Martes, 22 de marzo de 2011

El caballero oye un ruido y se acerca. Tras el enrejado aparece fugaz el rostro de la Muerte.

El caballero toma la palabra: -Vivo en un mundo de fantasmas.

La Muerte le responde: -Y sin embargo no quieres morir.

-S? quiero.

-?Quieres garant?as?

-Ll?malo como mejor te plazca. ?Es tan cruelmente inconcebible entender a Dios con los sentidos? ?Por qu? debe ocultarse en una bruma de milagros que no se ven? ?C?mo podemos tener fe en los que creen, cuando no podemos tener fe en nosotros mismos? ?Qu? les ocurrir?a a aquellos de nosotros que desean creer, pero no pueden? ?Y qu? destino tendr?n los que ni quieren creer ni son capaces de creer?

Reina un silencio completo. Ni la Muerte ni el caballero hablan. Entonces el caballero prosigue: -?Por qu? no puedo matar a Dios dentro de m?? ?Por qu? sigue viviendo en esta forma dolorosa y humillante, aun cuando deseo arrancarlo de mi coraz?n? ?Por qu? a pesar de todo, ?l es una realidad desconcertante que no puedo sacudirme de encima? Quiero sabidur?a, no fe ni suposiciones, sino sabidur?a; que Dios extienda su mano hacia m?, que se revele y me hable.

Entonces, la muerte, con mueca ir?nica: -Si embargo, permanece en silencio...

-Lo llamo en la oscuridad, pero no parece haber nadie ah?.

-Tal vez no haya nadie...

-Entonces la vida es un espantoso horror. Nadie puede vivir y enfrentarse a la muerte sabiendo que todo es la nada...

?La nada! ?La vida! ?Todo! ?Dios! Y en ese forcejeo se nos presenta la muerte cortante como una espada, profunda como un pozo. El m?ximo enigma de la vida humana es la muerte, la aparente disoluci?n eterna. Al mismo tiempo, se resiste en nuestro interior esa semilla de inmortalidad que todos llevamos. No es posible aceptar el fatal desenlace, la ruina total, el adi?s definitivo.

Ser?a una tragedia vivir la existencia humana sabiendo que todo acaba con el tajo de la muerte. No es posible embarcar a la humanidad en un viaje sin retorno, en un avi?n sin piloto. El hombre no puede ser simplemente el sue?o de una sombra descarnada.

Poetas como Shakespeare han cantado la tragedia de la muerte: ??Morir..., dormir, no m?s! ?Morir..., dormir! ?Dormir!... ?Tal vez so?ar! ?S?, he ah? el obst?culo!?. Otros, como Cervantes han puesto en boca de Sancho Panza la certeza de este momento: ?Que como vuestra merced mejor sabe, todos estamos sujetos a la muerte; y que hoy somos y ma?ana no; y que tan presto se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo m?s horas de vida de las que Dios quisiere darle. Porque la muerte es sorda, y cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, a siempre va de prisa y no le har?n detener ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras, seg?n es p?blica voz y fama?.

Y el hombre de hoy sigue enarbolando la bandera de la felicidad eterna. Se resiste al sabor amargo de las l?grimas o al vuelo tenebroso de los cuervos. ?Nada?, ?nadie?, ?nunca? no pueden ser sin?nimos de ?muerte?. El momento final va acompasado siempre por sentimientos humanos muy intensos. La experiencias de la muerte abren en nuestras vidas llagas de dolor: un conocido, un amigo, un ser querido, nosotros... A veces la vida parece un ni?o: d?bil, temeroso, vulnerable.

Meses antes de morir, Fran?ois Mitterand, ex-presidente de Francia, comentaba en una entrevista: ??Qui?n no necesita ayuda y seguridad? La sociedad de los hombres no puede nada. De repente, uno se siente solo, perdido en la inmensidad. Est? uno ah?, con su cuerpo fr?gil que se va a romper muy pronto; y hay algo en uno que le hace aspirar a la pervivencia y a la eternidad?.

Aun los menos creyentes vislumbran rayos de esperanza en el m?s all?. La vida terrena no puede terminar y romperse como una porcelana, porque la muerte no consuela, no elimina el miedo. Es como ese sol oto?al, p?lido y enfermizo, que ilumina pero no produce calor; da luz, pero no quita el fr?o. Aperece terrible, amenazadora. ?Por qu?? Porque se abre el abismo entre la inmortalidad y lo desconocido.

La muerte tiene otra cara, como las monedas. Si de una lado es tragedia, ruptura, desaz?n; del otro es seguridad, certeza, gozo.

La vida no acaba con la muerte. Toda persona humana est? llamada a una plenitud de vida que va m?s all? de las dimensiones de su existencia terrena: la participaci?n de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocaci?n sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal y terrena. Nuestra vida, nuestra existencia en el tiempo es condici?n b?sica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso de la vida humana.

La vida de ahora, en este lugar y tiempo concreto, en este a?o, en esta ciudad, en este preciso momento no lo ??ltimo?, sino ?pen?ltimo?. Cada momento de mi vida es sagrado, pues implica responsabilidad.

Somos seres mortales y tenemos el deber y el derecho de sentir nuestra mortalidad. Somos mortales, pero a pesar de ello, nuestra muerte no significa destrucci?n y aniquilaci?n, porque hay Alguien que ya ha vencido a la muerte, que ya ha triunfado.

Los grandes emperadores romanos festejaban sus victorias construyendo arcos de triunfo. Un majestuoso desfile segu?a la larga fila de carros, repletos del bot?n y de cuantiosos trofeos. Roma celebraba con alborozo la fiesta. Insignias arrebatadas al enemigo, prisioneros de guerra encadenados, toros y animales para los sacrificios,...

El emperador deb?a atravesar el arco de triunfo, montando en su carroza de caballos blancos. Deb?a vestir una t?nica bordada con palmas de oro y un manto de p?rpura lo envolv?a. En la cabeza, una corona de laurel, s?mbolo del triunfo y en su mano derecha, un cetro de marfil. Detr?s le segu?an sus hijos. Un esclavo le ofrec?a reverentemente una corona de oro y le susurraba: recuerda que eres un simple mortal.

Quienes creen en Cristo, atraviesan con ?l el arco de triunfo. La resurrecci?n de Cristo manifiesta la vida m?s all? del l?mite de la muerte, la vida y el amor que es m?s fuerte que la muerte. ?No habr? ya muerte?, exclama la voz potente que sale del trono de Dios en la Jerusal?n celestial (Ap 21, 4). Y san Pablo nos asegura que: "La muerte ha sido devorada en la victoria. ?D?nde est?, oh muerte, tu victoria? ?D?nde est?, oh muerte, tu aguij?n?"? (1 Co 15, 54-55).

Por eso, desde esta visi?n, que es la m?s certera, qu? f?cil resulta repetir con San Francisco de As?s:

?Loado seas, mi Se?or, por nuestra hermana Muerte corporal,
de la cual ning?n hombre viviente puede escapar.
?Ay de aquellos que mueren en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos que acertasen a cumplir
tu sant?sima voluntad,
pues la muerte segunda no les har? mal?.


Publicado por mario.web @ 2:39
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