente en la vida es as?: hasta que el amor no ha sido purificado por el dolor, no se puede decir que se ama en serio.?

"S?, podemos" (Mc 10,39). Del coraz?n decidido y generoso de Santiago salen estas palabras que confirman por un lado que ha entendido lo que el Maestro le ha ense?ado acerca del amor a ?l y por otro que est? dispuesto a seguir la suerte del Maestro hasta donde sea necesario, incluida la muerte. Jes?s le confirma que efectivamente va a beber la copa que ?l va a beber y a ser bautizado con ese bautismo de sangre que ser? su muerte, pero le anuncia que sentarse a su derecha o a su izquierda no puede ?l concederlo. De alguna manera, todav?a Cristo le orienta hacia un amor desprendido. El premio del que ama s?lo es amar. As? el amor llega a su plenitud. Si se muere por ?l, no es para conseguir un lugar privilegiado en su Reino, sino simplemente para poder demostrar el grado de amor que invade su coraz?n, pues "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos".?

Para nosotros cristianos se convierte en una prioridad absoluta el aceptar la cruz y el dolor como la expresi?n m?s aut?ntica y genuina de nuestro amor a Dios, de nuestro amor a los dem?s y de nuestro amor a nosotros mismos. En todos estos campos se sigue realizando aquel camino de "a la luz por la cruz". Queremos que nuestro amor a Dios no se quede en meras palabras, deseamos que nuestro amor a los dem?s no se convierta simplemente en uso de los dem?s para nuestro ego?smo, pretendemos crecer como personas en el bien aut?ntico, tenemos que aceptar la cruz, amarla intensamente y vivirla en todas sus exigencias.


Nos tenemos que convencer de que el amor a Dios no son simplemente palabras, como nos ense?a Cristo. El amor a Dios nos tiene que doler, es decir, tiene que vivirse en los momentos m?s dif?ciles para nosotros: cuando sentimos la oscuridad en la fe, cuando sentimos la desgana ante las cosas espirituales, cuando nos cuesta especialmente alguna exigencia del Evangelio como el perd?n o la humildad, cuando tenemos que renunciar a nosotros mismos para aceptar el misterio de Dios, cuando tenemos que doblegar nuestro racionalismo ante la evidencia de la fe, cuando tenemos que aceptar el hecho de que el perd?n de los pecados se confiera a trav?s del sacramento del perd?n, cuando en la persona del Vicario de Cristo tenemos que ver a Cristo mismo, cuando en el Magisterio de la Iglesia tenemos que reconocer a Cristo Maestro que nos habla por medio de sus representantes. Cuando me cueste amar a Dios, entonces estar? afirmando que mi amor a ?l es aut?ntico. Por el contrario, tenemos que sospechar cuando el amor a Dios nos resulte f?cil, c?modo, tranquilo. Entonces no estaremos amando a Dios, sino busc?ndonos a nosotros mismos.

Y, ?qu? decir del amor a los dem?s? La esencia del amor es darse y entregarse, lo cual va en contra necesariamente de esa tendencia tan habitual en el hombre que es el ego?smo. Cada acto de amor es como una renuncia a uno mismo, lo cual se experimenta como dolor, aunque el amor sea capaz de darle un hermoso sentido. Por ello, tenemos que decidirnos a pasar por encima de nuestro ego?smo, aunque nos duela, cuando en casa nos resulte complicado sacrificarnos por los hijos o salir de nuestro mundo para entrar en contacto con el mundo de la mujer, cuando en el mundo profesional sintamos ganas o deseos de complicar la vida a cualquier precio a quienes compiten contra nosotros, cuando en la vida diaria sentimos que otros han pisoteado nuestros sentimientos y nos encontramos dolidos, cuando tenemos que mortificar nuestra lengua o nuestro pensamiento para no caer en el juicio temerario o en la cr?tica fr?vola, cuando hay que levantarse de la comodidad para servir y colaborar. Es natural que el amor a los dem?s est? hecho de renuncias propias, es decir, de gotas de dolor que, en este caso, s?lo embellecen la propia vida.

Y finalmente, el amor verdadero a uno mismo tiene que aliarse con el dolor. Generalmente, porque nos atenaza la comodidad y no queremos sufrir, nos privamos a nosotros mismos de grandes posibilidades. No cultivamos nuestra mente, porque nos cuesta leer y formarnos, no desarrollamos los talentos que Dios ha depositado en nosotros, porque afirmamos que la vida en s? misma es ya muy complicada, no cuidamos muchas veces hasta nuestra misma salud porque no queremos renunciar a nuestros gustos y caprichos. Amarse correctamente a uno mismo es disponerse a luchar y a sufrir con el objetivo de crecer como persona, pasando por encima de criterios de comodidad y de pereza. En cambio, el amor a nosotros mismos, que nos destruye, es ese amor que nos lleva a buscar en cada momento lo f?cil, lo barato, lo vulgar, en todo lo cual no hay renuncia, sacrificio, esfuerzo.


La Cruz de Cristo se ha convertido a lo largo de los siglos en ese monumento, visible desde todas partes, del amor loco de Dios al hombre. Pero ser?a triste que la Cruz s?lo suscitara en nosotros admiraci?n. La Cruz debe inspirar seguimiento. La Cruz con Cristo para nosotros se convierte en camino de salvaci?n y de progreso espiritual. La Cruz nos es necesaria en la vida para poder autentificar el amor a Dios. La Cruz nos es fundamental en la vida para poder demostrar a los dem?s la sinceridad de nuestro amor. La Cruz nos es clave en la vida para poder salvarnos y ser felices en nuestro peregrinar por la tierra. D?gamosle a Cristo con las palabras de Santiago Ap?stol que queremos bebe el c?liz que ?l va a beber y ser bautizados con el bautismo que ?l va a ser bautizado.


Publicado por mario.web @ 8:04
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