S?bado, 19 de marzo de 2011


LA CORONACI?N DE MAR?A SANT?SIMA COMO REINA Y SE?ORA DE TODO LO CREADO ? VISI?N DE MAR?A VALTORTA

Sobre el tr?nsito, la asunci?n y la realeza de Mar?a Sant?sima.

Dice Mar?a:

-?Yo mor?? S?, si se quiere llamar muerte a la separaci?n acaecida entre la parte superior del esp?ritu y el cuerpo; no, si por muerte se entiende la separaci?n entre el alma vivificante y el cuerpo, la corrupci?n de la materia carente ya de la vivificaci?n del alma y, antes, la lobreguez del sepulcro, y, como primera de todas estas cosas, el angustioso sufrimiento de la muerte.






?C?mo mor?, o, mejor, c?mo pas? de la Tierra al Cielo, antes con la parte inmortal, despu?s con la perecedera? Como era justo que fuera para la Mujer que no conoci? mancha de culpa.

En ese anochecer -ya hab?a empezado el descanso sab?tico- hablaba con Juan. De Jes?s. De sus cosas. Aquella hora vespertina estaba llena de paz. El s?bado hab?a apagado todos los rumores de humanas obras. Y la hora apagaba toda voz de hombre o de ave. S?lo los olivos de alrededor de la casa emit?an su frufr? con la brisa del anochecer: parec?a como si un vuelo de ?ngeles acariciara las paredes de la casita solitaria.

Habl?bamos de Jes?s, del Padre, del Reino de los Cielos. Hablar de la Caridad y del Reino de la Caridad significa encenderse con el fuego vivo, consumir las cadenas de la materia para dejar libre al esp?ritu en sus vuelos m?sticos. Si el fuego est? contenido dentro de los l?mites que Dios pone para conservar a las criaturas en la Tierra a su servicio, es posible arder y vivir, encontrando en el fuego no consumici?n sino perfeccionamiento de vida. Pero cuando Dios quita los l?mites y deja libertad al Fuego divino de incidir sin medida en el esp?ritu y de atraerlo hacia s? sin medida, entonces el esp?ritu, respondiendo a su vez sin medida al Amor, se separa de la materia y vuela al lugar desde donde el Amor le incita y a donde el Amor le invita: y es el final del destierro y el regreso a la Patria.

Aquel atardecer, al ardor incontenible, a la vitalidad sin medida de mi esp?ritu, se uni? una dulce postraci?n, una misteriosa sensaci?n de que la materia se alejaba de todo lo que la rodeaba; como si el cuerpo se durmiera, cansado, mientras el intelecto, avivado m?s su razonar, se abismara en los divinos esplendores.

Juan, amoroso y prudente testigo de todos mis actos desde que fue mi hijo adoptivo seg?n la voluntad de mi Unig?nito, dulcemente me persuadi? de que buscara descanso en el lecho, y me vel? orando. El ?ltimo sonido que o? en la Tierra fue el susurro de las palabras del virgen Juan. Para m? fueron como la nana de una madre junto a la cuna. Y acompa?aron a mi esp?ritu en el ?ltimo ?xtasis, demasiado sublime como para ser descrito. Acompa?aron a mi esp?ritu hasta el Cielo.

Juan, ?nico testigo de este delicado misterio, me avi?. ?l solo me avi?, envolvi?ndome en el manto blanco, sin cambiarme de t?nica ni de velo, sin lavacro y sin embalsamamiento. El esp?ritu de Juan - como se ve claro por sus palabras del segundo episodio de este ciclo que va de Pentecost?s a mi Asunci?n- ya sab?a que no me iba a descomponer, e instruy? al ap?stol sobre lo que hab?a de hacerse. Y ?l, casto y amoroso, prudente respecto a los misterios de Dios y a los compa?eros lejanos, decidi? custodiar el secreto y esperar a los otros siervos de Dios, para que me vieran todav?a y sacaran, de verme, consuelo y ayuda para las penas y fatigas de sus misiones. Esper? como estando seguro de que llegar?an.

Pero el decreto de Dios era distinto. Como siempre, bueno para el Predilecto; justo, como siempre, para todos los creyentes. Carg? los ojos del primero, para que el sue?o le ahorrara la congoja de ver c?mo se le arrebataba tambi?n mi cuerpo; dio a los creyentes otra verdad que los ayudara a creer en la resurrecci?n de la carne, en el premio de una vida eterna y bienaventurada concedida a los justos; en las verdades m?s poderosas y dulces del Nuevo Testamento -mi inmaculada Concepci?n, mi divina Maternidad virginal-; en la naturaleza divina y humana de mi Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, nacido no por voluntad carnal sino por desposorio divino y por divina semilla depositada en mi seno; en fin, para que creyeran que en el Cielo est? mi Coraz?n de Madre de los hombres, palpitante de vibrante amor por todos, justos y pecadores, deseoso de teneros a todos junto a s?, en la Patria bienaventurada, por toda la eternidad.

Cuando los ?ngeles me sacaron de la casita, ?mi esp?ritu hab?a vuelto a m?? No. El esp?ritu ya no ten?a que bajar de nuevo a la Tierra. Estaba en adoraci?n delante del trono de Dios. Pero cuando la Tierra, el destierro, el tiempo y el lugar de la separaci?n de mi Se?or Uno y Trino fueron dejados para siempre, entonces el esp?ritu volvi? a resplandecer en el centro de mi alma, despertando a la carne de su dormici?n; por lo que es cabal hablar, respecto a m?, de Asunci?n al Cielo en alma y cuerpo, no por mi propia capacidad, como sucedi? en el caso de Jes?s, sino por ayuda ang?lica. Me despert? de aquella misteriosa y m?stica dormici?n, me alc?, en fin, vol?, porque ya mi carne hab?a conseguido la perfecci?n de los cuerpos glorificados. Y am?.

Am? a mi Hijo y a mi Se?or, Uno y Trino, de nuevo hallados, los am? como es destino de todos los eternos vivientes.

Dice Jes?s:

-Llegada su ?ltima hora, como una azucena cansada que, despu?s de haber exhalado todos sus aromas, se pliega bajo las estrellas y cierra su c?liz de candor, Mar?a, mi Madre, se recogi? en su lecho y cerr? los ojos a todo lo que la rodeaba, para recogerse en una ?ltima, serena contemplaci?n de Dios.

Velando reverente su reposo, el ?ngel de Mar?a esperaba ansioso que el ?xtasis urgente separara ese esp?ritu de la carne, durante el tiempo designado por el decreto de Dios, y lo separara para siempre de la Tierra, mientras ya del Cielo descend?a el dulce e invitante imperativo de Dios.

Inclinado tambi?n Juan, ?ngel terreno, hacia ese misterioso reposo, velaba a su vez a la Madre que estaba para dejarlo.

Y cuando la vio extinguida sigui? velando, para que, no tocada por miradas profanas y curiosas, siguiera siendo, incluso m?s all? de la muerte, la inmaculada Esposa y Madre de Dios que tan pl?cida y hermosa dorm?a. Una tradici?n dice que en la urna de Mar?a, abierta por Tom?s, se encontraron s?lo flores. Pura leyenda. Ning?n sepulcro engull? el cad?ver de Mar?a, porque nunca hubo un cad?ver de Mar?a, seg?n el sentido humano, dado que Mar?a no muri? como todos los que tuvieron vida.

Ella se hab?a separado, por decreto divino, s?lo del esp?ritu, y con ?ste, que la hab?a precedido, se uni? de nuevo su carne sant?sima. Invirtiendo las leyes habituales, por las cuales el ?xtasis termina cuando cesa el rapto, o sea, cuando el esp?ritu vuelve al estado normal, fue el cuerpo de Mar?a el que se uni? de nuevo con el esp?ritu, despu?s de la larga permanencia en el lecho f?nebre.

Todo es posible para Dios. Yo sal? del Sepulcro sin ayuda alguna; s?lo con mi poder. Mar?a vino a m?, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de podredumbre y lobreguez. Es uno de los m?s f?lgidos milagros de Dios. No ?nico, en verdad, si se recuerda a Enoc y a El?as, (G?nesis 5, 24; Eclesi?stico 44, 16; 49, 14 (para Enoc); 2 Reyes 2, 1-13; Eclesi?stico 48, 9 para El?as) quienes, por el amor que el Se?or les ten?a, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte, y fueron transportados a otro lugar, a un lugar que s?lo Dios y los celestes habitantes de los Cielos conocen. Justos eran, y, de todas formas, nada respecto a mi Madre, la cual es inferior en santidad s?lo a Dios.

Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de Mar?a, porque Mar?a no tuvo sepulcro, y su cuerpo fue elevado al Cielo.

Dice Mar?a:

-Un ?xtasis fue la concepci?n de mi Hijo. Un ?xtasis a?n mayor el darlo a luz. El ?xtasis de los ?xtasis fue mi tr?nsito de la Tierra al Cielo. S?lo durante la Pasi?n ning?n ?xtasis hizo soportable mi atroz sufrimiento.

La casa en que se produjo mi Asunci?n se debi? a uno de los innumerables actos de generosidad de L?zaro para con Jes?s y su Madre: la peque?a casa del Getseman?, cercana al lugar de la Ascensi?n. In?til es buscar los restos. Durante la destrucci?n de Jerusal?n, por obra de los romanos, fue devastada, y sus ruinas fueron dispersadas durante el transcurso de los siglos.

De la misma forma que para m? fue un ?xtasis el nacimiento de mi Hijo, y que, del rapto en Dios que en aquella hora se apoder? de m?, volv? a la presencia de m? misma y a la Tierra teniendo ya a mi Hijo en los brazos, as? mi impropiamente llamada "muerte" fue un rapto en Dios.

Confiando en la promesa recibida en el esplendor de la ma?ana de Pentecost?s, yo pensaba que el acercamiento de la hora de la ?ltima venida del Amor, para llevarme consigo en rapto, deb?a manifestarse con un aumento del fuego de amor que siempre ard?a en m?; y no me equivoqu?.

Por parte m?a, a medida que iba pasando la vida, en m? iba aumentando el deseo de fundirme con la eterna Caridad. Me instaba a ello el deseo de unirme de nuevo con mi Hijo, y la certidumbre de que nunca har?a tanto por los hombres como cuando estuviera, orando y obrando en favor de ellos, a los pies del trono de Dios. Y con impulso cada vez m?s encendido y acelerado, con todas las fuerzas de mi alma, gritaba al Cielo: "?Ven, Se?or Jes?s! ?Ven, Eterno Amor!".

La Eucarist?a, que para m? era como el roc?o para una flor sedienta, era, s?, vida; pero a medida que iba pasando el tiempo, cada vez era m?s insuficiente para satisfacer la incontenible ansia de mi coraz?n. Ya no me bastaba recibir en m? a mi divina Criatura y llevarla en mi interior en las Sagradas Especies, como la hab?a llevado en mi carne virginal. Todo mi ser deseaba al Dios uno y trino, pero no celado tras los velos elegidos por mi Jes?s para ocultar el inefable misterio de la Fe, sino como ?l ?en el centro del Cielo- era, es y ser?. El propio Hijo m?o, en sus arrobos eucar?sticos, ard?a dentro de m? con abrazos de infinito deseo; y cada vez que a m? ven?a, con la potencia de su amor, casi arrancaba de cuajo m? alma en el primer impulso y luego permanec?a, con infinita ternura, llam?ndome "?Mam?!", y yo lo sent?a ansioso de tenerme consigo.

Yo no deseaba ya otra cosa. Ni siquiera ya estaba en m?, en los ?ltimos tiempos de mi vida mortal, el deseo de tutelar a la naciente Iglesia: todo estaba anulado en el deseo de poseer a Dios, por la persuasi?n que ten?a de que todo se puede cuando se le posee.

Alcanzad, oh cristianos, este total amor. Pierda valor todo lo terreno. Mirad s?lo a Dios. Cuando se?is ricos de esta pobreza de deseo que es inconmensurable riqueza, Dios se inclinar? hacia vuestro esp?ritu, primero para instruirlo, luego para tomarlo en sus manos, y ascender?is con vuestro esp?ritu al Padre, al Hijo, al Esp?ritu Santo, para conocerlos y amarlos en toda la bienaventurada eternidad y para poseer sus riquezas de gracias para los hermanos. Nunca somos tan activos para los hermanos como cuando no estamos ya con ellos, sino que somos luces unidas de nuevo con la divina Luz.

E1 acercarse del Amor eterno tuvo el signo que pensaba. Todo perdi? luz y color, voz y presencia, bajo el fulgor y la Voz que, descendiendo de los Cielos, abiertos a mi mirada espiritual, descend?an hacia m? para tomar mi alma.

Suele decirse que habr?a exultado de j?bilo si me hubiera asistido en aquella hora mi Hijo. ?Ah!, mi dulce Jes?s estaba muy presente con el Padre cuando el Amor, o sea, el Esp?ritu Santo, Tercera Persona de la Trinidad Eterna, me dio su tercer beso en mi vida, ese beso tan potentemente divino, que en ?l mi alma se fundi?, perdi?ndose en la contemplaci?n cual gota de roc?o aspirada por el sol en el c?liz de una azucena. Y ascend? con mi esp?ritu en canto de j?bilo hasta los pies de los Tres a quienes siempre hab?a adorado.

Luego, en el momento exacto, como perla en un engaste de fuego, ayudada primero y luego seguida por el cortejo de los esp?ritus ang?licos venidos a asistirme en m? eterno, celeste nacimiento, esperada ya antes del umbral de los Cielos por mi Jes?s y en el umbral de ellos por mi justo esposo terreno, por los Reyes y Patriarcas de mi estirpe, por los primeros santos y m?rtires, entr? como Reina, despu?s de tanto dolor y tanta humildad de pobre sierva de Dios, en el reino del j?bilo sin l?mite.

Y el Cielo volvi? a cerrarse en este acto de la alegr?a de tenerme, de tener a su Reina, cuya carne, ?nica entre todas las carnes mortales, conoc?a la glorificaci?n antes de la resurrecci?n final y del ?ltimo juicio.

Mi humildad no pod?a dejarme pensar que me estuviera reservada tanta gloria en el Cielo. En mi pensamiento estaba casi la certidumbre de que mi carne humana, santificada por haber llevado a Dios, no conocer?a la corrupci?n, porque Dios es Vida y, cuando de s? mismo satura y llena a una criatura, esta acci?n suya es como ung?ento preservador de la corrupci?n de la muerte.

Yo no s?lo hab?a permanecido inmaculada, no s?lo hab?a estado unida a Dios con un casto y fecundo abrazo, sino que me hab?a saturado, hasta en mis m?s profundas entra?as, de las emanaciones de la Divinidad escondida en mi seno y que quer?a velarse de carne mortal. Pero el que la bondad del Eterno tuviera reservado a su sierva el gozo de volver a sentir en sus miembros el toque de la mano de mi Hijo, su abrazo, su beso, y de volver a o?r con mis o?dos su voz, y de ver con mis ojos su rostro... esto no pod?a pensar que me fuera concedido, y no lo anhelaba. Me habr?a bastado que estas bienaventuranzas le fueran concedidas a mi esp?ritu, y con ello ya se habr?a sentido lleno de beata felicidad mi yo.

Pero, como testimonio de su primer pensamiento creador respecto al hombre, destinado por el Creador a vivir, pasando sin muerte del Para?so terrenal al celestial, en el Reino eterno, Dios quiso que yo, Inmaculada, estuviera en el Cielo en alma y cuerpo... inmediatamente despu?s del fin de mi vida terrena.

Yo soy el testimonio cierto de lo que Dios hab?a pensado y querido para el hombre: una vida inocente y sin conocimiento de culpas; un dulce paso de esta vida a la Vida eterna, paso con el que, como quien cruza el umbral de una casa para entrar en un palacio, el hombre, con su ser completo hecho de cuerpo material y de alma espiritual, habr?a pasado de la Tierra al Para?so, aumentando esa perfecci?n de su yo que Dios le hab?a dado, con la perfecci?n completa, tanto de la carne como del esp?ritu, que el pensamiento divino ten?a destinada para todas las criaturas que permanecieran fieles a Dios y a la Gracia. Perfecci?n que habr?a sido alcanzada en la luz plena que hay en el Cielo y lo llena, pues que de Dios viene; de Dios, Sol eterno que ilumina el Cielo.

Delante de los Patriarcas, Profetas y Santos, delante de los ?ngeles y los M?rtires, Dios me puso a m?, elevada a la gloria del Cielo en alma y cuerpo, y dijo:

-Esta es la obra perfecta del Creador; la obra que, de entre todos los hijos del hombre, Yo cre? a mi m?s verdadera imagen y semejanza; fruto de una obra maestra divina y creadora, maravilla del Universo que ve, dentro de un solo ser, a lo divino en el esp?ritu eterno como Dios y como ?l espiritual, inteligente, libre, santo, y a la criatura material en el m?s inocente y santo de los cuerpos, criatura ante la que todos los dem?s vivientes de los tres reinos de la Creaci?n est?n obligados a inclinarse.

Aqu? ten?is el testimonio de mi amor hacia el hombre, para el que quise un organismo perfecto y un bienaventurado destino de eterna vida en mi Reino.

Aqu? ten?is el testimonio de mi perd?n al hombre, al que, por la voluntad de un Trino Amor, he concedido nueva habilitaci?n y creaci?n ante mis ojos.

?sta es la m?stica piedra de parang?n, ?ste es el anillo de uni?n entre el hombre y Dios, Ella es la que lleva de nuevo el tiempo a sus d?as primeros, y da a mis ojos divinos la alegr?a de contemplar a una Eva como Yo la cre?, a?n m?s hermosa y santa por ser Madre de mi Verbo y por ser M?rtir del mayor de los perdones.

Para su Coraz?n inmaculado que jam?s conoci? mancha alguna, ni siquiera la m?s leve, Yo abro los tesoros del Cielo; y para su Cabeza, que jam?s conoci? la soberbia, con mi fulgor hago una corona, y la corono, porque es para m? sant?sima, para que sea vuestra Reina.

En el Cielo no hay l?grimas. Pero, en lugar del jubiloso llanto que habr?an derramado los esp?ritus si les estuviera concedido el llanto -humor que rezuma destilado por una emoci?n-, hubo, despu?s de estas divinas palabras, un centelleo de luces, y visos de esplendores resplandeciendo a?n m?s esplendorosos, y un incendio de fuegos de caridad que ard?an con m?s encendido fuego, y un insuperable e indescriptible sonido de celestes armon?as, a las cuales se uni? la voz del Hijo m?o, en alabanza a Dios Padre y a su Sierva bienaventurada para toda la eternidad.

Dice Jes?s:

-Hay diferencia entre que el alma se separe del cuerpo por verdadera muerte y que moment?neamente el esp?ritu se separe del cuerpo y del alma vivificante por un ?xtasis o rapto contemplativo.

El que el alma se separe del cuerpo provoca la verdadera muerte, pero la contemplaci?n ext?tica, o sea, la temporal evasi?n del esp?ritu fuera de las barreras de los sentidos y de la materia, no provoca la muerte. Y ello porque el alma no se aleja y separa totalmente del cuerpo, sino que lo hace s?lo con su parte mejor, que se sumerge en los fuegos de la contemplaci?n.

Todos los hombres, mientras viven, tienen en s? el alma, sea que est? muerta por el pecado, sea que est? viva por la justicia; pero s?lo los grandes amantes de Dios alcanzan la contemplaci?n verdadera.

Esto demuestra que el alma, que conserva la vida mientras est? unida al cuerpo -y esta particularidad est? presente igual en todos los hombres-, tiene en s? misma una parte superior: el alma del alma, o esp?ritu del esp?ritu, que en los justos es fort?sima, mientras que en los que desprecian a Dios y su Ley -incluso s?lo con su tibieza y los pecados veniales- se hace d?bil, privando a la criatura de la capacidad de contemplar y conocer -hasta donde puede hacerlo una humana criatura, seg?n el grado de perfecci?n alcanzado- a Dios y sus eternas verdades. Cuanto m?s ama y sirve a Dios la criatura con todas sus fuerzas y posibilidades, esa parte superior de su esp?ritu tiene m?s capacidad de conocer, de contemplar, de penetrar las eternas verdades.

El hombre, dotado de alma racional, es una capacidad que Dios llena de s?. Mar?a, siendo la m?s santa de las criaturas despu?s del Cristo, fue una capacidad colmada -hasta el punto de rebosar sobre los hermanos en Cristo de todos los siglos, y por los siglos de los siglos- de Dios, de sus gracias, de su caridad, de su misericordia.

El Tr?nsito de Mar?a se produjo sumergida Ella por las olas del amor. Ahora, en el Cielo, hecha oc?ano de amor, derrama sobre los hijos que le son fieles, y tambi?n sobre los hijos pr?digos, sus olas de caridad para la salvaci?n universal, Ella que es Madre universal de todos los hombres.


Publicado por mario.web @ 9:00
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