S?bado, 26 de febrero de 2011

Golpes de la vida, traiciones, enga?os, o simplemente el paso del tiempo, endurecen corazones, apagan entusiasmos, destruyen alegr?as.

A veces por culpa de otros, muchas otras veces por nuestra propia culpa, hemos dejado que el coraz?n empiece a secarse. Entonces nos hacemos insensibles a las penas del amigo, a las necesidades de familiares, a los problemas de quienes viven cerca o lejos, a los sufrimientos de Jes?s en el Calvario.

Caemos en esa dureza que nos lleva a juzgar, a condenar, a mirar con desprecio. Desconfiamos de los dem?s. Incluso al mirar al cielo, parece que tenemos para Dios m?s reproches que alabanzas.

Es entonces cuando necesitamos acercarnos al Coraz?n de Cristo. Un Coraz?n lleno de amor al Padre y a los hombres. Un Coraz?n que vino no por los justos, sino por los pecadores. Un Coraz?n que siente pena profunda al ver a tantos hombres y mujeres perdidos, abandonados, solos, como ovejas que deambulan sin pastor (cf. Mt 9,36).

Ese Coraz?n me ense?ar? a ver el mundo con ojos distintos. Quitar? de mis ojos escamas de avaricia, y pondr? el brillo de la mirada luminosa de un ni?o que conf?a plenamente en su Padre. Quitar? de mis arterias rencores que envenenan, y pondr? una sangre limpia y dispuesta a servir a los hermanos. Quitar? de mi inteligencia c?lculos retorcidos y ego?stas, y me dar? fuerzas para pensar en grande, con una mente como la del mismo Cristo.

Ese Coraz?n me invitar? a ser manso y humilde (cf. Mt 11,29). Manso ante quienes, tal vez con intenciones buenas (s?lo Dios sabe lo que hay dentro de cada uno) me hacen da?o, me insultan, me desprecian. Manso ante quienes son vengativos y llenos de odios hacia los dem?s o hacia m?. Manso ante quienes provocan con violencia y pueden ser vencidos con el b?lsamo del perd?n y de la acogida ben?vola.

Tambi?n me ayudar? a ser humilde. Humilde para no desanimarme ante esas faltas que no llego a expulsar de mi alma. Humilde para no envidiar a quien va ?delante? y parece vivir rodeados de triunfos, y para no despreciar a quien tal vez ha ca?do en un pecado que parece m?s grande que los m?os. Humilde para reconocer que todos los dones vienen de Dios, que por m? mismo no puedo dar un solo paso en el camino de la gracia. Humilde para acudir, las veces que haga falta, al sacramento de la confesi?n, con l?grimas sinceras y con la confianza del hijo que busca a quien vino no para juzgar, sino para salvar (cf. Jn 12,47).

Entonces ser? posible el milagro: dejar? que Jes?s extirpe de mis entra?as ese coraz?n duro, de piedra, para darme un coraz?n de carne (cf. Ez 11,19; 36,26); un coraz?n revestido ?de entra?as de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia? (Col 3,12). Un coraz?n nuevo, que conf?a como un ni?o en el amor constante del Padre, que se deja levantar como oveja rescatada por el Hijo, que se inflama de gratitud y de esperanza en el Esp?ritu.


Publicado por mario.web @ 16:39
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