S?bado, 26 de febrero de 2011

Fuente:?
Autor: ?lvaro Corcuera, L.C.?

Muy estimados en Jesucristo:?

Les escribo con mucho gusto en este per?odo en el que Dios nos llama a servir a la Iglesia con todo nuestro ser, ante todo para agradecerles sus oraciones, sus cartas y el testimonio de sus vidas llenas del esp?ritu del Evangelio.?

Dentro de una semana se tendr? en Atlanta el Encuentro Internacional de Juventud y Familia, que este a?o tiene como lema ?Amaos los unos a los otros como yo os he amado?. Con el favor de Dios all? tendr? el gusto de encontrarme con muchos de ustedes. Es natural que no todos tengan la posibilidad de participar en este evento, y por eso quisiera desde ahora ofrecerles algunas reflexiones en torno al tema del encuentro: la caridad.?

El mandato de la caridad es el distintivo del seguidor de Cristo. El hombre est? creado a imagen y semejanza de Dios. Cristo es la imagen del Padre. Y nosotros hemos de ser im?genes vivas de Cristo. Si Dios es amor, nuestra vida debe ser amor. Qu? hermosa tarea nos encomienda Jesucristo: hacer presente y real, entre nuestros hermanos los hombres, a Dios. No a un Dios lejano, del deber por el deber o del temor, sino al Dios que no s?lo nos ama, sino que se define como Amor.?

Al repasar y meditar en nuestros corazones, a ejemplo de Mar?a, la acci?n de Dios en la historia de la Legi?n y del Regnum Christi, constatamos con renovada gratitud que el amor ha sido el n?cleo de la inspiraci?n fundacional. Ya desde los primeros a?os, Nuestro Padre Fundador nos insist?a en la importancia de esta virtud para la vida de todo cristiano: ?La caridad es la esencia del cristianismo, la caridad es el distintivo del cristiano, por lo tanto, no deben olvidar que se impone la necesidad urgente e intr?nseca a la misi?n que Cristo nos ha confiado de vivir ampliamente el esp?ritu de caridad y hacerlo vivir a los hombres? (8 de marzo de 1948). En efecto, sabemos muy bien que no hay verdadera santidad sin caridad, que con la caridad todo es posible y que sin ella nuestra vida cristiana pierde su valor. La caridad no tiene l?mites, e incluso, como vemos en tantos hombres que dan su vida por el Evangelio, puede llegar hasta el martirio, si es lo que Dios nos pide. Es dar la vida por amor.?

Y en los tiempos actuales es necesario que la vivamos cada d?a con mayor plenitud. La caridad ?nos dice san Pablo en su himno sobre la caridad? no acaba nunca, es paciente, comprensiva, no se engr?e, es ilimitada (cf 1Cor 13, 4-8); y esto la hace m?s grande y veraz, porque cada d?a se nos ofrecen m?ltiples oportunidades para vivir este mandamiento que nos debe distinguir y caracterizar. El dinamismo de la caridad exige, adem?s, que sea transmitida con el ejemplo, ya que esta virtud es donaci?n y entrega de la propia vida al pr?jimo: ?nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos? (Jn 15, 13). Sin esta donaci?n pr?ctica, las palabras quedar?an vac?as: ?Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su coraz?n, ?c?mo puede permanecer en ?l el amor de Dios? Hijos m?os, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y seg?n la verdad? (1Jn 3, 17-18).?

Sabemos que la caridad es multiforme y abarca una inmensa gama de matices. Basta detenerse unos instantes a contemplar el testimonio de tantos cristianos aut?nticos que viven a nuestro lado para descubrir y maravillarnos de las formas tan variadas e ingeniosas que adopta esta virtud. Cuando se busca el bien del pr?jimo, la caridad se llena de iniciativa, de delicadeza y de ingeniosidad. Lo hace con sencillez. No busca pregonar que est? haciendo el bien; simplemente lo hace, buscando ser un espejo del amor de Cristo hacia los hombres. Llega hasta los m?s peque?os detalles, llega a cuidar hasta si alguna broma o comentario pudiese lastimar o herir al pr?jimo. Conoce a fondo al otro, no para juzgarlo, sino para favorecer todo el bien que le pueda hacer, y evitar todo aquello que le pudiese llegar a herir.?

Pero entre las m?ltiples manifestaciones de la caridad, hay una que se nos pide de manera particular a los miembros del Movimiento Regnum Christi, sobre la que quisiera ahora detenerme un poco m?s: la benedicencia.?

?Cu?nto hemos de cuidar esta virtud! Es aquello que nos debe caracterizar, estemos donde estemos. ?En qu? consiste la benedicencia? Es una palabra pr?cticamente desconocida en el mundo en que vivimos; ni siquiera aparece mencionada en el diccionario. Sin embargo, s? se encuentra la palabra maledicencia, que designa el pecado contrario. Si la maledicencia es el vicio de hablar mal de los dem?s, la benedicencia es la virtud de hablar bien del pr?jimo. Para nosotros, la benedicencia es un apostolado. Vencer el mal con el bien. La benedicencia es una forma de apostolado que todos podemos realizar, es un modo concreto de pasar por el mundo, como Jesucristo, ?haciendo el bien? (Hch 10, 38) y de edificar y servir a la Iglesia.?

La maledicencia es un vicio que ofende gravemente la caridad, porque difunde sin motivo ni necesidad objetiva los defectos, los errores o los pecados de otras personas, da?ando de este modo su reputaci?n. Nadie tiene derecho a herir la buena fama de los dem?s. La benedicencia, por el contrario, busca ?nicamente difundir lo positivo que hay en los dem?s.?

La benedicencia tambi?n es contraria al juicio temerario, que admite como verdadero, sin tener motivos suficientes, un defecto moral del pr?jimo. Los juicios temerarios nos llevan a la sospecha y al alejamiento del pr?jimo. Es la triste realidad de quien llega a ?encasillar? o a catalogar a una persona, viendo m?s all? de sus actos e interpretando negativamente sus intenciones. Siembra duda, guarda silencios ante la buena fama del hermano, genera inquietud y malestar, roba la paz. Muchas veces juzgamos al pr?jimo atribuy?ndole nuestros propios defectos. Sin embargo, el coraz?n bondadoso busca pensar bien, justificar, perdonar, comprender. El hombre de Dios tiene presente sus propios defectos, no para juzgar al pr?jimo, sino para vivir con humildad y siendo ap?stoles de lo bueno. No somos nadie para juzgar al pr?jimo. S?lo Dios es el juez. Y, bien sabemos, esto produce paz en el alma. ?Qu? don tan grande es la paz! ?Busca la paz, corre tras ella? (Sal 34, 15). Pues bien, un medio muy bueno para conseguir este regalo que Dios nos da, en la paz, es fijarnos en todo lo bueno, tanto en pensamientos como en palabras.?

Cuando por raz?n de la autoridad de que alguno est? investido, se tenga responsabilidad sobre los actos de otras personas, hemos de actuar sirviendo y buscando el bien, siendo realistas ante el mal, pero no para juzgarlo, sino como el m?dico, para sanarlo y curarlo, aunque el remedio sea doloroso. Lo ?nico que se busca es el bien del pr?jimo, como nos ense?a Jesucristo en la par?bola del buen samaritano que acabamos de meditar el domingo pasado: nos inclinamos hacia el hermano herido o ca?do, para vendarlo con suavidad, subirlo en la propia vida y asegurarnos de que est? bien atendido y cuidado, sin importar lo que nos pueda costar y sin pensar en que tambi?n nosotros estamos necesitados de ayuda.?

Y en tercer lugar, la benedicencia se opone a la calumnia, que como nos dice nuestra fe, es un pecado grav?simo que atribuye al pr?jimo y divulga injustamente cosas falsas que lesionan su buena fama. En la calumnia se suman la difamaci?n y la mentira, y por ello pienso que es uno de los pecados que m?s entristecen al coraz?n de Jesucristo.?

Al igual que sucede con las dem?s virtudes, no se trata de vivir la benedicencia a la defensiva, simplemente preocup?ndonos por no fallar, por "no criticar"; se trata m?s bien, de cultivar una actitud interna, decididamente positiva, una buena disposici?n habitual que nos impulse a ejercitar esta virtud. No podemos, pues, conformarnos con silenciar los defectos y errores de nuestros hermanos ante los dem?s. En s?, esto ya es algo muy bueno pues, como dec?a el ap?stol Santiago, ?si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo? (St 3, 2). Desde este punto de vista, nunca podremos sentirnos justificados para hablar mal de nadie, de cualquier persona, pues ser?a lo opuesto a lo que Cristo nos predic? con sus palabras y su vida. Pero la benedicencia va m?s all?, busca difundir el buen nombre de los dem?s, valorando sus cualidades, se?alando sus virtudes, destacando sus aciertos, sus logros y ?xitos, alabando cuanto de bueno y virtuoso descubramos en ellos. As?, esta virtud se convierte en un apostolado, pues se transforma en caridad constructiva.?

La benedicencia, como toda virtud, exige una conquista personal. No se da normalmente de modo espont?neo y natural. Tiene en su origen otro h?bito a?n m?s profundo: el pensar siempre bien de nuestro pr?jimo, estimarlo sinceramente en lo m?s ?ntimo de nuestro coraz?n. Esto implica vigilar sobre nuestros pensamientos, combatiendo muy principalmente los prejuicios, fuente de frecuentes y persistentes disensiones, cultivando con esmero la bondad, la comprensi?n, la afabilidad y la cortes?a y, por encima de todo, siendo leales, justos y sinceros en sentimientos y palabras unos para con otros. Cristo supo esperar y comprender a los dem?s. Cristo, encontrando muchos pecadores, los acogi? con coraz?n bondadoso y no justiciero. No difundi? los errores de los pecadores, sino que los acogi? con un coraz?n lleno de comprensi?n y bondad. ?Qu? conversiones logr? con un poco de comprensi?n! Rechacemos tajantemente los sentimientos de celos, envidias, rivalidades y rencores. Que todo esto no tengan cabida en nuestro coraz?n, pues, como cristianos, estamos llamados a apoyarnos mutuamente y a ser una familia de hermanos en el amor de Cristo, que se aprecian, se estiman y se sirven con gran solicitud. ?Si sufre un miembro, todos los dem?s sufren con ?l. Si un miembro es honrado, todos los dem?s toman parte en su gozo?, dice San Pablo (1 Cor 12, 26).?

Jesucristo nos ense?a que ?el hombre bueno, del buen tesoro del coraz?n saca lo bueno; y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el coraz?n habla su boca? (Lc 6, 45). El "hombre viejo" ?del que nos habla San Pablo (cf Col 3, 9)? herido por el pecado original, tiende a fijarse m?s en los fallos y defectos ajenos que en sus virtudes y aciertos. Pero los cristianos contamos con el auxilio de la gracia de Dios, en nosotros habita su Esp?ritu y tenemos, pues, las fuerzas que necesitamos para sobreponernos a esta tendencia, cultivando siempre pensamientos buenos y positivos.?

Nuestro Padre Fundador nos aportaba un consejo pr?ctico en su carta sobre la caridad evang?lica: ?Cultiven el h?bito de fijarse siempre en el lado positivo de las personas. Y aunque la evidencia les muestre que tal o cual persona adolece de graves deficiencias, ustedes preg?ntense: ?Y detr?s de esto que veo, qu? cualidades y virtudes encerradas guarda esta persona?? (22 de octubre de 1993). El hombre bueno lo ve todo con ojos de bondad. De este modo, el mal ser? vencido con el bien: ?No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien? (Rom 12, 21). A tal grado deber?a ser un h?bito en nuestras vidas, que, si en alguna ocasi?n se nos "escapara" una palabra que no hubi?ramos querido decir, deber?amos disculparnos al instante y luego resaltar lo bueno. Tengamos siempre presente la consigna que desde los primeros a?os de la fundaci?n hemos aprendido en el movimiento: creer todo el bien que se oye, y no creer sino el mal que se ve; y ?ste, disculparlo internamente. Tambi?n Jes?s, nuestro Redentor, en los ?ltimos instantes de su vida, desde el tormento de la cruz disculp? en su coraz?n a sus verdugos y a todos nosotros, por quienes se ofrec?a: ?Padre, perd?nales, porque no saben lo que hacen? (Lc 23,34).?

Pido a Dios que nos d? su gracia, para que nos sigamos esforzando, con todo nuestro coraz?n, por vivir con la mayor perfecci?n y crecer en la virtud de la benedicencia, tanto con conocidos como con extra?os, con quienes nos simpatizan como con quienes naturalmente nos pudiesen a llegar a costar m?s. Si amamos s?lo a los que nos aman, ?qu? m?rito tendremos? (cf Mt 5, 46). Son muy claras las invitaciones que Jes?s nos hace a este prop?sito en las p?ginas de su Evangelio: ?No juzgu?is, para que no se?is juzgados. Porque con el juicio con que juzgu?is ser?is juzgados, y con la medida con que mid?is se os medir?. ?C?mo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?? (Mt 7, 1-3). ?Id, pues, a aprender qu? significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores? (Mt 9,13). ?Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que se?is hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos? (Mt 5, 45).?

La actitud cotidiana de Jes?s hacia todos y cada uno de los hombres, mujeres y ni?os con los que se encontraba, hac?a muy viva su predicaci?n. Imitemos a Cristo en esto. Sus palabras eran objeto de admiraci?n: ?Jam?s hombre alguno ha hablado como este hombre? (Jn 7, 46). Y no s?lo por las verdades que proclamaba. Tambi?n por el coraz?n manso y bondadoso del que proced?an. ?Con cu?nto tacto y delicadeza Jesucristo corrige a Sim?n, que hab?a juzgado negativamente a Jes?s y a la mujer postrada a sus pies, y defiende la dignidad, el arrepentimiento y los gestos de amor de la pecadora! Cuando, por ejemplo, en la familia o en el trabajo nos toque dar una negativa, o tengamos que comunicar una noticia desagradable o aportar una correcci?n que podr?a herir a alguien, hag?moslo con la mayor caridad. Hagamos ver que a pesar de que se trate de una negativa o de un remedio doloroso, lo ?nico que pretendemos es el bien. No se puede buscar el bien y hacer uso de medios que no est?n apoyados o justificados por la caridad. La caridad y la benedicencia no son un medio para lograr un fin determinado. Son, precisamente, el mismo fin por el que hacemos todo.?

Busquemos ser siempre promotores de lo bueno, difundir las obras buenas que emprenden tantas personas. Que a trav?s de nuestras palabras los dem?s aprecien m?s y mejor al Santo Padre, a los obispos, a los p?rrocos, a los sacerdotes, a los dem?s movimientos y realidades eclesiales. Que a trav?s de nuestras palabras, todos tengan una palabra de aprecio y de aliento. Una aplicaci?n muy clara es en el campo del ecumenismo. El di?logo en la verdad y en la caridad. El cardenal John O?Connor, que recordamos con tanta admiraci?n, cuando era arzobispo de Nueva York, ten?a como lema: ?la caridad supera a la justicia?. Hemos de vivir con justicia, pero no con la actitud del justiciero ni del que aplica la ley, sin m?s. La justicia tiene su corona en la caridad. Que seamos lo que nos pide el Evangelio: sal de la tierra, luz del mundo, fermento, por medio de la caridad (cf Mt 5, 13-14).?

No podemos cerrar los ojos y decir que en el mundo no hay mucha intriga, calumnia y maledicencia. Lamentablemente es lo que llena muchas conversaciones, convirti?ndose casi en un pasatiempo. A la vez, estoy seguro de que Jesucristo, a cada uno de nosotros, y viviendo como un solo cuerpo, nos pide mantener firme esta bandera y distintivo del cristiano, acompa?ando y amando universalmente. El cristiano no tiene fronteras. No hay razas, culturas, ni nada que nos separe en la vivencia del mandato de Cristo. Que cada una de nuestras palabras sean positivas y tengan el signo de Cristo, manso y humilde, sobre todo en medio del sufrimiento, en los momentos de prueba o de especial dificultad. Busquemos s?lo edificar, cortando con todo aquello que presente el m?s leve indicio de cr?tica o murmuraci?n. Que al vernos, las almas puedan decir lo mismo que se dec?a de los primeros cristianos: mirad c?mo se aman.?

Creo que debemos dar gracias a Dios por el maravilloso ambiente de caridad que se vive en el Regnum Christi, pues es una clara muestra de la presencia de Cristo en medio de nosotros. Es lo que vemos tambi?n en tantos otros Movimientos y grupos, pues el Esp?ritu Santo act?a en nuestra Iglesia. Es nuestra responsabilidad conocer, vivir y transmitir el carisma con la misma fidelidad de los legionarios y miembros del Regnum Christi que nos han precedido y que ya est?n en la casa del Padre. Ellos han sido un claro ejemplo de lo que significa vivir la caridad con todos sus matices.?

Que la Sant?sima Virgen, ejemplo elocuente de caridad delicada, fruto de un coraz?n lleno de amor por los hombres, nos acompa?e muy de cerca, sabiendo que nos lleva al puerto seguro. Con Ella, descubrimos la seguridad que proviene, no de la autosuficiencia, sino de la humildad y del gozo de saber que Dios nos ha invitado a ser espejos fieles de su bondad y nos asiste con su gracia.?

Asegur?ndoles un recuerdo en mis oraciones, quedo de ustedes seguro servidor en Jesucristo,?


?lvaro Corcuera, L.C.


Publicado por mario.web @ 18:35
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