S?bado, 26 de febrero de 2011

Los derechos y valores inherentes a la persona humana ocupan un puesto importante en la problem?tica contemporanea. A este respecto, el Concilio Ecum?nico Vaticano II ha reafirmado solemnemente la dignidad excelente de la persona humana y de modo particular su derecho a la vida. Por ello ha denunciado los cr?menes contra la vida, como ?homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia, y el mismo suicidio deliberado? (Gaudium et Spes, 27).?

La Sagrada Congregaci?n para la Doctrina de la Fe, que recientemente ha recordado la doctrina acerca del aborto procurado, juzga oportuno proponer ahora la ense?anza de la Iglesia sobre el problema de la Eutanasia.?

En efecto, aunque contin?en siendo siempre v?lidos los principios enunciados en este terreno por los ?ltimos Pontifices, los progresos de la medicina han hecho aparecer, en los recientes a?os nuevos aspectos del problema de la eutanasia que deben ser precisados ulteriormente en su contenido ?tico.?

En la sociedad actual, en la que no raramente son cuestionados los mismos valores fundamentales de la vida humana, la modificaci?n de la cultura influye en el modo de considerar el sufrimiento y la muerte; la medicina ha aumentado su capacidad de curar y de prolongar la vida en determinadas condiciones que a veces ponen problemas de car?cter moral. Por ello los hombres que viven en tal ambiente se interrogan con angustia acerca del significado de la ancianidad prolongada y de la muerte, pregunt?ndose consiguientemente si tienen el derecho de procurarse a si mismos o a sus semejantes la ?muerte dulce?, que servir?a para abreviar el dolor y ser?a, seg?n ellos, m?s conforme con la dignidad humana.?

Diversas Conferencias Episcopales han preguntado al respecto a esta Sagrada Congregaci?n para la Doctrina de la Fe, la cual, tras haber pedido el parecer de personas expertas acerca de los varios aspectos de la eutanasia, quiere responder con esta Declaraci?n a las peticiones de los obispos, para ayudarles a orientar rectamente a los fieles y ofrecerles elementos de reflexi?n que puedan presentar a las autoridades civiles a prop?sito de este grav?simo problema.?

La materia propuesta en este documento concierne ante todo a los que ponen su fe y esperanza en Cristo, el cual mediante su vida, muerte y resurrecci?n ha dado un nuevo significado a la existencia y sobre todo a la muerte del cristiano, seg?n las palabras de San Pablo: ?pues si vivimos, para el Se?or vivimos; y si morimos, morimos para el Se?or. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Se?or somos? (Rom. 14, 8; Flp.1, 20).?

Por lo que se refiere a quienes profesan otras religiones, muchos admitir?n con nosotros que la fe -si la condividen- en un Dios Creador, Providente y Se?or de la vida confiere un valor eminente a toda persona humana y garantiza su respeto.?

Confiamos, sin embargo, en que esta Declaraci?n recoger? el consenso de tantos hombres de buena voluntad, los cuales, por encima de diferencias filos?ficas o ideol?gicas, tienen una viva conciencia de los derechos de la persona humana. Tales derechos, por lo dem?s, han sido proclamados frecuentemente en el curso de los ?ltimos a?os en declaraciones de Congresos Internacionales; y trat?ndose de derechos fundamentales de cada persona humana, es evidente que no se puede recurrir a argumentos sacados del pluralismo pol?tico o de la libertad religiosa para negarles valor universal.?

Consecuencias del car?cter sacro de la persona comunmente admitido?

I. VALOR DE LA VIDA HUMANA?

La vida humana es el fundamento de todos los bienes, la fuente y condici?n necesaria de toda actividad humana y de toda convivencia social. Si la mayor parte de los hombres creen que la vida tiene un car?cter sacro y que nadie puede disponer de ella a capricho, los creyentes ven a la vez en ella un don del amor de Dios, que son llamados a conservar y hacer fructificar. De esta ?ltima consideraci?n brotan las siguientes consecuencias:?

1. Nadie puede atentar contra la vida de un hombre inocente sin oponerse al amor de Dios hacia ?l, sin violar un derecho fundamental, irrenunciable e inalienable, sin cometer, por ello, un crimen de extrema gravedad.?

2. Todo hombre tiene el deber de conformar su vida con el designio de Dios. Esta le ha sido encomendada como un bien que debe dar sus frutos ya aqu? en la tierra pero que encuentra su plena perfecci?n solamente en la vida eterna.?

3. La muerte voluntaria o sea el suicidio es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio; semejante acci?n constituye en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la soberan?a de Dios y de su designio de amor. Adem?s, el suicidio es a menudo un rechazo del amor hacia s? mismo, una negaci?n de la natural aspiraci?n a la vida, una renuncia frente a los deberes de justicia y caridad hacia el pr?jimo, hacia las diversas comunidades y hacia la sociedad entera, aunque a veces intervengan, como se sabe, factores sicol?gicos que pueden atenuar o incluso quitar la responsabilidad.?

Se deber?, sin embargo, distinguir bien del suicidio aquel sacrificio con el que, por una causa superior -como la gloria de Dios, la salvaci?n de las almas o el servicio a los hermanos- se ofrece o se pone en peligro la propia vida.?

II La eutanasia?

Etimol?gicamente la palabra eutanasia significaba en la antiguedad una muerte dulce sin sufrimientos atroces. Hoy no nos referimos tanto al significado original del t?rmino, cuanto m?s bien a la intervenci?n de la medicina encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y de la agon?a, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la vida. Adem?s el t?rmino es usado, en sentido m?s estricto, con el significado de ?causar la muerte por piedad?, con el fin de eliminar radicalmente los ?ltimos sufrimientos o de evitar a los ni?os subnormales, a los enfermos mentales o a los incurables la prolongaci?n de una vida desdichada, quiz?s por muchos a?os, que podr?a imporner cargas demasiado pesadas a las familias o a la sociedad.?

Por eutanasia se entiende una acci?n o una omisi?n que por su naturaleza, o en la intenci?n, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sit?a pues en el nivel de las intenciones o de los m?todos usados.?

Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embri?n, ni?o o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie adem?s puede pedir este gesto homicida para s? mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo expl?cita o impl?citamente. Ninguna autoridad puede leg?timamente imponerlo ni permitirlo. Se trata en efecto de una violaci?n de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad.?

Podr?a tambi?n verificarse que por el dolor prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede leg?timamente pedir la muerte o procurarla a otros. Aunque en caso de ese g?nero la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia -aunque fuera incluso de buena fe- no modifica la naturaleza del acto homicida, que en s? sigue siendo siempre inadmisible. Las s?plicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresi?n de una verdadera voluntad de eutanasia; ?stas en efecto son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y de afecto. Adem?s de los cuidados m?dicos, lo que necesita el enfermo es el amor, el calor humano y sobrenatural, con el que pueden y deben rodearlo todos aquellos que est?n cercanos, padres e hijos, m?dicos y enfermeros.?

III. El cristiano ante el sufrimiento y el uso de los analg?sicos?

La muerte no sobreviene siempre en condiciones dram?ticas, al final de sufrimientos insoportables. No debe pensarse ?nicamente en los casos extremos. Numerosos testimonios concordes hacen pensar que la misma naturaleza facilita en el momento de la muerte una separaci?n que ser?a terriblemente dolorosa para un hombre en plena salud. Por lo cual una enfermedad prolongada, una ancianidad avanzada, una situaci?n de soledad y de abandono, pueden determinar tales condiciones sicol?gicas que faciliten la aceptaci?n de la muerte.?

Sin embargo se debe reconocer que la muerte precedida o acompa?ada a menudo de sufrimientos atroces y prolongados es un acontecimiento que naturalmente angustia el coraz?n del hombre.?

El dolor f?sico es ciertamente un elemento inevitable de la condici?n humana, a nivel biol?gico constituye un signo cuya utilidad es innegable; pero puesto que ata?e a la vida sicol?gica del hombre, a menudo supera su utilidad biol?gica y por ello puede asumir una dimensi?n tal que suscite el deseo de eliminarlo a cualquier precio.?

Sin embargo, seg?n la doctrina cristiana, el dolor, sobre todo el de los ?ltimos momentos de la vida, asume un significado particular en el plan salv?fico de Dios; en efecto, es una participaci?n en la pasi?n de Cristo y una uni?n con el sacrificio redentor que El ha ofrecido en obediencia a la voluntad del Padre. No debe pues maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analg?sicos, para aceptar voluntariamente al menos una parte de sus sufrimientos y asociarse as? de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cfr. Mt. 27, 34). No ser?a sin embargo prudente imponer como norma general un comportamiento heroico determinado. Al contrario, la prudencia humana y cristiana sugiere para la mayor parte de los enfermos el uso de las medicinas que sean adecuadas para aliviar o suprimir el dolor, aunque de ello se deriven, como efectos secundarios, entorpecimiento o menor lucidez. En cuanto a las personas que no est?n en condiciones de expresarse, se podr? razonablemente presumir que desean tomar tales calmantes y suministr?rselos seg?n los consejos del m?dico.?

Pero el uso intensivo de analg?sicos no est? exento de dificultades, ya que el fen?meno de acostumbrarse a ellos obliga generalmente a aumentar la dosis para mantener su eficacia. Es conveniente recordar una declaraci?n de P?o XII que conserva a?n toda su validez. Un grupo de m?dicos le hab?a planteado esta pregunta: ??La supresi?n del dolor y de la conciencia por medio de narc?ticos... est? permitida al m?dico y al paciente por la religi?n y la moral (incluso cuando la muerte se aproxima o cuando se prev? que el uso de narc?ticos abreviar? la vida)??. El Papa respondi?: ?Si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales: S??. En este caso, en efecto, est? claro que la muerte no es querida o buscada de ning?n modo, por m?s que se corra el riesgo por una causa razonable: simplemente se intenta mitigar el dolor de manera eficaz, usando a tal fin los analg?sicos a disposici?n de la medicina.?

Los analg?sicos que producen la p?rdida de la conciencia en los enfermos, merecen en cambio una consideraci?n particular. Es sumamente importante, en efecto, que los hombres no s?lo puedan satisfacer sus deberes morales y sus obligaciones familiares, sino tambi?n y sobre todo que puedan prepararse con plena conciencia al encuentro con Cristo. Por esto, P?o XII advierte que ?no es l?cito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo?.?

IV. El uso proporcionado de los medios terap?uticos
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Es muy importante hoy d?a proteger, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepci?n cristiana de la vida contra un tecnicismo que corre el riesgo de hacerse abusivo. De hecho algunos hablan de ?derecho a morir?, expresi?n que no designa el derecho de procurarse o hacerse procurar la muerte como se quiere, sino el derecho de morir con toda serenidad, con dignidad humana y cristiana. Desde este punto de vista, el uso de los medios terap?uticos puede plantear a veces algunos problemas.?

En muchos casos, la complejidad de las situaciones puede ser tal que haga surgir dudas sobre el modo de aplicar los principios de la moral. Tomar decisiones corresponder? en ?ltimo an?lisis a la conciencia del enfermo o de las personas cualificadas para hablar en su nombre, o incluso de los m?dicos, a la luz de las obligaciones morales y de los distintos aspectos del caso.?

Cada uno tiene el deber de curarse y de hacerse curar. Los que tienen a su cuidado los enfermos deben prestarles su servicio con toda diligencia y suministrarles los remedios que consideren necesarios o ?tiles.?

?Pero se deber? recurrir, en todas las circunstancias, a toda clase de remedios posibles??

Hasta ahora los moralistas respondian que no se est? obligado nunca al uso de los medios ?extraordinarios?. Hoy en cambio, tal respuesta, siempre v?lida en principio, puede parecer tal vez menos clara tanto por la imprecisi?n del t?rmino como por los r?pidos progresos de la terapia. Debido a esto, algunos prefieren hablar de medios ?proporcionados? y ?desproporcionados?. En cada caso, se podr?n valorar bien los medios poniendo en comparaci?n el tipo de terapia, el grado de dificultad y de riesgo que comporta, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicaci?n con el resultado que se puede esperar de todo ello, teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas fisicas y morales.?

Para facilitar la aplicaci?n de estos principios generales se pueden a?adir las siguientes puntualizaciones:?

--A falta de otros remedios, es l?cito recurrir, con el consentimiento del enfermo, a los medios puestos a disposici?n por la medicina m?s avanzada, aunque est?n todav?a en fase experimental y no est?n libres de todo riesgo. Acept?ndolos, el enfermo podr? dar as? ejemplo de generosidad para el bien de la humanidad.?

--Es tambi?n l?cito interrumpir la aplicaci?n de tales medios, cuando los resultados defraudan las esperanzas puestas en ellos. Pero, al tomar una tal decisi?n, deber? tenerse en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus familiares, as? como el parecer de m?dicos verdaderamente competentes; ?stos podr?n sin duda juzgar mejor que otra persona si el empleo de instrumentos y personal es desproporcionado a los resultados previsibles, y si las t?cnicas empleadas imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se pueden obtener de los mismos.?

Es siempre l?cito contentarse con los medios normales que la medicina puede ofrecer. No se puede, por lo tanto, imponer a nadie la obligaci?n de recurrir a un tipo de cura que, aunque ya este en uso, todav?a no est? libre de peligro o es demasiado costosa. Su rechazo no equivale al suicidio: significa m?s bien o simple aceptaci?n de la condici?n humana, o deseo de evitar la puesta en pr?ctica de un dispositivo medico desproporcionado a los resultados que se podr?an esperar, o bien una voluntad de no imponer gastos excesivamente pesados a la familia o la colectividad.?

--Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es licito en conciencia tomar la decisi?n de renunciar a unos tratamientos que procurar?an ?nicamente una prolongaci?n precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares. Por esto, el m?dico no tiene motivo de angustia, como si no hubiera prestado asistencia a una persona en peligro.?

Conclusi?n?

Las normas contenidas en la presente Declaraci?n est?n inspiradas por un profundo deseo de servir al hombre seg?n el designio del Creador. Si por una parte la vida es un don de Dios, por otra la muerte es ineludible; es necesario, por lo tanto, que nosotros, sin prevenir en modo alguno la hora de la muerte, sepamos aceptarla con plena conciencia de nuestra responsabilidad y con toda dignidad. Es verdad, en efecto, que la muerte pone fin a nuestra existencia terrenal, pero, al mismo tiempo, abre el camino a la vida inmortal. Por eso, todos los hombres deben prepararse para este acontecimiento a la luz de los valores humanos, y los cristianos m?s a?n a la luz de su fe.?

Los que se dedican al cuidado de la salud p?blica no omitan nada, a fin de poner al servicio de los enfermos y moribundos toda su competencia; y acu?rdense tambi?n de prestarles el consuelo todav?a m?s necesario de una inmensa bondad y de una caridad ardiente. Tal servicio prestado a los hombres es tambi?n un servicio prestado al mismo Se?or, que ha dicho: ?...Cuantas veces hic?steis eso a uno de estos mis hermanos menores, a m? me lo hic?steis? (Mt. 25, 40).?


El Sumo Pont?fice Juan Pablo II?
en el transcurso de una audiencia concedida?
al infrascripto cardenal Prefecto, ha aprobado esta Declaraci?n,?
decidida en reuni?n ordinaria de esta Sagrada Congregaci?n,?
y ha ordenado su publicaci?n.?

Roma, desde la Sede de la Sagrada Congregaci?n para la Doctrina de la Fe,?
5 de Mayo de 1980?
Conceptos


Publicado por mario.web @ 13:40
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